Ahora que los alemanes, con su eficacia característica, comienzan a desmontar toda la impresionante infraestructura dispuesta para el magno encuentro. Mientras las ONG desmontan sus tenderetes, y empaquetan de nuevo, entre resignados y satisfechos, toda su parafernalia opositora de folletos, camisetas y pegatinas. Cuando los participantes y los periodistas aguardan la salida de su vuelo de vuelta a casa con gesto cansado en el aeropuerto. Justo en ese momento, nosotros queremos hacer aquí una encendida defensa de las virtudes del G8. Celebrar, una vez más, el éxito de este impresionante evento.
Con su soberbia puesta en escena, una vez más el G8 ha conseguido hacer verosímil que el mundo está gobernado por un directorio, que maneja con mano dura el destino del planeta. Capaz de tomar decisiones sobre la marcha, como resultado de las negociaciones de última hora, en el curso de un apresurado encuentro, mientras los jefes de gobierno miran de reojo por la ventana.
Como si todos y cada uno de ellos, los poderosos, no fueran sino meros inquilinos provisionales de sus despachos, mero accidente en el curso de la evolución política de las estructuras de poder, y las redes de intereses, que configuran verdaderamente, en la práctica, la pesada inercia del mundo.
Excelente interpretación también de los invitados del llamado Tercer Mundo, esos jefes de Estado de India, Sudáfrica, y los otros, en sus papeles de convidados de piedra, indignados por la magnitud de los problemas, pero a la vez agradecidos. Mostrando su anuencia a participar del simulacro con elegante cortesía.
Fantástico también el logro de los movimientos sociales de contestación, al ser capaces de presentarse unidos como oposición global, pese a sus insalvables diferencias. La extrema izquierda, la extrema derecha, el extremo centro. Todos unidos por unos días en la misma empresa. Pueden volver a casa satisfechos, enriquecidas para siempre sus biografías. Ampliadas sus redes de amigos en la resistencia. Más de mil heridos, cientos de detenidos. La causa lo merecía.
Buen trabajo también, esta vez sin ironía, el de los servicios de limpieza, electricistas, transportistas, asistentes sanitarios, y tantos otros. Todos ellos cumplieron pacientemente su cometido. Como el modesto acomodador de un inmenso teatro, que asiste con parsimonia e indiferencia a un espectáculo del que sabe que, en realidad, no merece la pena. |