pues ya está aquí el día que nadie hubiera querido que llegara. Llevamos tiempo con el alma triste y el cuerpo maltrecho pero no queda más remedio que afrontar el asunto con la entereza que se supone que hemos ido acumulando a lo largo de este año infausto. Sólo nos queda esperar hasta las cinco de la tarde mordiéndonos las uñas y desear con todas nuestras fuerzas que cuando den las siete, la tarde del domingo resplandezca como si fuera una mañana de sábado. Seamos optimistas y pensemos que va a ser así. De nada vale ponernos en lo peor. Al contrario. Los malos presagios sólo acaban trayendo desgracias. Mirémoslo de este modo: si ellos se juegan una prima a terceros, o varias, nosotros nos jugamos la vida. Un aficionado describía ayer la situación en estas mismas páginas con un ejemplo demoledor. Ver al Athletic en Segunda -decía- es que como si ahora te dijeran que tus padres no son tus padres. Nosotros nos lo jugamos todo y ellos, nada. Jugamos en casa y la afición ya ha metido un gol antes de empezar el partido. Dependemos sólo de nosotros y no podemos fallar. No vamos a fallar. Hay demasiadas cosas detrás de este equipo y de este club para que tropiece en el momento más trascendente de su historia. Hay un cariño desbordado de cientos de miles de personas que se tiene que transformar en energía positiva que empuje a nuestros jugadores hacia una victoria imprescindible. Y está el espíritu de cientos de leones que a lo largo de más de un siglo han ido escribiendo una de las historias más bellas del deporte, una gesta de la que ha sido partícipe todo un pueblo. ¡Vamos chavales! Que no os tiemblen las piernas. No podéis fallar y no vais a fallar. Seguro. Respirad hondo y a por ellos. Hoy juega el Athletic y va a ganar. Seguro.