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24-06-2007
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Luis de lezama
"Los txipirones y el Athletic me anclan a Bilbao"
Unas gafas de intelectual. A través de ellas, Luis de Lezama escudriña un mundo hostil en apariencia para quien viene en nombre de Dios. Sin embargo, lejos de las meditaciones y de la vida contemplativa, el cura Lezama hace cierto al clásico: "Dios está en los pucheros...".


sacerdote, hostelero y periodista

Jon Mujika

bilbao. Cada vez que regresa a Bilbao, una tierra que reconoce como la suya, Luis de Lezama tiene la sensación de volver a casa. En un mundo de tiburones, el hombre de la franca sonrisa se ha hecho un nombre, no como portador del clerygman sino como hostelero, periodista y hombre de letras. Se diría que ser cura es apenas un accidente, algo consustancial a su bonhomía. "Date prisa con la foto que se me enfría el culo", comenta ante el fotógrafo. Es la campechanía de un hombre de Bilbao.

Extraña verle vestido a la antigua usanza, con el clergyman y el traje negro...

He vuelto a estar al frente de una parroquia nueva en Madrid, Santa María La Blanca, y creo que la ocasión lo merece.

Se había convertido en un hombre de negocios.

Es verdad que el día a día del Grupo Lezama era muy absorbente. Washington, Madrid, Sevilla... Todo el día de la ceca a la meca. Ahora puedo volver a ejercer una labor pastoral y tengo más tiempo libre para escribir, mi otra pasión.

Siendo Bilbao una ciudad que le apasiona, ¿cómo fue capaz de renunciar a todas sus tentaciones?

En realidad no renuncié a todas. ése es el secreto. La buena cocina, por ejemplo, sigue siendo algo maravilloso que no es incompatible con mi labor como cura.

Mire al frente: ¡Indautxu!

¡Cuántos recuerdos! No soy un hombre que sucumba con facilidad a la nostalgia, pero ahí pasé parte de mi juventud y eso siempre marca. Era una plaza más romántica que lo que es hoy, con otro aire. Además, aquí está la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, donde me bautizaron.

¿Esconde algún secreto más este lugar?

Ahí está la casa de los aldeanos... Mírala, es fabulosa. Cada piso tiene una ilustración diferente, muy personal. Recuerdo que hubo un tiempo que la miraba con mucha atención...

Gusto por el costumbrismo de los murales, supongo...

Sí, claro que sí. Eso es.... ¡Hombre! En realidad tengo que confesar que en esa misma casa vivía una chica que me gustaba. Supongo que algo de influencia también tiene ese dato para considerar el conjunto como una de mis debilidades en el Botxo. En toda caso, para mí Indautxu sigue siendo el corazón de la villa, por mucho que la nueva plaza difiera de la que conocí en mis años mozos.

¡Habrá paseado alguna otra más por medio mundo!

Es cierto que he viajado mucho y que eso te amplía los horizontes. Pero hay puntos de anclaje que te apegan a la tierra. En mi caso, el Athletic y los txipirones en su tinta son dos referentes clásicos, dos pasiones que me anclan a Bilbao esté donde esté.

¿Qué añora de aquel Bilbao que conoció?

La vida en cuadrilla, los amigos. Esa atmósfera de que todo es posible cuando sales en grupo. Recuerdo con mucho agrado los bailables de La Casilla. Era un punto de encuentro magnífico y la oportunidad más clara que había de bailar con una chica. Todo eso se ha perdido, pero no lo digo con nostalgia sino como la constatación de una realidad, Quiero que quede claro que el nuevo Bilbao es fabuloso, una ciudad digna del siglo XXI.

Puede decirse, para un hombre de fe como usted, que el Bilbao moderno es la tierra prometida...

Es curioso. Yo soy de los que piensa que la tierra prometida no está en ningún lugar en concreto. Más bien lo veo como un estado de ánimo. Creo que la auténtica tierra prometida es la esperanza.

Muchos vascos como usted vieron en Estados Unidos algo similar: una tierra de promisión...

La gente decide dejar su tierra por múltiples motivos: unos porque desean conocer otras oportunidades, otros porque se ven forzados... Cada uno tiene una motivación o algo que le empuja.

¿Qué le llevó a usted a Washington D.C.?

La ocasión. En abril de 1989 surgió una oportunidad y me dije por qué no. En verdad siempre he tratado de dar una oportunidad a gente que no la tenía y creo ése era el momento idóneo para ampliar el negocio y generar más puestos de trabajo y más formación entre la gente necesitada. Soy un fiel seguidor de ese lema que dice no me des un pez: enseñame a pescar.

Supongo que no todo habrá sido un camino de rosas...

Claro que no. Siempre surgen contratiempos. Por encima de todo hay una consigna: el amor. Consigue lo que no logra la cultura, la religión o la fuerza. Es el gran motor del mundo. Hay que hacer las cosas con amor, con cariño. A partir de ahí, casi no quedan imposibles.

Da la impresión de que la fórmula le funciona: le ha dado de comer a George Bush...

Merluza en salsa verde y txipirones en su tinta. Le gustó y mostró curiosidad por la cocina vasca. Pero no sólo a Bush. Por La Taberna del Alabardero de Washington han pasado muchas personalidades, gente muy poderosa. El secreto está en tratarlos como a uno más; a todos con el mismo respeto. He visto comer txipirones en su tinta a Kissinger y Juan Pablo II. Eso es un orgullo.

Ha escrito intensas historias de amor. Siendo sacerdote imagino que no estarán basadas en vivencias personales...

