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Mayo y Amuriza pedalean, en medio de la niebla y bajo la atenta mirada de un montañero, camino de la cima del col de la Pierre St-Martin. |
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Iban, por las nubes
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DEIA acompaña a Mayo en su incursión pirenaica para inspeccionar los puertos de Larrau y col de la Pierre St-Martin que se ascenderán en la 16ª etapa del Tour, la que discurrirá, en parte, por Euskal Herria y que finalizará en el Aubisque.
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Alain Laiseka
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dÓNDE has comprado el traje? La pregunta anónima coge a Iban desprevenido en el cajero de un supermercado de Villanúa, una pequeña localidad aragonesa asentada en la base del Somport. El de Igorre se mira de arriba abajo: amarillo Saunier. Luego, responde tímido, casi inocente: "Me lo ha dado el equipo". La respuesta equipara a los dos, encuestador y encuestado están ahora igual de desconcertados. "¿Pero quién eres?". Cuatro sílabas con eco ordenan por fin la conversación: "Iban Mayo". El de Igorre empuja su nombre con una sonrisa que alarga hasta que abandona el establecimiento y se apresta a subir al coche, donde le espera Gorka Amuriza (Igorre, 1981). El corredor del Nicolás Mateos es su compañero en la incursión pirenaica en la que Iban quiere reconocer las etapas que el Tour visitará en su última semana. Buena señal. Comenta a Gorka el sucedido. Sus risas se mezclan. Coro de alegría. Mayo rezuma humor, la piel del éxito, como la cara visible de la luna. Detrás aguarda en la sombra, impaciente, un propósito, un anhelo con cuerpo, nada ilusorio: volver a brillar en el Tour, como en 2003.
Atharratze > El Tour entrará en Euskal Herria por Zuberoa
La sonrisa que cuelga de su rostro afilado ("He bajado mucho peso desde el Giro, sólo me sobra un kilo para estar en mi peso ideal, que creo poder alcanzar durante la primera semana del Tour", explica el corredor) desde que amaneciera la mañana, soleada aunque fría, en su cuartel general durante esta semana en el Gran Hotel de Jaca, se resiente cuando, después de cruzar el interminable túnel de Somport, la expedición se planta en el corazón de los Pirineos franceses. El día vuelve a amanecer. Otro escenario tras el telón imaginario de la frontera franco-española. Los colores no relucen porque el sol no los mira y el techo ya no es infinito; se acaba en las nubes grises, cargadas, que delimitan el espacio.
Llueve, aunque tímidamente, cuando el vehículo se detiene en la plaza de Atharratze, en Zuberoa. La última etapa montañosa del Tour se adentrará en Euskal Herria por Iparralde para llegar a Nafarroa vía Larrau. "Aunque he oído hablar mucho de él, no lo conozco, por eso quiero verlo, para evitar sorpresas. Está claro que si estás mal no sirve de nada conocer las subidas, pero creo que es importante reconocer las etapas, sobre todo estando tan cerca de casa", explica Iban. Apura un café solo en el bar-restaurante Les Pyrènées y apremia a Amuriza. "Vamos, se hace tarde". Son las 11.00. Montan raudos las bicis y se acicalan. Parten. Una oficina de Caisse d'Epargne les observa en silencio. Quizás mande informes.
El pelotón del Tour, o lo que quede de él, llegará a Euskal Herria el 25 de julio, en la etapa 16. Lo hará poco después de dejar atrás Nabarrenkoze, alrededor del kilómetro 20 de la jornada y tras transitar por Maule, llegará a Atharratze (km. 48,5) para buscar el río truchero de Larrau y remontarlo camino de la cima del mismo nombre. Iban no lo recuerda, pero por la estrecha carretera que ronda a la roca y sobre la que ahora trata de desentumecer las piernas en compañía de Amuriza, ya pasó en 2003. Precisamente, en la última etapa de Pirineos de aquel año, rumbo a Bagargi, tras dejar atrás el terrible Soudet, donde Tyler Hamilton comenzó a escribir uno de los capítulos más épicos de la historia moderna de la ronda gala. El americano ganó en Baiona con la clavícula fracturada y alejó del podio al propio Iban y a Haimar Zubeldia.
col de Larrau El infierno helado en el tiempo: el 17 de julio de 1996
El falso llano se acaba. El asfalto, rugoso, de montaña, se envilece poco más adelante. Comienza puerto. Un primer tramo de dos kilómetros y medio, duros, deja a los dos vizcainos en el pueblo de Larrau, un coqueto retiro colgado de la montaña. Las piernas descansan en un ínfimo descenso que muere en un cruce. A la derecha: Bagargi. A la izquierda: Puerto de Larrau, 12,5 kilómetros. Terreno desconocido para Iban. Comienza el baile. Los ciclistas se cuelgan de los pedales. La bici se balancea. Más la Scott de Iban. Es su estilo. La lluvia se multiplica. Ya no es sirimiri. La brea suelta cruje bajo las cubiertas y brinca nerviosa. Dentro de un mes no será igual. Las obras, que ya han comenzado, dejarán la carretera inmaculada. Alquitrán reluciente. Pantanoso al sol de julio. Asfalto con manos, del que se agarra, estrangula la velocidad y maltrata la moral.
