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Experiencia vasca y oportunidad boliviana
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Robert Scarcia
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la historia de las lenguas que no son oficiales de los Estados soberanos enseña que entre la voluntad política y la vitalidad efectiva de cualquiera de dichas lenguas existe una profunda relación de causa y efecto. En Bolivia, con la elección de Evo Morales, se ha consolidado en el país andino una nueva fase sociolingüística, marcada por el interés de transformar las lenguas originarias indígenas en elementos vertebradores de la compleja realidad cultural y social boliviana.
El pasado mes de marzo, una fundación que lleva el nombre del antiguo barón del estaño boliviano Simón I Patiño abrió las puertas de una de sus propiedades, una linda villa colonial de la ciudad de Cochabamba a un día de estudios de la Academia de la Lengua Quechua de Bolivia. A nadie le escapó la importancia del gesto: se estaba transformando una simbólica relación jerárquica entre el nombre del hombre más representativo del antiguo poder oligárquico a lo largo de la historia boliviana y las personas que dedicaron tiempo y energía al quechua, la lengua de los indígenas, o sea la gente del nivel social más bajo del país. Sin embargo, dicho gesto habría sido improbable si no hubiera habido antes unas elecciones que llevaron un indígena a presidente.
En esta misma ocasión, Fernando Cáceres, miembro de la Academia de la Lengua Quechua y portavoz del Instituto de Lenguas y Culturas Originarias de Bolivia (Insleco), "un centro de formación técnica a disposición de las autoridades de la educación del país", presentó un programa que podría interpelar algunas entidades de Euskadi con experiencia en normalización y política lingüística.
El Insleco lanzó un programa destinado a promover el fortalecimiento de las lenguas y las culturas originarias a través de la capacitación de profesionales para atender las necesidades de interculturalidad y bilingüismo de la sociedad boliviana. Se trata concretamente de un programa posbachillerato de seis semestres para la formación de "técnicos superiores en lenguas y culturas originarias", los primeros cursos deberían empezar el segundo semestre de este año. Dicho perfil profesional debería ser apto para dirigir, apoyar y facilitar procesos de enseñanza de lenguas originarias y participar en los procesos de promoción de eventos culturales e investigación social.
Dicho de otra manera, el Insleco quiere "formar profesionales con competencias lingüísticas en idiomas nativos y en el proceso de enseñanza y de aprendizaje en las lenguas indígenas mismas, prestar asesoramiento en temas lingüísticos y culturales a instituciones, desarrollar servicios académicos permanentes y promover eventos orientados a la difusión de la cultura andino-amazónica de Bolivia".
Los técnicos en lenguas y culturas originarias deberían, además, paliar las carencias del enseñanza de las lenguas indígenas en el área urbana. En efecto, Cáceres explicó que "todavía no hay un programa serio que trabaje por la efectiva enseñanza de lenguas originarias indígenas en las áreas urbanas en este momento histórico en que los procesos sociales necesitan una adaptación coherente de los recursos humanos".
Resumiendo, en Bolivia se ha lanzado un proyecto sustentado por una reflexión que tienen vinculación con los cambios en el mundo político: Se está tratando de poner en marcha una nueva política lingüística, educativa y social que implica la normalización de las lenguas indígenas bolivianas, y que pueda desarrollarse en sintonía con las transformaciones en la cultura política del país andino.
El cambio político de fondo que representa el gobierno boliviano de Evo Morales, reflejado por la iniciativa lingüística del Insleco, lleva consigo una inesperada oportunidad para Euskadi. La nueva dinámica sociolingüística boliviana, desencadenada por la victoria electoral del MAS (Movimiento Al Socialismo), ha abierto un espacio para que las organizaciones vascas que durante las últimas décadas han madurado trabajando con el euskara una profunda experiencia en materia de política lingüística puedan ayudar y asesorar los bolivianos empeñados en la normalización de lenguas como el quechua, el aymará y el guaraní.
Sería una lástima si las autoridades competentes vascas ni siquiera tratasen de ocupar dicho espacio. La experiencia de Euskadi en normalización y política lingüística podría convertirse además en un original instrumento para lograr relaciones privilegiadas con un gobierno boliviano que necesita no sólo comprensión y respeto, sino también ayuda y cooperación concreta para que su programa de transformación política, social y cultural sea exitoso. |
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