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La acumulación de responsabilidades y trabajo hace que mucha gente no pueda prescindir del trabajo y sienta las vacaciones como un peso. |
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El 'síndrome del ejecutivo'
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Mientras la inmensa mayoría sueña con las vacaciones, hay adictos al trabajo que no pueden prescindir de la oficina. Tristeza, aburrimiento e irritabilidad son los síntomas que manifiestan.
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texto nerea sánchez
foto deia
Bilbao. Tal y como dice la canción de Loquillo, hay gente que para ser feliz quiere un camión. Otros se conforman con un par de semanitas de vacaciones en las que olvidarse del trabajo, mientras algunos, por el contrario, parecen enganchados al trabajo y reciben de mala gana lo que para muchos son los únicos días de descanso del año. Este último caso es el conocido como síndrome del ejecutivo.
¿Y ahora qué hago?, suele ser la pregunta que comúnmente se plantean estas personas dependientes y obsesionadas por las obligaciones y los horarios. Tener el calendario a rebosar es su mayor tranquilidad, mientras que los días previos a las vacaciones son el comienzo de una agonía que finalizará con la vuelta al trabajo.
"La tristeza, el aburrimiento y la irritabilidad suelen ser algunos de los síntomas que padecen", comenta Susana Martínez, psicóloga del gabinete Psicólogos S.M. "Es gente muy ambiciosa, perfeccionista y que se someten a más de lo que pueden dar", añade.
Y es que el ritmo de vida actual, unido al alto nivel de competitividad y a las exigencias está pasando factura a muchas personas que, "absorbidas por el trabajo", se encuentran sin motivación alguna y "no ven sentido a su vida" sino es ejerciendo las tareas del día a día. "Se trata de personas con un vacío emocional enorme, caracterizados, a su vez, por la apatía y la desgana", explica Martínez.
A juicio de la experta no se puede generalizar esta situación ya que "cada persona es un mundo y en psicología, dos más dos nunca son cuatro", pero todos tienen algo en común: el trabajo como placer. ¿Su problema? "Que no tienen alicientes por sí mismos, son incapaces de disfrutar del tiempo de ocio, a menudo tienen dificultad para relacionarse y, sobre todo, que no saben jerarquizar ni establecer prioridades", revela.
Soluciones factibles A pesar de ello, los métodos recomendados para hacer frente a este síndrome no son ni mucho menos complicados. Lo primero que se requiere es fuerza de voluntad por parte del afectado y lo segundo, paciencia para instruirse en el arte y la satisfacción del aburrimiento.
La clave consiste, por tanto, en organizar los periodos de inactividad de manera que otras actividades, de tipo lúdico, completen la agenda de verano. Así, el yoga, la lectura, el deporte y las relaciones con otros grupos o personas pueden ayudar a eliminar tensiones y estrés, y a divertirse y distraerse saliendo de la rutina habitual. "Las vacaciones tienen más efectos positivos que negativos siendo no sólo buenas sino que también necesarias para todos", aclara la psicóloga.
Pero además, "tomarse las cosas de otra manera" y eliminar la ansiedad acumulada, mediante técnicas de respiración puede suponer dar un vuelco a una obsesión que, en muchas ocasiones, impide llevar una vida distendida y similar a la del resto. "Es una cuestión de actitud, de que nunca se permite desconectar. Tiene que aprender a delegar parte de sus responsabilidades y dedicarse a tener un momento de libertad para sí mismo", insiste Susana Martínez. "Las vacaciones suponen una mejora tanto física como psíquica, y por eso, nos vienen bien a cualquiera. Hay que disfrutarlas", apunta. Con o sin ayuda de un especialista, el aburrimiento hay que saber aprovecharlo y valorarlo con las aficiones de cada uno para volver fresco y rendir mejor a la vuelta tras los días de fiesta.
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Y luego... el síndrome posvacacional
Y aunque todavía se vea lejano, más habitual es el llamado síndrome posvacacional, que hace que muchas personas vuelvan a la rutina con un esfuerzo añadido. En estos casos, haber estado desligado de las ataduras habituales provoca que el primer día de trabajo se convierta en una mezcla de tensiones, preocupaciones, tristeza, somnolencia y dificultad de concentración, que exijan una inevitable readaptación en el nuevo entorno. De esta forma, los primeros siete días de labor suelen ser la prueba de fuego para caer de las nubes y plantarse, de nuevo, en la realidad cotidiana. Casi imposible es olvidarse de esos momentos de playa y de sol, de siestas interminables, de juerga nocturna... pero tal y como recomiendan los psicólogos, éste no es el mejor método en el regreso al mundo laboral. "Hay que ser conscientes y realistas de que tarde o temprano, vas a tener que volver al trabajo. Si no le das importancia, la vagancia desaparece cuando uno menos se lo espera", comenta Susana Martínez. "Lo común es que el hastío se de durante la primera semana", añade. Si nostalgia, con una actitud positiva y un mínimo de voluntad se puede lograr. N. S.
"Es gente muy ambiciosa y perfeccionista", dice la psicóloga Susana Martínez |
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