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Bilbo Live verde, azul y roja
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Carmen Torres Ripa
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bilbao en verano despierta con música. Más de noventa mil espectadores espera reunir el Bilbao Live en estos días. Todo será glamoroso y popular a la vez. Iron Maiden, Red Hot Chilli Pepers y Metallica llegarán a Bilbao en jet privado. Fito y Fitipaldi, con su deliciosa troupe, viene a casa. El cariño de su gente le acompaña siempre.
Estos espectáculos son las pequeñas -no tan pequeñas- maravillas del verano. No son monumentos de piedra, pero sí fantásticas manifestaciones humanas que no necesitan hacer recuentos exhaustivos para saber cuál de todos ellos es el mejor.
Al margen, la gente se prepara para elegir las maravillas del mundo: Las Pirámides, Petra, el Tal Majal, Granada… Para mí siempre Petra será el lugar por excelencia del mundo, pero, ya ven, creo que la Alambra es preciosa. Merece ser una de las siete maravillas del mundo. Puntillas de piedra, música en el agua, flores, añoranzas, melancolía... Sin embargo, Granada, aunque intente separarla de la fruta -llamada también granada- no puedo. La granada inevitablemente me lleva a la cáscara amarilla y colorada, a la cáscara olorosa al secarse, y al interior del fruto que parece un joyero con multitud de rubíes unidos como un racimo de uvas. Nunca me había parado a pensar que los sentimientos, el dolor y el amor, son rojos. Piedras preciosas guardadas en el alma. Nunca quise abrirlos y, así, no pude comprobar que eran menudos y prietos, brillantes y distintos, como el fruto de una granada. Esos granos -amargos y dulces- tienen una membrana que los une. Una membrana aparentemente insensible. ¿Por qué están apretados los granos? Gracias a esa piel amarilla y blanca que entrelaza cada grano al siguiente y forma familias de granos unidos. Pueden separarse en trozos, pero cada grupo forma una unidad al azar, enhebrada al todo que es una granada. En ese todo noto que mis granos no se separan, el entramado de mi piel permanece inalterable
El color rojo es fascinante. La semana pasada compré tinta roja. Me hacía ilusión cargar la pluma con color sangre. En cierto sentido era como recobrar las promesas infantiles selladas con una gota de sangre, los sueños adolescentes de amistad y los diarios manuscritos con olor a conjuro y misterio. Sé que no es bueno para mi pluma este cambio de tinta.
Gualver, un caballero que cuidaba mis estilográficas en General Concha (¿dónde estará ahora?), me decía que la tinta ideal para la pluma era la azul, pero siempre le llevé la contraria. El negro es mi favorito y…
Hablábamos de tinta roja. En el preámbulo que precede a ponerse a escribir, pensé mil cosas fantásticas. Mi cabeza tejía fantasías. Voy a escribir con sangre -me decía- porque lo que cuento es sangre de mi sangre y me duele aunque nunca he abierto queriendo ninguna grieta en mi piel.
Pero siempre he sabido -como usted- que mi sangre era roja.
Yo no tengo sangre azul, pensaba. Mi sangre es roja, aunque actualmente las posibilidades del cambio del color de la sangre son infinitas. Tantas como la facilidad de comprar títulos nobiliarios en busca de un cambio de tintada.
También en el panorama científico se ha descubierto un caso insólito. Un grupo de cirujanos canadienses se sorprendieron al ver que la sangre del paciente que estaban operando no tenía el color habitual. La sangre no era roja, sino de color verdoso muy oscuro, casi negra, tal y como aseguró la revista científica The Lancet.
Azul, verde, tal vez roja...
Mi cabeza seguía soñando con el rojo, pero ya con impaciencia. Pero... He estrenado la tinta roja y... ¡Qué decepción! Nada de rojo pasión, rojo ensangrentado, rojo de rosa de terciopelo. Las letras que han quedado en el folio han sido como patitas de mosca rosas. El color es feo y sin fuerza. Un auténtico desastre.
No me sale nada emocionante con ese color desvaído. Inmediatamente he ido al lavabo, he descargado la pluma y la he lavado como si la pobre hubiese cometido un pecado mortal de los de antes. Cuando el agua ha salido limpia y clara, he vuelto a mi mesa de trabajo, he sacado mi tintero de siempre y la he cargado de color negro.
Al final somos vulgares seres de costumbres. Los cambios nos gustan para experimentar una emoción momentánea, pero luego lo cotidiano es lo que nos hace felices.
La vida... |
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