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Tierra a la vista
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Como en casa
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XABI LARRAÑAGA
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uNA encuesta de la Comunidad de Madrid ha revelado un dato incendiario: el 67% de los españoles cree que hay demasiados inmigrantes. Antes de que usted se apunte a esa creencia o la rechace, le ofrezco otro regalo más sorprendente: el 75% de esos mismos inmigrantes piensa que ya son demasiados. Por aquello de poner las cartas sobre la mesa, le diré que yo no creo que sean demasiados y que quizás sólo ocurra que han llegado en muy poco tiempo. Y tampoco pienso que sean insolidarios y que al poner un pie en Europa olviden el drama ajeno y peguen un portazo. Y es que ese dato también ofrece su cara buena. Cuando el inmigrante empieza a sentir como el nativo, aun como el nativo equivocado, es que vamos avanzando. Es una extraña manera de integrarse en la sociedad, pero es mejor ésa que la construcción de guetos impermeables y posturas numantinas. En Bilbao La Vieja los comerciantes magrebíes están hartísimos de los manguis magrebíes, y es bueno que en ese hartazgo no influya el origen de los delincuentes ni el de los denunciantes. Al tendero del Rif que abre un negocio en San Francisco se le puede considerar un valiente por criticar en público a los rateros del pegamento, pero jamás un racista. Tal vez así, de paso, se elimine esa fronda de hueco buenísimo que a veces acompaña y oscurece cualquier discurso social.
A mí me lo contó un profesor de árabe que ahora es educador: algunos son irrecuperables. Y no lo son por ser moros, sino por haber vivido desde que nacieron en los arrabales de la ley, ayer en Tánger y hoy en Bilbao. Yo trato de no caer en el derrotismo y les deseo un futuro mejor, siquiera porque su mejoría también beneficiará al vecindario que los padece. Pero de nada sirve cerrar los ojos a la realidad y narrarnos las mil y una noches. Quien pega el palo cien veces no puede estar en la calle. Sea un chaval de Rabat o un señor de Apatamonasterio. |
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