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10-06-2007
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Iker Murillo sostiene a Yen Han en un paso de gran tensión.
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Igor Yebra, director artístico de la gala
“Admiro a Eva Yerbabuena por cómo siente el baile”
Kultura
La emotiva pirueta de bailar de nuevo en casa
La emotiva pirueta de bailar de nuevo en casa
Se marcharon de sus casas, aún adolescentes, por el ballet. Ahora regresan con más vida y profesionalidad. La II Gala 'La danza y los vascos', organizada por la Asociación Bilbao Ballet Elkartea, reunirá mañana en el Palacio Euskalduna a los vascos que partieron para cumplir su sueño.
María R. Aranguren Bilbao
SE movió como una mota de polvo bajo la luz de un flexo. Alzó la pierna, volvió la vista y comenzó a bailar. Tenía 14 años y Madrid era su nueva morada. Las ondas del teléfono le transmitían el calor de su familia: “¿Hija, estás bien?”, “¡Mamá, lo dejo!”. Fueron tan sólo dos veces. Itziar Mendizabal (Hondarribia, 1982), vio cómo su futuro se tambaleaba en dos días en los que la profesión se colocaba sobre sus hombros con más peso del habitual. Las clases de dos horas en su ciudad natal eran un recuerdo lejano en la apasionante y trabajosa práctica de “dormir y bailar”.

Víctor Ullate aún le llama a menudo. Y, bajo el velo de la admiración, ella recuerda una imagen: la de la más absoluta oscuridad. “Víctor imponía mucho respeto. Yo siempre quería bailar bien y que él lo viera... En un par de ocasiones me desmayé de los nervios y me desperté en su oficina con un vasito de agua con azúcar...”, relata mientras suena el aleteo de su risa de cisne. La escuela de Víctor Ullate le proporcionó técnica y disciplina y ella explica su resistencia con un refrán popular. “Sarna con gusto no pica”. “Si el sueño no te pertenece –continúa– el sacrificio resulta excesivo y terminas dejándolo. La danza hay que hacerla de verdad, con todas las ganas”.

Tras un año de convivencia con una familia y tres bailarinas de la escuela, Itziar hizo las maletas y se cobijó en un espacio íntimo, en su nueva casa. La bailarina belga Leslie Mert, también de 15 años, le acompañó en la tarea de organizar lo propio. “Éramos dos hermanas que compartíamos piso en Madrid. Nos entendíamos muy bien y también peleábamos con frecuencia. Lo último que sé de ella es que dejó de bailar...”. En su piso, Leslie e Itziar danzaban y estiraban sus músculos aún adolescentes. “Hacíamos estiramientos continuamente... a veces un poco bruscos, para conseguir más flexibilidad”.

Tras esos esfuerzos, latía una pasión que se gestó en la infancia y que por fin comenzaba a coger forma. “No me parece que fui valiente en mi decisión de marcharme a Madrid. Ni siquiera lo dudaba. En mi casa nunca hubo especial afición por la danza. Sin embargo, ya a los cuatro años le dije a mi madre que quería bailar. Cuando había espectáculos de danza yo me quedaba quietecita, mirando. Y no era una de esas niña que se quedan quietecitas fácilmente”, explica riendo. A los 21, decidió ir al Ballet de Zurich. “Llevaba muchos años en la misma escuela y me surgió la necesidad de bailar otras cosas”. Realizó la audición y le ofrecieron un contrato de solista. “Cuando llegué al hotel de Zurich no conocía ni la ciudad ni el idioma. Se me cayó el mundo encima”, recuerda. Y, tras la tempestad, llegó la danza. “En dos meses ya estaba ilusionada con el nuevo trabajo”. Ahora, la donostiarra disfruta del ballet dejando a un lado los nervios. “Es uno de los momentos más bonitos de mi carrera”. Un deseo, Itziar: “Un ballet para algún teatro vasco, como elVictoria Eugenia o elArriaga. Muchos jóvenes no bailan porque les da miedo irse tan lejos”.

