EL día 21, y concretamente, a las 20 horas y 6 minutos, se produce el solsticio de verano. Ello significa que el Sol alcanza su mayor altura sobre el horizonte del sur y que, por tanto, se encuentra al mediodía local (que ocurre a eso de las 14.00 horas) más alto en el cielo que en cualquier otra fecha del año. En ese momento, luce desde el fondo de la constelación de los Gemelos (o Gémini) que, por razones obvias, no se ve.
Es en ese momento cuando da comienzo la estación astronómica del verano para los habitantes del hemisferio norte de la Tierra (para los residentes en el hemisferio sur lo que principia en esta fecha es el invierno), una estación que se prolongará hasta que, el próximo 23 de septiembre, a las 11.51 horas dé comienzo el otoño.
Y decimos estación astronómica para no confundirla con el verano meteorológico. Que el día 21 principie la estación del verano no significa que hasta entonces las temperaturas resulten frescas y las lluvias algo más abundantes, y que después del referido solsticio el tiempo se haga más caluroso y las lluvias disminuyan.
El tiempo meteorológico actúa con relativa independencia de la estación astronómica en la que nos encontramos, pues pueden aparecer épocas calurosas en plena primavera o en tiempo de otoño (o en invierno, incluso), tanto como ataques fríos en pleno verano.
EL SOLSTICIO DE VERANO La llegada del solsticio de verano tampoco significa que esa fecha -el jueves 21 de junio- conlleva el día más largo y la noche más corta del año. Cierto es que, dado que el Sol alcanza en ese día su mayor altura sobre el horizonte del sur, debería permanecer durante más tiempo sobre nosotros y conformar, así, el día del año con mayor número de horas desde que la estrella por excelencia sale por el nordeste hasta que se pone por el noroeste. Parece que debería ser así. Pero, por razones, principalmente, de la inclinación del eje de rotación terrestre sobre el plano que forma nuestra órbita alrededor del Sol, se producen una serie de desfases que hacen que no haya uno, sino que existan varios días más largos y varias noches más cortas.
Fijémonos, por ejemplo, en el período comprendido entre el 14 de junio y el 4 del próximo julio (véase la tabla adjunta). En la primera de las fechas, el Sol sale en Euskal Herria a las 6.27 horas (siempre, hora oficial) y se pone a las 21.49, por lo que el día dura entonces 15 horas y 22 minutos. Una duración que se mantiene durante el día 15, pero que aumenta en un minuto el sábado 16, y en dos a partir del martes 19.
Entonces, entre esta última fecha y el también martes 26, la duración del día resulta ser la misma -de 15 horas y 24 minutos-, a pesar de que van cambiando tanto la hora de salida del Sol como la de la puesta, por lo que puede hablarse perfectamente de los ocho días más largos del año y, por lo mismo, de las ocho noches más cortas.
Curiosamente, en todas estas fechas, la salida del Sol va resultando cada vez más tardía (desde las 6.27 horas del 8 de junio a las 6.32 del 4 de julio), por lo que podría esperarse un acortamiento del tiempo solar. Claro que, al mismo tiempo, también la puesta del Sol se va retrasando (desde las 21.49 horas del 14 de junio a las 21.52 de los días 23 de junio al 1 de julio), por lo que la combinación de ambos factores hace que los días duren lo mismo durante varias fechas seguidas.
Igualmente, son los días 26 y 27 de este mes los que cuentan con el récord del crepúsculo civil más tardío: la luz solar nos permite leer un libro o un periódico al aire libre hasta las 22.28. Como se ve, la fecha del solsticio de verano, el día 21, es uno de los días más largos del año, pero no el que más. Y ni siquiera es el que cuenta con el crepúsculo civil vespertino de mayor duración.
LOS PLANETAS Precisamente, en pleno crepúsculo vespertino podremos apreciar, durante todo el mes de junio, la magnífica luminosidad del planeta Venus, que destaca, como una muy brillante estrella, hacia el noroeste, bien alto sobre la posición por donde el Sol se ha puesto. Venus es visible ahora hasta horas de la medianoche, aunque según vaya avanzando el mes se irá aproximando a la posición del Sol y, por tanto, se pondrá por el noroeste cada vez más temprano. Un telescopio cualquiera nos permitirá advertir la fase de Venus, similar en estos momentos a un cuarto creciente (o menguante) lunar.
