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Mesa de redacción
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Salud
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Juan Carlos Ibarra
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EUROPA es como la salud: no se valora hasta que se pierde. Nos pueden estar hablando todos los días de las conversaciones para cohesionar la Unión y actuaremos como el que oye llover. "Cosas de los políticos", diremos, como quien dice "cosas de los médicos" cuando se quiere saltar las más elementales normas de autoprotección de su salud. Nos pueden convocar a un referéndum en el que se decide la arquitectura de esa Europa comunitaria, y le daremos la espalda. "Total, ¿qué me va a pasar por saltarme este día el régimen?", nos excusaremos, haciendo gala de la animadversión que le tenemos a todo lo que parezca un régimen, sea político o sea lo que sea. Y lo cierto es que, muchas veces, la cosa europea parece un régimen que nos quieren imponer, una dieta con platos precocinados a los que no nos dejan aportar todas nuestras especificidades, todo aquello que nos hace sentir como en casa.
Necesitamos a Europa pero nos permitimos el lujo de ser euroescépticos. Queda hasta bien. El partidario de la construcción europea es como ese vecino de la lechuga y el footing diario, ese que se deja embaucar por lo políticamente correcto. Como si este pueblo no hubiera sobrevivido a base de cocido y tentetieso. Sabemos que fuera de Europa hace mucho frío, pero no moveremos un dedo hasta que le veamos las orejas al lobo.
Sin embargo, también es cierto que no toda la culpa es nuestra. Europa no sabe venderse a los europeos. Es más, se vende mejor a quienes están a sus puertas. Estos la ven como un plato apetecible, como el remedio para todos sus males, como el bálsamo que calmará el dolor de la intemperie. Buscan la salud que otros no valoramos y que, por ello, nos ponemos en serio riesgo de perder.
jcibarra@deia.com |
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