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Los frasquitos del baño, el albornoz y las zapatillas son para algunos clientes objetos de deseo. |
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Ladrones del recuerdoUrracas de hotel...Y lo que olvidamos
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Los robos en los hoteles son frecuentes y forman un sorprendente anecdotario. Las toallas son habituales pero hay quien se lleva los cuadros, la escobilla del baño o las alcachofas de la ducha.
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texto rosana lakunza
fotos javi garcía
bilbao. Casi todo cabe en una maleta, pero hay clientes que han rizado el rizo a la hora de llevarse un recuerdo de un hotel; pongamos una televisión o un cuadro del pasillo. Hemos consultado con varios responsables de establecimientos vascos, ellos saben mucho de lo que falta en una habitación cuando queda vacía. Todos coinciden en una cosa, los hurtos de este tipo han descendido. Tanto que Alberto Gutiérrez, director del bilbaino hotel Carlton, piensa que es una leyenda urbana. Javier Campuzano, director del Domine, tiene un amplio repertorio de anécdotas. Su hijo, Ricardo, está al frente del hotel Puente Colgante de Portugalete y se pregunta por qué hay clientes que se llevan como recuerdo las escobillas de los baños. José Luis Martínez, responsable de comunicación del hotel Ercilla, recuerda que hubo un cliente que se fue con una alfombra. Todo un mundo que navega entre el recuerdo de un viaje y el objeto fetiche.
Es tiempo de ocio y son muchos los viajeros que pueblan las habitaciones de un hotel. También son bastantes los que anhelan algunos objetos como recuerdo. Una taza con un diseño especial, una cucharilla de café, una servilleta de hilo, un albornoz, toallas, sobre todo toallas..., pueden terminar en la maleta de un turista con afán de coleccionista de lo ajeno. Pero frente a estos objetos, que posiblemente acabarán en el rincón de alguna casa o en la basura, hay otros hurtos que sorprenden a los empleados.
"A mí lo que más me sorprenden son los hurtos escatológicos. Por ejemplo, las escobillas del baño. Ya me contarás qué hace alguien con un objeto de este tipo. ¿Para qué las quieren? No me lo explico". Ricardo Campuzano no sale de su asombro ante el robo de estos elementos del cuarto de baño. Otras faltas le parecen más naturales. "Dentro de los robos ya clásicos están los ceniceros, saleros, pimenteros, toallas, el mando de la televisión... Pero, ahora que recuerdo, también se llevaron la colcha de la cama". Al igual que el resto de los responsables de hotel con los que hemos consultado, no suelen inspeccionar la maleta por muchas sospechas que levante el cliente.
José Luis Martínez, señala desde el hotel Ercilla, que aunque los robos cada vez son menos habituales, se siguen observando una serie de sustracciones que van quedando como costumbre, es el caso de las toallas. Las gobernantas saben que una cantidad importante nunca más volverán a la lavandería.
Con el cuadro en brazos Javier Campuzano es un libro abierto en cuestión de anécdotas. Lleva treinta y tres años en el negocio hoteleros y ha visto casi de todo. "Recuerdo una vez que llegaba a trabajar al hotel Nervión y entré con el coche en el garaje. Vi a un cliente con un cuadro en la mano y cuando miré más atentamente me di cuenta que era uno de los que estaba en la pared de uno de los pasillos. Fui donde él, era un francés, y le dije que qué hacía con un cuadro del hotel a punto de meterlo en el capó del coche. Con toda la cara del mundo me contestó que aquello era una broma, que no me fuera a creer que iba a robarnos en serio". Esto ocurrió hace 25 años y el cuadro tenía una valor relativamente alto.
alcachofas y obras de mariscal Cuando se encontraba al frente del Villa Bilbao no ganaban para grifos. "Las suites del hotel, en aquella época eran las mejores de la ciudad, tenían unos grifos dorados, el baño de oro estaba muy bien. Pues no ganábamos para reponerlos, se los llevaban casi siempre". Javier Campuzano tampoco entiende muy bien por qué se llevan las alcachofas de las duchas. "Debe ser porque son de muy buena calidad y la rosca puede servir para muchos baños".
