Parece increíble, pero es cierto. Hasta este martes pasado, cuando la presente legislatura está prácticamente agotada, el presidente del Gobierno no se había reunido con los periodistas que configuran la opinión del primer diario del país. No digamos con los que elaboran la de los restantes periódicos. Es toda una novedad en la Moncloa, donde Suárez, González o Aznar no pararon de reunirse con esos mismos profesionales desde que entraron en el palacio. Nada refleja mejor la inexistente política de comunicación del Gobierno. Con todos los medios privados en contra, total o parcialmente, de su política y con una profesionalización de los públicos estatales que no se reproduce en los autonómicos, ZP, como el coronel de la novela de García Márquez, "no tiene quien le escriba".
No se entendería la indecisión de algunos de los suyos sobre el futuro gobierno navarro sin esta alergia informativa. Baste recordar el pasado sectarismo de los portavoces o directivos de información socialistas, en el pasado de González, para saber que en absoluto son responsables de todo lo contrario, en el presente de Zapatero. Cuando expresan su temor por la hipotética repercusión de una política progresista en Pamplona no reflejan una inexistente reacción ciudadana sino su propia incapacidad mediática. No es que no quieran explicarla, sino que no pueden ni saben explicarla. Pero esa doble carencia les lleva a proponer copiar en Navarra la política conservadora con el riesgo de que en el resto del Estado los electores acaben optando por el original y no por la copia en las inminentes elecciones legislativas.
Cuando restan nueve meses para las generales, ése es el aviso de las elecciones municipales: Zapatero puede convertirse en el primer presidente que no repita legislatura desde la transición. Pese a continuar manteniendo una clara ventaja de tres puntos en todos los sondeos electorales, corre un grave riesgo de despilfarrarlos entre junio y marzo. Y de todos sus problemas, el número uno, porque en él se expresan todos los demás, es el de la inexistencia de una política de comunicación. No es una mera casualidad que los resultados de los conservadores en Madrid o Valencia coincidan con una muy sistemática política informativa de la derecha en sus respectivas televisiones autonómicas. El camino más derecho a la derrota es no dar la batalla mediática, que es lo que ha ocurrido en ambas capitales. El dilema navarro, por lo tanto, va más allá de Navarra. Su desenlace no sólo repercutirá en el horizonte electoral de las generales sino en las perspectivas políticas estatales. Nada urge más que Zapatero encuentre quien le escriba porque, aunque crea lo contrario, la dialéctica del poder no ha cambiado desde que los faraones de Egipto tenían un escriba. Nunca como hasta ahora el estado de la cuestión navarra ha sido una auténtica cuestión de Estado. |