L A revista Variety, biblia de la industria del cine mundial, ha visto en Taxidermia un punto de inflexión en el cine de terror. Sin llegar a tan ambicioso puerto, esta película realiza un repaso a Hungría a través de tres generaciones de una excéntrica familia. La primera parte se centra en la mirada de un soldado de la Primera Guerra Mundial obsesionado con el sexo, la segunda, en la etapa comunista, en unos glotones que compiten en ver quién traga más y el tercero, en un taxidermista que sueña con la inmortalidad. Al fin y al cabo, Taxidermia es un sugestivo e irregular juego de artificios amante de lo grotesco y lo excesivo sin puntos intermedios.
Todo en Taxidermia es un viaje sin ida y vuelta a la destrucción, y en ese el plano sensorial indigesta en vez de incomodar. Ahí radica el fracaso de su cine: vómitos, masturbaciones... al servicio de una radicalidad visual. György Pálfy, uno de los cineastas más emergentes de Hungría, que con tan sólo dos filmes ha pasado por los festivales de Sundance, Sitges o Cannes, recala en la cartelera con esta febril explosión de imágenes encadenadas pero con un guión plano y vacío, que no llega a la pretendida sátira social.
En el retrato de la sociedad comunista, su cine se centra algo más y consigue incluso apasionar. Aún así su talento se evidencia en la construcción de algunas imágenes contundentes cuando el deportista de élite que llegó a ceder su nombre a un vómito por su envidiable saque, ya retirado, se convierte en una inmensa bola de látex.
No suelen colarse este tipo de películas en las carteleras, y menos en esa lengua tan inquietante como la húngara, pero pese a la indigestión, y el exceso, por momentos, no deja indiferente. |