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Pecar en la playa
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Xabi Larrañaga
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Creo que pasa en Ibarrangelu, en las hermosas playas de Laida y Laga, aunque quizás la epidemia se haya extendido como la moda de los trikinis, ese bañador que no se sabe si es para levantar pesas en Rumania o emular a Borat en Sopelana. Me refiero a una normativa municipal minuciosa que trata de imponer orden donde sólo debería haber sentido común.
Al parecer se castiga con una multa de ciento veinte euros a quien, entre otras faltas, nade con bandera roja, use jabón en la ducha, juegue a palas con marea alta, abra la sombrilla cuando azota el viento, pernocte sobre la arena..., y eso solamente con respecto a los delitos leves. De los graves tal vez hablemos otro día.
En 1970 el padre Aparicio Pellín se lamentaba así en un opúsculo titulado Problema de la juventud: "¡Ay! Si por cada pecado mortal que en los baños de mar se comete se irguiera en la orilla una negra cruz, más numerosas serían hoy las cruces que la arena de la playa".
Yo ignoro si todavía habita entre nosotros Aparicio el Agorero, pero de seguir su consejo, y visto lo prolijo de la ley, es indudable que en nuestra costa ya habría más crucifijos que medusas. Pues todo desliz se toma por pecado o delito, que es casi lo mismo, y nada se deja en manos de eso que antes definía como sentido común, o mera educación, vamos, la capacidad de entenderse entre las personas sin necesidad de un juez de paz y un tío con gorra para dictar sentencia.
En algunos pueblos valencianos han establecido un horario de baño y sancionan a quien se pegue un chapuzón antes de las ocho de la mañana. Tampoco cabe reservar sitio con la toalla, algo que en Benidorm es una obligación. Un pájaro me contó que allí es tal la masificación que existen hasta cuatro turnos en el uso de un hueco de playa, a la que se debe ir en cuanto amanece. Con semejante estrés uno empieza a preferir el monte o Bilbao City, donde en verano sí que llueve. |
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