Mayo y Amuriza caminan retorcidos. La carretera serpentea nerviosa entre los árboles. Los manguitos amarillos de Iban se anudan a las muñecas, el chaleco blande al viento. La pendiente calienta el motor, como un sol y sombra antes de iniciar la jornada laboral. "Es duro". Acompaña la valoración con un gesto gemelo. Diez metros más arriba hiperboliza el adjetivo: "Es durísimo". Y busca la cima. No la ve, claro. Su mirada choca con las nubes. El horizonte muere a diez metros. La niebla lo tapa ya casi todo. Y todo es nada, o casi, sólo piedras, pradera y asfalto. Los árboles se han despedido ya. No son escaladores. Mayo y Amuriza alcanzan un primer alto. "¿Es aquí?" preguntan desconcertados. No se ve nada. Ahí, en alguna parte debe estar la impresionante selva de Irati. ¡Qué pena! Tampoco se atisban los 2.017 metros del Orhi. "Todavía no, hay que seguir". Un grupo de cicloturistas saca de dudas a la pareja. Son trabajadores del Departamento de Hautes Pyrènées que inspeccionan la etapa en bici para ver el estado de las carreteras y asegurarse de que todo esté perfecto para el Tour. Y todavía hay quien piensa que las fronteras son imaginarias.
Un breve descanso da paso a un duro tramo final. Aquí, el tiempo parece haberse detenido. El reloj marca una fecha: 17 de julio de 1996. La carretera aún lo recuerda; lleva tatuadas, en pintura blanca, ocho letras sagradas para el ciclismo vasco: Indurain. Las inscripciones (unas cuantas) no se borran y han pasado ya once años. El navarro es eterno, inmortal. Iban y Gorka alcanzan la cima. 1.573 metros. El mercurio tirita a 6º. Los ciclistas toman aliento, se protegen con periódicos, comen algo y se apresuran a iniciar el descenso para entrar en Nafarroa tras cruzar un túnel. Antes, Mayo valora la subida: "Es dura, sobre todo la primera parte y el final. Tiene descansos que merece la pena conocer para aprovecharlos. Si se sube rápido va a hacer estragos; esto se va a convertir en una carnicería. Va a hacer mucho daño, y hay que tener en cuenta que la etapa está después del día de descanso".
Retoman la marcha. La niebla se ha quedado colgada en la altura. Aparece el paisaje: las hayas, el pantano de Irabia… La carretera corre rauda hacia abajo. Al galope. Ahora el asfalto está seco.
col de la pierre St-Martin En su cima, el Tour abandonará Euskal Herria
No acaba el descenso, que sigue recto hacia Iruñea, e Iban y Amuriza giran a la izquierda para encadenar la subida al alto de Laza. Gorka lo conoce. Lo ascendió en la Vuelta a Navarra cuando defendía los colores del Olarra aficionado. "No es duro", asegura. Sus rampas no son su mayor peligro, sino que corta la bajada de Larrau. Las piernas chirriarán aquí. Dolerán. Mucho, muchísimo. Más aún pensando en lo que queda todavía: Marie Blanque, Aubisque y antes que los dos colosos pirenaicos, el col de la Pierre St-Martin hacia donde dirigen sus pedaladas los dos corredores tras dejar atrás Isaba. Se abren paso por un falso llano que duele. "Engaña", dice Iban. Lima las fuerzas. Al fondo se intuye la montaña cubierta por una cortina de nubes. Ellos van a su encuentro.
Una curva a la izquierda les pone de nuevo en danza. La carretera es una escalera en la ladera. Un corta fuegos. Vuelve a llover. Mayo se desespera. "¡Vaya día!", se lamenta. Luego, suspira y un poco más arriba blasfema. "El principio es duro, parece que no, pero se agarra", explica más tarde. Dejan atrás ese tramo que decoran cuatro o cinco paellas y se acercan al refugio de Belagua. A la derecha queda el barranco, o eso parece, porque la niebla ha vuelto a secuestrarlo todo. Los ciclistas pedalean por la barriga de las nubes. La pendiente se relaja después de saludar al refugio. Hasta julio.
En la cima del puerto, a 1.740 metros de altitud, la misma postal que en Larrau: no se ve nada. "Estoy helado. ¿Cuántos grados hace?". La cara de Amuriza es un poema helado que camina hacia el dolor. La respuesta se le clava como una estalactita: 5º. "¡Joder!". La sensación de frío es ahora mayor. Se acurruca. Tirita. Luego, se forra de periódicos para la bajada. Iban también lo hace y, sin pensarlo más, se tiran para abajo camino de la estación invernal de Arette. El asfalto está en mal estado. La gravilla suelta amarra los dedos al freno mientras el paisaje se abre poco a poco hasta que despunta el sol. El asfalto empieza a respirar. Echa humo. Demasiado tarde. Los ciclistas no pueden más. Tras cinco kilómetros de descenso deciden parar y meterse en el coche. Ya no hay quien les saque el frío del cuerpo. Se acurrucan en los asientos traseros del Volvo en silencio. La quietud la rompe una carcajada. De Iban. Se le nota feliz, contento, en un nube. Relajado. El mejor camino hacia el Tour. |
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