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Baba de caracol
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Carmen Torres Ripa
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en la playa de Las Arenas, mis nietos, con muchos niños más, quemaron en el fuego los libros y los apuntes del curso recién terminado. La hoguera de San Juan convierte el inicio de las vacaciones en un festejo fascinante acompañado por el olor del humo y el salitre del mar. Yo, como cada noche de San Juan, puse en el balcón un balde lleno de agua con pétalos de rosa. La mañana del santo, al levantarme, me lavé la cara con el agua fresca y olorosa. Olorosa gracias a las hojas de Hierba Luisa que añadí para dar fragancia a las flores, que cada día huelen menos a flores. Este placer es mágico para mí. Tiene el don de alegrarme el principio del verano. Pienso que la suerte, la salud y el amor rondarán misteriosamente mi vida hasta la víspera de San Juan del año que viene.
Pero... la primera experiencia de esta semana me ha dejado un poco desilusionada.
Mi historia fue así:
El calor del mediodía y el cansancio de recoger la casa, lavar, hacer la comida -esa infinidad de simplezas que hace la mujer por el hecho de ser mujer- me había cansado, y estaba en esa delicia llamada siesta. Saboreando el sopor que llega sin prisa, la relajación de las piernas, la respiración suave y tranquila: mi hora feliz. ¡Por fin!
Y, en ese momento irrepetible de placer, el sonido del teléfono me sacó del éxtasis como una ducha fría en pleno invierno.
-¿Es usted la señora Carmen?
-Sí.
-Encantada de saludarle, señora Carmen -me dice una voz sudamericana agradable-. Le llamo para darle una gran noticia: acaba usted de ganar una fabulosa joya.
-…
-Quería ofrecerle, como usted pertenece a nuestra clientela selecta, una oferta especial y restringida.
-Verá -respondo educada-, yo no quiero comprar nada.
Como si yo no hablara, la voz continúa:
-Dígame, señora Carmen, ¿qué productos le gustan más: los del hogar o los de cuidado personal?
-De cuidado personal.
-¡Estupendo! -contesta entusiasmada-. Tenemos una oferta de una estupendísima crema facial a base de baba de caracol que...
-No, no. Yo no quiero ninguna crema.
-Pero, ¿por qué, señora?
-Porque uso las que me manda el dermatólogo.
-Pero verá esta de caracol es...
-No, no.
-¿No le gustan los caracoles?
-Cocinados sí, pero la baba…
-Pues esa baba es la que regenera la piel.
-No, no. Me da asco.
-¿Y cómo está de peso?
Antes de que le respondiera "y a usted qué le importa", sigue:
-Tenemos un estupendo set de gimnasia para regenerar los glúteos que...
-Deje, que no me gusta la gimnasia.
Insiste:
-Yo lo que pretendo, señora Carmen, es ahorrarle dinero. Quiero enviarle su fabulosa joya con otro producto especial para usted sin que tenga que gastar dos veces el franqueo de Correos.
-Mire yo no quiero nada.
-Usted, señora Carmen, no puede desperdiciar esta oferta. También tenemos un maravilloso set de 18 cuchillos de cocina que...
-No quiero nada.
Ya la chica enfadada.
-Usted desperdicia la ocasión de su vida. Dígame, ¿qué elige de todo lo que le he propuesto?
-Mire, no quiero ni baba de caracol, ni cuchillos, ni nada de nada -.Y colgué.
Y con el teléfono se acabó mi descanso. Mi siesta se había ido con el sueño de los justos.
Enrabietada y desazonada y, por supuesto, más cansada que cuando decidí echar mi siesta reparadora, me he sentado a la mesa del ordenador y me he puesto a contárselo para que nunca crea que le ha tocado una joya de brillantes, un viaje a Venecia o un sueldo para toda la vida. Siempre es mentira. Lo mejor que puede hacer después del almuerzo es descolgar el teléfono y olvidarse del mundo por una hora. Sólo una hora de las veinticuatro que tiene el día. Seguro que en ese tiempo no pasa nada irreparable. Y si pasa, qué. Usted se merece esos sesenta minutos exclusivos y maravillosos por ser la mejor clienta de usted misma.
No lo olvide, ustedes lo más importante del mundo. Nadie tiene que tomarle el pelo. Bastante tenemos con el día a día. |
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