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Niños palestinos juegan en las callejuelas del campo de Badawi |
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Los niños de Beit al Aftal
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Son niños, son palestinos y son refugiados, como los demás del campo de Badawi, pero algo les distingue. Deambulan con la mirada vacía y un rictus en el rostro. Son quienes han logrado escapar con vida de Nahar al Bared.
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BEIT al Atfal (La Casa de los Niños) es un edificio rodeado de escombros donde los pequeños del campo de refugiados de Nahar al Bared vienen a librarse de los recuerdos de una guerra. Las paredes de este recinto, situado en el vecino campamento de Badawi (norte del Líbano), encarnan una viva expresión del horror que han sufrido los niños desde que el pasado 20 de mayo empezaron junto a sus casas los combates entre el Ejército libanés y los extremistas suníes del grupo Fatah al Islam. En estos muros hay colgadas decenas de dibujos que versan alrededor de un único tema: la guerra.
Por un lado se ven tanques, milicianos barbudos armados hasta los dientes, barcos en llamas y bombas cayendo desde el cielo; por el otro hay grandes corazones, manos gigantes con la palabra "STOP" dentro de la palma y palomas blancas.
En los pasillos de Beit al Atfal corren bulliciosos muchos niños, mientras que otros deambulan con la mirada vacía y sin que parezcan percibir la algarabía que les rodea. "Esos son los niños de Nahar al Bared", explicó Jacques Hureiki, psiquiatra del centro de atención a la infancia desde año y medio. "Más de la mitad de ellos tienen incontinencia urinaria por las noches, como consecuencia de ataques de pánico y de las pesadillas que sufren", aseguró Hureiki, quien además alertó sobre el alto índice de enfermedades mentales, como la esquizofrenia.
Ahmed es un chaval de siete años vivaracho y de ojos despiertos, como los de la mayoría de los niños palestinos que se han criado en la miseria de los campos de refugiados. Cuenta que abandonó Nahar al Bared a los pocos días de empezar los bombardeos junto a su madre, pero que su hermano sigue dentro del campo para cuidar de que lo poco que les queda no caiga en manos de Fatah al Islam.
Aunque se avergüenza al reconocerlo, Ahmed confiesa que tiene miedo a las bombas y que por las noches se acerca a su madre en la cama para buscar consuelo. Su padre, cuenta, se fue a Estados Unidos hace varios años y desde entonces no han vuelto a saber de él.
El doctor Hureiki asegura que los padres de los chavales no le ponen fácil la tarea de atender a sus hijos, y que muchos de ellos se niegan a que los niños tomen medicamentos por temor a que desarrollen una dependencia.
Pero, además, en Beit al Atfal, también se atiende a adultos que no han conseguido tampoco digerir los bombardeos y que, probablemente, cuando vuelvan a sus casas comprobarán que de ellas no queda más que un montón de escombros. |
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