Poco más arriba de Venus luce Saturno. Menos brillante que el primero, este planeta se ubica sobre el fondo de la constelación del León. Poco a poco, Venus se irá acercando a la posición de Saturno -obviamente, en apariencia, pues la distancia real que les separa es enorme-, con el que formará un bonito y brillante par en la noche entre fin de este mes y comienzos del siguiente (el máximo acercamiento se producirá el 2 de julio). Un telescopio, aun de baja potencia, nos descubrirá su mundo de anillos. La Luna quedará cerca de los puntos de Venus y de Saturno el día 18.
Más hacia el este y el sur, sobre la constelación del Escorpión, destaca el luminoso Júpiter. Visible hacia el sureste nada más comenzar la noche, y observable durante buena parte de ella, Júpiter alcanzó el pasado día 5 su oposición, lo que equivale a decir que este planeta, la Tierra y el Sol se encontraban entonces en línea recta. La Luna se acercará a la posición de Júpiter los días 27 y 28. Es reseñable el contraste de colores entre Júpiter (que luce con color blanquecino) y la aparentemente cercana estrella Antares, que luce debajo de él con color rojizo.
Igualmente rojizo o anaranjado, Marte sale por el este a eso de las 3.30 horas, y es visible, por tanto, en lo que resta de noche hasta que la luz solar del amanecer comience a hacer inobservable el cielo nocturno. La Luna se acerca en apariencia a Marte los días 10 y 11. Finalmente, Urano y Neptuno son observables mediante el uso de prismáticos en el caso del primero y de telescopio para el segundo. Urano se ubica en la zona de la constelación de Acuario, y Neptuno en la de Capricornio. Ambos salen entre las 1.00 horas y las 2.00.
la VÍA LÁCTEA La parte principal de la Vía Láctea -la zona del cielo por donde se extiende el plano principal de nuestra galaxia- comienza a ser observable a simple vista hacia el este en el cielo de junio. Claro, no desde todos los lugares. Porque, salvo honrosas excepciones, las ciudades y grandes poblaciones dejan escapar hacia el cielo tal cantidad de luz procedente de la iluminación artificial que hacen prácticamente imposible la localización de esta difusa banda de color lechoso que va de lado a lado del cielo. Otra cosa es desde el campo (alejados de las estaciones de peaje o de servicio de las autopistas) o desde las alturas de las montañas.
Allí, el cielo es más oscuro y el contraste es mayor (todavía mayor, con clima seco), lo que puede permitirnos advertir, siempre a simple vista, el camino lechoso que desde Sagitario al sur hasta Casiopea al norte, pasando por Águila y Cisne, indica la posición del disco o plano que concentra el mayor número de estrellas, gases y polvo de nuestra propia galaxia.
Luz roja para estudiar las estrellas
Una vez que se ha conseguido que el ojo se habitúe a la oscuridad, es inoportuno encender una linterna con luz blanca o la luz del balcón o de la terraza en la que uno se encuentre, si tenemos necesidad de consultar un mapa celeste o queremos saber dónde hemos dejado el ocular del telescopio, por citar dos ejemplos normales. La luz de las bombillas de uso habitual hace que el ojo pierda de inmediato esa adaptación que, tras varios minutos en la oscuridad, habíamos logrado, y nos obliga a comenzar de nuevo desde cero para intentar que nuestros ojos, al cabo de un tiempo que bien puede alcanzar el cuarto de hora, vuelvan a ser capaces de distinguir los objetos débiles que abundan en la cúpula celeste. Para evitar esta pérdida de adaptación del ojo a la oscuridad, es recomendable utilizar una linterna con luz de color rojo o bien recubrir con envoltura de tal color (puede ser con papel de celofán o similar) una linterna normal, de luz blanca, que de esta forma nos iluminará lo que necesitemos ver con luz de color rojo. >E.C. |