ALICIA AMATRIAIN
“La danza me ha aportado experiencia de vida”

Recuerda con nostalgia aquel tiempo en que bailar provocaba la misma emoción que “tener un día libre en la escuela”. Alicia Amatriain (bailarina principal en el Ballet de Stuttgart) decidió, con 14 años, dejarlo todo por una oportunidad en la Escuela de Ballet de Stuttgart. Desde entonces, la danza adquirió un matiz diferente, la danza se convirtió en su vida. “Por aquel entonces sólo hablaba euskera y castellano, fue bastante duro”, evoca la donostiarra.

Los bailarines Jorge Nozal (Donostia), César Rubio (Valencia) e IkerMurillo, también en la escuela, fueron uno de sus apoyos hasta que, tras cuatro años de aprendizaje, llegó su primera audición. El director de la prueba recorría la sala mirando a los aspirantes de arriba abajo. Fue en Hannover y “como en las películas. Éramos más de cien y había cuatro plazas. Cuando el director pasaba al lado de los bailarines decía, Gracias, te puedes ir”. Yo tuve la suerte de ser elegida pero, cuando me ofrecieron también quedarme en Stuttgart, no lo dudé”.AAlicia la danza le ha aportado “experiencia de vida”. Lo dice de una vez, tajante, sin dejar espacio a interrogantes. “Llevo mucho tiempo fuera de casa y he tenido vivencias antes de lo que suele ser habitual”. Le atrapa la disciplina del ballet clásico y la experiencia que supone bailar al son de los tiempos. “Megusta llegar al punto máximo que mi cuerpo puede dar”, comenta.

Y mientras prepara la Mono Lisa de Galili, una de las piezas que interpretará en la gala, imagina los rostros de sus familiares mirándola. La presión es mayor cuando el público ve, además de a la bailarina, a la hija, la prima o la sobrina. “La actuación más especial fue la que hice en San Sebastián”. Bailó elPas de deuxde Onegin con la sonrisa rozándole los labios.Ala salida le esperaban cientos de rostros que hoy no acierta a definir. Los nervios aún le apretaban el estómago.

“Cuando era pequeñita mis padres me apuntaron a danza como me podían haber apuntado a inglés. Hubo suerte. Llevaba el baile dentro”.

IKER MURILLO
“Cada vez que actuamos en Suiza se llena el teatro”

Fue una decisión loca. Tenía 15 años y ya estaba en Madrid intentando abrirse paso con sus pies pulidos por la danza. Le llamaron: “Iker, aquí tienes una oportunidad”. Una compañera le advertía de la posibilidad de acudir a la escuela de Stuttgart. No se lo pensó.

“Ahora, cuando me acuerdo, me pregunto cómo pude hacer aquello”. Sus padres no le impidieron coger el avión que le alejaba de Madrid y también de su tierra, Pasaia, en donde tuvo el privilegio de encontrarse cara a cara con la danza. “Cuando empecé tenía ocho años y acudía a menudo a Euskal Dantza; fue difícil dejar atrás todo aquello”.

Mientras hila su biografía, acude a su mente un deseo compartido. “La ilusión de todos los bailarines vascos que estamos fuera es que se pueda crear una compañía en Euskadi, pero no sabemos lo que va a pasar”.

Iker Murillo, bailarín del Ballet de Zúrich, lleva ya cinco años en Suiza. “Aquí existe muchísima afición por la danza. Cada vez que tenemos una actuación, el teatro se llena”, comenta con admiración.

Su cuerpo le advierte de que está llegando el final de temporada. Tiene 28 años y, según el popular bailarín Igor Yebra, “tiene toda una carrera por delante”. Para el pasaitarra, los bailarines son su segunda familia. “La gente cree que existe mucha competitividad y quizá haya contribuido a ello la imagen que se da en determinadas películas. Sin embargo, en general prima el compañerismo. Al fin y al cabo, todos estamos fuera de casa y nos tenemos que ayudar los unos a los otros”.

La danza le ha enseñado el valor de la disciplina, del respeto y del aplauso. En verano, cuando lleguen sus vacaciones, irá a Donostia. Itziar, Alicia e Iker aprendieron a volar temprano.Ahora sueñan con una pirueta que los lleve a casa. Sobre sus zapatillas de punta, y ataviados con los trajes de raso y malla, compartirán la experiencia de bailar entre los suyos.

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