Volviendo al presente, en el Domine, el hotel que ahora dirige, se encuentra con los amigos de lo ajeno y amantes del arte. Quizá fuera mejor decir, caraduras con marquitis. Muchas de las litografías de Mariscal que decoraban el establecimiento han desaparecido. No eran únicas, es posible que lo supieran quienes se las llevaron, pero sí numeradas. Ahora, en muchos baños de habitación, lo que hay son copias. "Aun así se las llevan. Es más el valor de los destrozos que causan que lo que ellos se llevan en el marco. También les gusta mucho llevarse unas alfombrillas de ducha que nos diseñó Mariscal. Como puedes ver, los hay también con gusto exquisito".
Exigiendo el cenicero Campuzano sigue repasando sucedidos. Recuerda que en un hotel de la capital alavesa desapareció un televisor. "Sabemos quien ha ocupado la habitación, le llamamos, pero él cliente en cuestión niega el robo. No se puede hacer nada contra eso. Te aguantas y punto". Los hay con mucha cara que vuelven una y otra vez. Había un huésped de un lujoso hotel madrileño empeñado en tener una colección de ceniceros sin pasar por la tienda. Cuando vio que la habitación era de no fumador, lo reclamó en recepción.
Quizá se debiera aclarar de forma tajante que en el precio del hotel entra el uso y disfrute de los objetos, pero en un espacio limitado. De nada sirve la reclamación cuando el inquilino se ha ido. Por eso, algunos establecimientos han cambiado sus exquisitas decoraciones por otras mucho más baratas. Así, las porcelanas se han transformado en figuras de un todo a cien o de un chino. Y como no es oro todo lo que reluce, algunas urracas humanas se sentirán ahora deslumbradas por artilugios de muy escaso valor… Y es que en los hoteles desaparecen hasta los rollos de papel higiénico, quizá por aquello de prevenir emergencias de un viaje. Todo puede ser.
"Vi a un cliente con un cuadro y me di cuenta que era uno que estaba en el pasillo", afirma Javier Campuzano
José Luis Martínez Caballero, del Hotel Ercilla, recuerda la vez que un cliente se fue con una alfombra
Mucho se ha hablado sobre hoteles y hurtos. Quizá por cercanía podríamos hacer referencia a Manu Leguineche, uno de los periodistas que más establecimientos hoteleros conoce. En uno de sus libros Hotel Nirvana se refiere a este tema. Si vamos al capítulo 14 leeremos el siguiente párrafo:
"En el Metropole de Bruselas un cliente mexicano se llevó no el albornoz sino el espejo del baño. Se encaprichó, y a la maleta. Era una situación delicada: el mexicano se había pasado la noche desatornillando el espejo, que no era fácil de arrancar. La dirección parecía dispuesta, una vez descubierto el hurto, a evitar el escándalo pero también a recuperar el valioso espejo. Cuando la doncella informó a la recepción que se había producido el robo el encargado de guardar las maletas hasta la salida del taxi que le trasladaría al aeropuerto estuvo atento a la faena. En cuanto el cliente depositó sus maletas, el empleado cerró la puerta con llave, las revisó una por una y dio con el espejo… Hay fórmulas en los hoteles para evitar el embarazoso momento… Se usan 'frases acomodaticias': "Se ha mezclado el albornoz con su ropa".
Aunque para muchos sea una leyenda urbana, fuentes de la Asociación de Hosteleros señalan que el hurto en los hoteles se lleva un uno por ciento de los beneficios de estas empresas. La picaresca suele saldarse a favor del cliente, revisar las maletas es algo que nunca ocurrirá en los establecimientos con los que hemos hablado. Tienen como norma cerrar con el silencio estos desagradables incidentes. Además, son difíciles de demostrar si el cliente se empeña. Pero hay otros libros que hablan directamente de estas urracas de hotel. Domènec Biosca, que ha sido presidente de la Asociación de Directivos de Hoteles, está convencido de que el ochenta por ciento de los huéspedes se llevan algo de las habitaciones. Se refiere al bolígrafo, una pastilla de jabón, el dentífrico o los geles. Sus experiencias y las que ha oído a otros colegas le han servido para escribir un libro que se titula Cien maneras de robar honestamente en un hotel.