No veo por qué no. Si tenemos los ojos abiertos, la vida pasa por delante de nuestras narices. Vemos las grandezas y debilidades de la gente y tengo formada mi opinión al respecto.

Habrá escuchado historias inconfesables...

Unas cuantas, sí. Soy sacerdote, periodista, empresario... ¡qué sé yo! Llevo mucha vida andada y muchas carreras a mis espaldas y eso crea un bagaje cultural y humano importante. Hay que saber escuchar al que te habla y darle lo que te pide: un consejo, una reprimenda...

¿Cómo, castigarle?

Si hace falta, sí. Hay gente que necesita que le digas que está equivocado en lo que hace.

Recuerda el primer nombre popular que entró en uno de sus afamados locales...

El primer cliente del que guardo recuerdo fue el poeta José Bergamín. Y debió de gustarle lo que vio, porque no faltaba un día. Si estaba enfermo, pedía que se lo lleváramos a casa. Aún se conserva su mesa. También eran habituales el diestro Antonio Ordóñez, Alberti o Mingote, un hombre de espléndido sentido del humor.

Es usted un hombre emprendedor metido al sacerdocio, tan acusado de inmovilismo...

En todos los sitios, en todas las profesiones, hay gente con inquietudes y otra que espera a que todo le venga de cara. Yo soy de los primeros. Vivir es elegir y poco a poco fui eligiendo. La gastronomía, la literatura... todo ha sido una opción.

Usted vivió entre la marginalidad, en aquella terrible realidad de Entrevías, en Vallecas...

Con 18 años fui a Madrid, para iniciar la carrera eclesiástica y en 1962 fui ordenado sacerdote. Tres años después estaba en los barrios más marginales, en Entrevías, allá en Vallecas. Era lo que se llamaba China y Japón y convivía con jóvenes para promocionarles en las escuelas de formación profesional acelerada. Recogíamos papel y ropas usadas por la ciudad para financiarnos y poco a poco fuimos levantando el primer Albergue de Juventud. Fueron años duros pero maravillosos...

Debió ser complicado...

Llegó a Vallecas en un momento duro, un tiempo en el que se produce el cambio social, más allá del puente. Es el corazón del Pozo del Tío Raimundo, con toda aquella actividad del padre Llanos, que generó un modo distinto de ver y tomar actitudes de la Iglesia.

Da la sensación de que esas vocaciones religiosas solidarias de la Iglesia han menguado.

Lo que ocurre es que la gente solidaria de hoy, que la hay y mucha, no siempre pasa por la Iglesia para ejercer como tales. Hay muchas ONGs, mucha gente dispuesta a echar una mano al prójimo sin plantearse que para eso tenga que estar junto a la Iglesia. Creo es en el papel social de la religión, no en que seamos los únicos...

¿Estima, entonces, que la tolerancia al otro es la clave para la convivencia de credos y de formas de pensamiento?

La tolerencia es un pecado de orgullo, una condescendencia desde un punto de vista de superioridad que no me agrada

¡No es tolerante!

No hay razas, ni religiones, ni elegidos. Se trata de ver la vida desde la igualdad y de comprobar que, por qué no, dos personas pueden tener razón aunque piensen de modo diferente.

Es usted un apóstol de la utopía y la disidencia...

Puede decirse así, sí. No podemos vivir subyugados al estruendo de tanto como ocurre hoy en día. Hay que pensar que es posible otro mundo mejor que el que tenemos y trabajar hacia él. Esto requiere cierta fuerza de voluntar, un inconformismo determinado. Ahí es donde aparece la disidencia.

En su última obra, La Rosa de David se sumerge en el espinoso mundo de las relaciones entre árabes, crisitianos y judíos.

No es fácil lograr que convivan tantas identidades. Creo que el capitalismo ha corompido el espíritu pacífico de los judíos y hay Isarael no es nada de lo que debiera ser. Se ha perdido la mística y el sentido trascendente del judaísmo y ahora sólo se busca una seña de identidad nacional a toda costa, por encima de otras virtudes. ¡Eso es muy pobre!

Ha desarrollado una visión cosmpolita que, sin embargo, tiene como referencia a Bilbao.

Eso siempre. Para mí volver a la villa es como el regreso a casa. Por muchos cambios que experimente me resulta siempre reconocible. En Bilbao recupero mis señas de identidad. Necesito venir cada cierto tiempo. Aquí están mis raíces.

sus frases

"Dimos de comer a George Bush merluza en salsa verde y txipirones. Le gustó"

"El amor consigue lo que no logran la cultura, la religión o la fuerza bruta"

el protagonista

carné de identidad

· Edad. 71 años recién cumplidos. Nació un 15 de junio de 1936, apenas un mes antes del llamado Alzamiento Nacional.

· Lugar de nacimiento. Amurrio (Álava) aunque pasó toda su infancia y juventud en Bilbao.

· Familia. Como puede comprenderse está casado con Dios.

· Carrera profesional. Estudió el bachiller en el colegio de Indautxu de los PP. Jesuitas de Bilbao, ciudad en la que desarrolló sus actividades juveniles y donde fue dirigente de grupos de Acción Católica de la Iglesia. En 1976 se licenció en la rama de Imagen, Radio y T. V. Ciencias de la Información en la Universidad de Madrid. En 1974, creo La Taberna del Alabardero, un restaurante de acogida a jóvenes que funcionó como punto de despegue de su leyenda, extendida a lugares, como Tokio, Washington, México, Seul, París o Chicago.
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