Bilbao. Cuentan los más osados, los de las primeras filas, que el culpable fue un katxi volador. Después de que impactara contra uno de los miembros del grupo, el concierto de Red Hot Chili Peppers varió de rumbo. Se había iniciado frenético y se tornó irregular, con una parte central sin garra ni ritmo, marcado por los parones y el disgusto de unos Peppers a los que les faltó pimienta y sentirse a gusto. Hasta se olvidaron de canciones míticas que acabaron por no sonar en un recital de hora y media, ante unos 24.000 fans.
Todo pintaba bien. Los Peppers salieron a escena con su intro habitual, apoderándose de un escenario casi desnudo. Sería por la hora, pero los cuatro salieron bien guarecidos con ropa. No hubo tatuajes ni bíceps. Anthony Kiedes fue más allá y apareció protegido con un poncho. Pero no sonó Macorina, sino Can't stop. Marcó la luz verde para los bailes espasmódicos, tanto arriba como debajo del escenario.
Parecía cierto, que aquello no podía pararse, especialmente después de que sonara su limpio y comercial Dani California, con la chavalería entregada y creando la primera tormenta de polvo frente al escenario. La algo más lenta Scar tissue abundó en la comunicación entre estrellas y fans con mucha más presencia femenina que con los Maiden. Hasta Charlie, canción menor de su reciente Stadium Arcadium y su ritmo funk robado descaradamente a James Brown, obró milagros... y bailes comunales. Pero, de repente, todo cambió. Sería el katxi, pero la parte central del concierto se tornó soporífera. El cuarteto optó por temas menores, aunque aguantaron el tipo su reciente y bonita Snow (Hey oh) y el clásico Readymade. Y si al principio hubo buen rollo -"hola, chicos del Basque"-, se volvió un reproche continuo -a cargo de Flea, con su voz de pitufo-, continuas interrupciones -en alguna ocasión se les silbó por la espera- y un set más profesional que sentido. "¿Qué pasa gente, todo es bueno?", preguntaba Kiedes. No lo fue. Ni ellos se lo creían, aunque Kiedes demostró que tiene voz y tablas para comerse cualquier estadio, y el bajo de Flea sigue atacando el estómago, magníficamente apoyado por la pegada contundente de Chad a la batería, el mejor del cuarteto, con Frusciante y su versátil guitarra haciéndole la competencia.
Tras algunos solos setenteros fuera de lugar, se encaró la recta final del concierto, marcada siempre por su batido de rock, funk, rap y estribillos coreables, con el irresistible By the way. Sus cambios de ritmo volvieron a levantar el polvo. Fue un espejismo porque el grupo abandonó el escenario. Hubo un bis, claro, pero apenas lo pidió nadie. Salieron por vergüenza torera y cerrando con una sesión ruidista y psicodélica a cargo de los pedales de Frusciante, que hasta se atrevió con un inexplicable ritmo reggae. Ni rastro de Under the bridge o Californication. Al final, división de opiniones. A la mayoría, como a Iñaki Uoho, de Extremoduro y Platero y Tú, le gustó. |