vila-real. Por vez primera en la era moderna, el Athletic se jugará su permanencia en la Primera División en la última jornada de Liga, lo que resulta sencillamente aterrador. Así será por los innumerables deméritos acumulados por sus futbolistas a lo largo de toda la temporada, pero también por la increíble e insólita sucesión de desgracias que en su contra se conjugaron ayer en El Madrigal. Un penalti injusto y un rechace imposible arruinaron en tan sólo dos minutos, del 36 al 38, el sueño de los leones. Un sueño, certificar la permanencia en el primero de los dos match-balls de que el Athletic disponía, que fue una realidad durante media hora, el tiempo en que mandó en el partido y en la tabla clasificatoria (Iraola había hecho el 0-1 en el 22). Un autogol de Ustaritz, en el minuto 55, fue la gota que colmó el vaso de la resistencia rojiblanca. Ahí acabó todo, ahí abandonó el Athletic su sueño para toparse con la cruda realidad.
El 3-1 fue un castigo excesivo y definitivo para la tropa de Mané, que si bien no bajó los brazos, sí que dejó de creer en la remontada. Como, además, el Celta ganaba en el Calderón y la Real empataba en Anoeta, dio incluso la sensación de que, en el tramo final, los leones pensaron más en el partido que jugarán ante el Levante que en el que aún estaban jugando. Posiblemente, fue lo mejor que ya podían hacer, pues el del domingo (a las 21.00 horas) en San Mamés será el partido más importante en los 109 años de historia del Athletic. Por desgracia, no habrá ningún título en juego. Los títulos pertenecen ya al pasado, el presente sólo entiende de angustia, de sufrimiento, de pánico. Al menos, el Athletic aún depende de sí mismo. Ganando, seguirá un año más en Primera. Empatando... Empatando, que San Mamés y la Amatxu de Begoña nos protejan.
DEL GOZO AL POZO Lo que ocurrió en esos dos minutos fatídicos tuvo más que ver con la fatalidad que con lo meramente futbolístico. Todo lo que había ocurrido hasta las 21.34 horas era, sencillamente, perfecto. Si acaso, demasiado bonito para ser realidad. El Athletic dominaba a su antojo a un Villarreal increíblemente indolente, mandaba en el marcador y, de ocurrir algo, la cosa pintaba más hacia el 0-2 que al empate. La afición vasca se merendaba a la local, más pendiente de los goles de Real Madrid y Barcelona que de la clasificación de su equipo para la UEFA… Por sonreír, a los leones les sonreían incluso los marcadores de Anoeta y del Calderón, aunque poco importaban en aquel instante lo que hicieran Real y Celta. El Athletic, serio atrás y dinámico en ataque, estaba haciendo el partido que tenía que hacer. Jugaban los de Mané sin prisa, pero sin pausa. No atacaban a lo loco, pues eso era lo que quería el Villarreal, pero sí se asomaban al área de Viera, y siempre con intención. Javi González y Javi Casas, los dos laterales ayer, aprovechaban las autovías que les asfaltaban Pires y Cani. Yeste, al paso, e Iraola, a la carrera, eran amos y señores del partido.
El gol del Athletic llegó en una acción de estrategia: balón aéreo ganado por Aduriz y ejecutado con una frialdad exquisita por Andoni Iraola. Los 2.000 hinchas rojiblancos presentes en El Madrigal se volvían locos de alegría, pues el Athletic seguía dominando el partido y tanto el Villarreal como su hinchada actuaban con una apatía tal que la cosa parecía ya pan comido. El Athletic, tras un año plagado de angustia, de sinsabores, de derrotas, de goleadas y de decepciones, parecía haber despertado a tiempo, pues se disponía a finiquitar la permanencia con una resolución, solvencia y autoridad que no se le suponía. La posibilidad de disfrutar de una semana final plácida, un sueño a las 21.00 horas, era a las 21.33 una realidad que se acariciaba con ambas manos. Era sólo cuestión de ponerla a buen recaudo, de que no se escurriera entre los dedos, como tantas otras veces…
Era demasiado bonito para ser real. No podía ser que el Athletic, tras un año al borde del infarto, disfrutara de un fin de curso tan dulce, tan feliz, tan idílico. De un par de años a esta parte, y cuando el Athletic está de por medio, todo lo que puede ir a peor, va a peor. Y, además, de un modo absurdo. Ayer, el desastre se gestó en dos minutos. Todo lo demás sobró. En 120 segundos, el sueño rojiblanco se transformó en la mayor pesadilla de su historia, una pesadilla que durará una semana... y esperemos que no más.
penalti injusto Con el Villarreal desaparecido en combate, Ustaritz forcejeaba con Forlán por un balón en profundidad y el andaluz Ramírez Domínguez convirtió en penalti una falta fuera del área. ¡Para que luego hablen de favores arbitrales! Forlán no falló. 1-1 en el minuto 36. La situación empeoraba, pero seguía siendo favorable, pues ni Real ni Celta pasaban del empate. El problema fue otro. El problema fue que en la siguiente acción, un balón que no iba a ninguna parte tropezó en un defensa rojiblanco, y lo que era una patata se convirtió en una asistencia dorada a Forlán, que fusiló a Aranzubia. Había que ver las caras de los 2.000 hinchas del Athletic. ¡Qué poema! Llevaba Forlán más de seis meses sin marcar en su estadio. Como tantas otras veces, el Athletic volvió a ejercer de buen samaritano, y el delantero uruguayo despertó de su letargo para, de paso, transformar el más bello sueño rojiblanco en pesadilla.
lo que faltaba Aunque restaba casi una hora de partido, aquel doble mamporrazo fue un golpe demasiado duro para este Athletic tan carente de autoestima. Aun así, y pese a que Mané no introdujo cambios en el descanso, el Athletic no salió mal en la segunda mitad. La posibilidad de obtener un empate por aquel entonces salvador no resultaba descabellada, pero la ley de Murphy volvió a cumplirse. Tras un penalti dudoso y un gol tras un rechace, ¿qué más se le podía torcer al Athletic? ¿Qué forma de desgracia podía interponerse en su camino a la salvación? Muy simple: faltaba la desgracia por antonomasia, una suerte que el Athletic ha elevado a la condición de arte este año, el gol en propia puerta. Se lo hizo Ustaritz como en su día se lo habían hecho Sarriegi, o Murillo, o Expósito, o Amorebieta… Ocurrió en el minuto 55 y allí murió el partido. Sin embargo, eso no fue lo peor. Las peores noticias llegaron, vía transistor, desde el Vicente Calderón, donde el Celta, que había empezado perdiendo, le daba la vuelta al marcador para colocarse a un solo punto de los leones y decretar el estado de emergencia en todo Bilbao y en toda Bizkaia. ¡Qué semana más larga nos espera! |