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23-06-2007
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Tierra de frontera
Mireia C. Zubiaurre
durante los llamados siglos oscuros (desde el declive del Imperio romano hasta la época posterior al nacimiento del reino de Pamplona), los entonces habitantes de la actual Euskal Herria debieron de emplear buena parte de su existencia en luchar y defenderse de los ataques provenientes del continente europeo; hordas aquellas cuya intención no era otra más que la del saqueo y aprovechamiento de los recursos de aquellos que, en consecuencia, sufrían su ansia de destrucción.

Siglos después, la historia se repite de alguna manera. En esta ocasión el bárbaro viste traje militar y su actitud con la población autóctona es fruto, una vez más, de la condición del pueblo vasco de ser tierra de paso. Entre los años 1807 y 1814 los ejércitos napoleónicos atravesaron nuestro territorio antes de entablar batalla con la monarquía española, exigiendo soldados y manutención a los moradores de localidades con escasos recursos económicos y humanos, como Sara o Baigorri. Aquellos que se negaban a entrar en las filas de un ejército que nada tenía que ver con sus principios vitales, eran castigados sin miramiento alguno.

Tierra de paso o tierra fronteriza. Podría afirmarse que la situación geográfica de Euskal Herria ha marcado la historia del pueblo que lo habita, convirtiendo el territorio vasco en una zona de tránsito y dividiendo a sus gentes entre dos Estados, situación un tanto surrealista teniendo en cuenta que tal división (pirenaica) nunca fue una traba a la hora de mantener lazos de unión culturales y lingüísticos entre ambas vertientes.

Hoy en día, inmersos en la era de la globalización y la ruptura de fronteras socio-culturales, el pueblo vasco sigue sufriendo esa separación y continúa siendo lugar de paso de una forma descarada y absolutamente descontrolada. Bajo el pretexto del progreso económico, de la modernización y el no-aislamiento con respecto a lo que nos rodea, el territorio vasco se está transformando en una plataforma destinada al transporte y circulación de mercancías, dejando sepultados bajo aquella los intereses y necesidades reales de la sociedad. Del caos circulatorio poco pueden los ciudadanos vascos sacar algo provechoso, de ese flujo continuo, de ese ir y venir diario. Lamentablemente la sociedad, ante los agravios provocados por las nuevas infraestructuras terrestres y marítimas, no tiene ni voz ni voto, y a pesar de esa sensación de prosperidad que da la contemplación de ese tránsito sin interrupción de camiones y demás vehículos, habría que preguntarse quiénes son los verdaderos beneficiados de semejante desarrollo económico.

Llevar a cabo tantas y tan descomunales obras, destinadas a una mayor absorción de vehículos rodados, a espaldas de la sociedad y sin tener en cuenta su opinión en relación a temas medio-ambientales, económicos o sociales, genera otra sensación algo más oculta que la anterior, pero no menos real. Si la capacidad de decisión de la población vasca sobre asuntos tan elementales como son la construcción o no de determinadas infraestructuras de gran envergadura, no es tomada en serio, la sensación final, el regusto que nos queda ante esa situación, es la de una preocupante imposibilidad de decidir que los vascos tendríamos sobre nuestro futuro más inmediato.

El destino ha querido que Euskal Herria fuera tierra de frontera y esto lo ha venido sufriendo desde el momento en el que las otras realidades políticas que la rodeaban ansiaban controlarla precisamente por eso, por su condición fronteriza.

En el presente, no interesa que el pueblo vasco hable demasiado, sea cual sea el tema a tratar y si lo hace siempre habrá alguien que infravalore su opinión. Fórmulas ya existen y suficientes para hacer callar a los que quieren hablar, ignorar a los que ya han dicho algo y evitar que el resto ni tan siquiera se forme una opinión coherente.
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