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10-06-2007
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Bajo el gobierno británico, hasta 1997, Hong Kong nunca fue una democracia. Foto: efe
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se cumple una década desde que Hong Kong arrió la Union Jack e izó las cinco estrellas amarillas sobre fondo rojo de la enseña china. Diez años desde que la colonia económicamente más brillante del Imperio Británico, que actualmente lidera el ranking de los lugares con mayor libertad económica del mundo, fue devuelta a la madre patria comunista Zhongguo, el Reino del Centro. Aquel uno de julio de 1997 fue un día de sonrisas y de lágrimas; de fuegos artificiales, y de artificio. Las tropas chinas marcharon triunfantes por las impresionantes avenidas de la ciudad, mientras muchos hacían las maletas y transferían su capital a otros países. Una sensación de desasosiego se apoderó de empresas y de inversores, muchos de los cuales decidieron buscar un lugar más alejado desde el que analizar los acontecimientos con perspectiva, y seguridad. Quienes optaron por dar un voto de confianza al aperturista gobierno comunista de Pekín, contuvieron el aliento.

Y ganaron la apuesta. Diez años después de ese 1 de julio, Hong Kong sigue siendo una potencia económica regional formidable, y ha superado, con nota, dos de las mayores crisis económicas de la Historia reciente de la región: el colapso financiero de 1997, y la epidemia de la neumonía atípica de 2003. En esta década, también ha conseguido batir un curioso récord: el de la mayor cantidad pagada jamás por una parcela de terreno, muestra de que la confianza en la economía de la ex colonia sigue siendo robusta.

Situada en un lugar geoestratégico, Hong Kong actúa como puerta de China y del sudeste asiático, así como de puente entre China y Taiwán. Es una ciudad que mantendrá un estatus especial, hasta 2046, que le permite seguir acuñando su propia moneda, administrar sus fronteras, y disfrutar de libertad casi total en la adopción de políticas económicas, lo cual, unido al carácter híbrido de su población, cuya forma de hacer negocios es más cercana a la occidental que a la china, la convierte en un caramelo para las empresas extranjeras con ganas de darle un mordisco al mercado del gigantesco dragón emergente. Las excepcionales infraestructuras, entre las que se cuentan el segundo puerto más importante del mundo, y uno de los aeropuertos más concurridos del continente, votado en varias ocasiones como el mejor del planeta, otorgan a Hong Kong los valores añadidos de la eficacia y de la rapidez. En los últimos veinte años, el volumen de transacciones económicas entre el Reino Unido y su ex pupilo se ha cuadruplicado.

Había quien, en 1997, también vaticinaba una rápida erosión de las libertades individuales y colectivas, obviando el hecho de que, bajo el gobierno británico, Hong Kong nunca fue una democracia. Una vez más, los pesimistas estaban equivocados. Sin duda, la situación política de la ciudad no ha mejorado, pero tampoco ha sufrido regresión alguna. Las manifestaciones siguen estando permitidas, incluso contra el régimen de Pekín, y la población se siente razonablemente satisfecha con la situación actual, clara muestra del pragmatismo que inunda la sociedad china, dispuesta a dejar a un lado aspiraciones políticas, consideradas propias de occidente, en aras del crecimiento económico.

Lo que sí preocupa a los siete millones de honkoneses es la calidad del aire que respiran. Los niveles de contaminación de la metrópolis son muy superiores a los aceptados por la Organización Mundial de la Salud, y el gobierno no duda en culpar de la polución atmosférica directamente a la industria pesada de la China continental, especialmente a la que se concentra en la provincia de Guangdong, un problema que amenaza el crecimiento económico a medio plazo, y que satura los hospitales con casos de enfermedades respiratorias.

En una ciudad que pretende convertirse en atractivo turístico de nivel planetario, explotando la espectacularidad de su arquitectura, resaltada por un enclave natural excepcional, y la conveniencia de la exención de impuestos, resulta indispensable evitar que sea recordada como una mole cubierta por una densa capa de polución. Nadie quiere ver a turistas desembarcando en Disneylandia con mascaras para protegerse de las partículas en suspensión.

De lo que no hay duda es de que el Ratón Mickey tiene mucha más fuerza que los vestigios coloniales británicos, cuya desaparición simboliza el desmantelamiento del Muelle de la Reina, un lugar histórico en el que atracaba el Star Ferry, y donde desembarcaron durante décadas los gobernadores del imperio. En su lugar, un gigantesco centro comercial dejará bien claro quién manda ahora: el dinero. Los habitantes de Hong Kong miran a China para conseguir la riqueza que ansían por encima de todo lo demás, nunca más al Reino Unido, aunque todavía quedan más de 250.000 residentes de nacionalidad británica.

Hace tres décadas, Deng Xiaoping acuñó el término un país, dos sistemas, según el cual Hong Kong podría convivir, con su capitalismo intacto, dentro de una China comunista. Así sería durante medio siglo en el que se iría adaptando al régimen de Pekín. No obstante, en treinta años muchas cosas han cambiado en el país de la Gran Muralla. Las barreras han ido desapareciendo, y se ha convertido en uno de los principales jugadores de la Globalización. En la coyuntura actual, no parece descabellado pensar que, en 2046, Pekín puede parecerse más al Hong Kong actual, y no al revés. Una vez más, las amenazas de aquellos que querían ver en China un dragón maligno no se han materializado.

* Es periodista, especialista en extremo Oriente
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