Una zambullida rápida nos permite ir a los casos más extremos. Por ejemplo, aquel cliente que se enamoró de la vajilla, la maleta emitía unos ruidos tan sospechosos que fue abierta y se encontraron los platos y las tazas del hotel. Se le ofreció un trato de cliente preferencial, él pagaba lo que se llevaba y "aquí paz y allá gloria". Quizá si hubiera envuelto de una forma correcta cada pieza no se hubiera encontrado con el problema y el resultado hubiera sido de cero euros.
En un hotel sevillano, unos huéspedes pidieron no ser molestados y el establecimiento cumplió sus órdenes. Cuando, sorprendidos por la persistencia del cartelito en el pomo de la puerta, entraron se encontraron que los inquilinos se habían llevado, entre otras cosas, un candelabro valorado en quinientos euros. También hay quien dice que los ladrones que van de hotel en hotel suelen tener ciertas deferencias, por ejemplo la devolución de un objeto si no les gusta, no les hace servicio o puede causar ciertos problemas. Eso ocurrió con un perro. Cuando sus captores se dieron cuenta de que llevaba un chip con sus datos, lo dejaron en la entrada del establecimiento hotelero. O quizá fue que alhajas con dientes nadie quiere.
Pero hay más cosas que caben en una maleta, por ejemplo un libro de ocho kilos, que posiblemente nadie vaya a leer, pero que luce mucho en un salón. Seguro que podríamos seguir hasta el infinito. Un consejo, si algún empleado de hotel le dirige una obsequiosa sonrisa y le dice algo así: "¿está seguro de que no ha confundido el albornoz o la toalla con su ropa? Échese a temblar, quédese sólo con las pastillas de jabón, que no dan problemas. R. L.
Siempre hablamos de lo que empaquetamos por 'error' en nuestras maletas cuando abandonamos el hotel, pero ¿qué nos dejamos olvidado? También los objetos son variados en formas, colores y usos. Hay establecimientos que hacen bibliotecas con los libros que van dejando los clientes. Parece que es una costumbre en algunos países, se lee el libro y luego se deja en la mesita de noche. ¿Aligeramos equipaje para llevarnos algo a cambio? No seamos mal pensados. Seguramente es producto de nuestra prisa o mala cabeza.
En los bordes de la bañeras suelen quedar abandonados botes de gel, champú, algún que otro perfume y cremas de todo tipo. Nuestra mala memoria nos hace olvidar también objetos de otra naturaleza. Por ejemplo, unos dientes postizos. Los encargados de habitaciones no suelen recibir estos olvidos con muy buenos ojos, pero no les queda más remedio que dar cuenta a recepción y guardar el objeto en cuestión por si hay alguna reclamación.
Está claro que hay objetos más glamourosos: carísimas cremas de caviar para borrar del rostro todo aquello que el tiempo se encarga de depositar, lujosos envases de perfume o alguna que otra joya que no hay más remedio que dejar en recepción. Cuenta la leyenda urbana que dos señoras de avanzada edad se olvidaron un paquete con cien gramos de jamón de York y llamaron días después para reclamarlo. Pero hay cosas que no se reclaman, por ejemplo un alargador de pene o un consolador que se encontraron en un hotel de Mallorca. Y tampoco se suelen reclamar los cargadores de móvil que dejamos en cualquier esquina. Este último olvido resulta útil. Hay cantidad de modelos que pueden resolver la urgencia de cualquier despistado que se haya olvidado el suyo, pero en casa.
Y quienes disfrutaron lo suyo fueron las empleadas de un hotel que pudieron hacerse una foto con el corpiño de Madonna, un diseño de Jean Paul Gaultier, olvidado en un hotel que después fue devuelto a su propietaria. Pero la lista es muy amplia y en verano se multiplica. Abarca todo lo que usted pueda imaginar y lo que nosotros estemos dispuestos a olvidar. R. Lakunza |
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