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Vivir en la tela de araña
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José Ignacio Calleja
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la sensibilidad que tenemos hacia los problemas medioambientales va claramente en aumento. La reciente cumbre de los mandatarios de los países más ricos del mundo (el G8) en Alemania ha puesto bien a las claras que la cuestión medioambiental es tan urgente para todos como políticamente difícil de concretar. Según dicen, en esa reunión se llegó a algunos acuerdos interesantes, pero muy poco precisos en cuanto a los plazos y cifras.
Visto desde más cerca, no hay día en que alguna noticia no nos obligue a pensar en nuestro modo de vida. Hoy será el Tren de Alta Velocidad, mañana la ocupación de los montes por los molinos de viento, al día siguiente la extinción de las abejas, más tarde la contaminación de aguas y tierras de cultivo... Cada día tiene su noticia y su silencio sobre las actividades humanas cuyos efectos más negativos para la salud y el medio ambiente están en boca de todos. Nada queda al abrigo de las consecuencias de un modo de producir y vivir, que sabemos cómo empezó, pero no cómo va a terminar.
No soy un especialista en cuestiones medioambientales, pero presto oídos, como usted, a lo que dicen unos y otros y me hago cargo aproximado de lo que está pasando, y no me parece nada bueno. Tengo confianza en el ser humano y en su capacidad tecnológica, pero presiento con buenas razones que estamos arriesgando más de la cuenta.
Me muevo algo mejor en el terreno de lo que es más o menos valioso en la vida y hasta malo en todos sus términos, y veo que hay dos claves de reflexión necesarias. Una es la interdependencia en que vivimos. Los chinos no quieren renunciar a su desarrollo porque dicen que sólo hacen lo que nosotros hicimos en el pasado y, así, ¿por qué habrían de renunciar a su crecimiento en nuestro favor? Es más complejo, lo sé, pero ¿verdad que lo entendemos bien? Y lo mismo dicen en la India, en México o en Brasil. Y sin ir tan lejos, aquí mismo, cada uno quiere preservar intacto su modo de vida, mientras espera y exige que los demás renuncien al suyo en lo que le perjudica. Es lógico pensar que nadie tiene un derecho o libertad que haga daño a otros. Así es. Pero, ¿estoy seguro de que mi actividad productiva no requiere consumos insostenibles? Revisemos nuestras necesidades diarias y nuestros ingresos, y veamos a qué está condicionado nuestro modo de vida.
No necesito entrar en detalles, pero esto es como una tela de araña donde unos más y otros menos, ¡hay diferencias!, todos estamos cogidos en unas relaciones económicas, públicas o privadas, cuya bondad ecológica y ética es harto cuestionable. Esto significa interdependencia o interrelación de todos con todos en la colmena humana.
La otra clave es el modo de vida o de desarrollo. Se ha puesto de moda hablar de un desarrollo sostenible y, por lo general, estamos pensando en un crecimiento de más calidad. Antes hablábamos de progreso y nos gustaba la palabra hasta que alguien nos dijo que progresar es saber a dónde se va y que no está claro que lo sepamos, y menos aún que ese progreso sea humano. Y si no es humano, ¿cómo hablar de progreso? Ahora se prefiere hablar de crecimiento sostenible, y no faltan quienes dicen, con razón, que todo crecimiento en el actual estado de cosas y consumos es necesariamente insostenible.
En fin, que desarrollo debe significar desarrollo humano, suficiente y solidario, de todos los pueblos, de todas las personas, justo, sostenible para nosotros y para la generaciones futuras, para la vida humana y para la vida en cuanto tal, y si esto conlleva -y conlleva sin duda- moderar consumos -y más lo pueblos más desarrollados- y sacrificar hábitos de uso y abuso de los bienes comunes, en proporción a nuestras posibilidades, pues esto es lo que hay, un modo de vida y de desarrollo muy distinto al actual. Lo cual es tanto como hablar de sacrificios legítimos, proporcionales, posibles, eficaces, que no son socialización de la miseria, sino de la suficiencia para todos, y hablar de compromisos sociales y políticos que los exijan y reclamen.
En otros términos, se trata de traducir a fuerza social y política lo que es nuestro deseo de vivir de otro modo más humano, con menos, pero todos. Y se trata de ponernos ante el espejo de nuestra mentira: que no se puede acotar la democracia y los derechos humanos a los límites bien amurallados de mi país o, peor aún, a los derechos sagrados de los propietarios, sea de capital, cualificación, herencia o tecnología.
En el lenguaje cristiano, que no se puede decir creo en Dios, mi Padre, con olvido de sus hijos más indefensos y débiles.
* Es profesor de Moral Social Cristiana en la Facultad de Teología de Vitoria-Gasteiz |
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