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Sex Code
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José Ramón Blázquez
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escribir libros ya no es un privilegio sometido a un elevado control de calidad y restringido por la vergüenza intelectual y el temor al ridículo. Ahora publica libros cualquiera que posea algo de desvergüenza y sea oportunista. Mario Luna, un valenciano con exceso de desparpajo y un sentido del humor desesperado, ha puesto en las librerías Sex Code, una especie de manual para la seducción, específica para hombres ilusos e insatisfechos. La tesis del libro es que la promiscuidad masculina es tan natural como el propósito selectivo de las mujeres, teniendo como fondo la selección natural humana y la tiranía de los genes en la búsqueda de su supervivencia y replicación. Según el autor, el amor no sería más que un instrumento emocional para la viabilidad de nuestros genes y no el motor de la vida, negando así la libre voluntad individual. Mario Luna es un fiel seguidor de la teoría de El gen egoísta, de Richard Dawkins.
¿Por qué la modernidad parece reñida con el amor? Es difícil entender las dificultades de tantas personas para entablar relaciones de pareja duraderas. Son legión los que viven en la soledad y tristeza del desamor y ya el Estado español es líder europeo en divorcios, con 141.817 rupturas matrimoniales el pasado año, 155.475 si contamos las separaciones; es decir, por cada cuatro matrimonios producimos tres divorcios. Entiendo que el hombre y la mujer actuales deben enfrentarse a la crisis de afecto haciendo una profunda reflexión sobre sus valores, creencia y modos de vida para llegar a la conclusión de que el amor es posible sólo si éste es su gran prioridad, por encima de la profesión, el status social y los afanes individuales.
No sé hasta qué punto las personas, sobre todo los jóvenes, creen realmente en el amor ¿Intuyen al menos su significado? Percibo que el amor en nuestro tiempo tiene tres enemigos. El primero, la confusión entre amor y sexo, que perturba la verdadera naturaleza del afecto. El segundo enemigo es la falsa idea de que el amor humano es perecedero y que por tanto las relaciones de pareja tienen fecha de caducidad. Y el tercero, el descrédito social del amor, al que se tiene como una subversión romántica o mero sentimiento. Mario Luna refleja en su libro este desprestigio, solapado en la frivolidad y la cesión pública de la intimidad.
Pero no hay más alternativa que tomarse el amor en serio. Debemos entender que el amor no es un estado de ánimo o una alteración de los sentidos, sino un acto de la voluntad. Uno decide amar a alguien y lo hace como propósito de entrega absoluta y no como expresión del instinto genético al que se refiere Luna. Por eso, la primera condición del enamorado es creer en el amor: sin esta sublimación previa, el fracaso afectivo está asegurado.
La actitud del enamorado es la de buscador permanente. Alguien decidido a amar es un explorador incansable y un emisor de señales, como un radar que intenta localizar a la persona a él destinado. Alguien ahí fuera, en el mundo exterior, detectará las emisiones del amor. La vocación de rastreador implica que uno va por la vida con el corazón abierto y preparado para resistir al fracaso de cualquier tentativa honesta. Exactamente no es que el amor busque: es que encuentra. La pasividad, la pereza afectiva o la espera sin búsqueda desmienten la voluntad de amar.
Salir a enamorar no es un juego de seducción como apunta Sex Code, sino mostrarse como es, auténtico, sencillo y abierto, sin exagerar las virtudes ni esconder los defectos. El amor se prenda de la verdad personal y si mucha gente naufraga en la tentativa del amor es porque más que buscar el afecto se desea un cuerpo bonito con el que aparearse. Sin entrar en consideraciones morales, un enamorado tiene que preguntarse honestamente sobre si entre sus objetivos prevalece la entrega personal o las urgencias sexuales. Es cierto que la fuerza del sexo condiciona los propósitos afectivos, pero no por esto cabe limitarse a lo que es un medio y no un fin del amor.
Sabemos que el amor no se alcanza a través del sexo por el hecho constatable de que tanto hombres como mujeres, sobre todo éstas, llegan a él por la senda del conocimiento. El amor es comunicativo y precisa del bien de la locuacidad para nacer, crecer y sostenerse. Confíe, pues, el enamorado en su autenticidad y su palabra para seducir y arrebatar a su pareja. Siendo realistas, si bien el amor es una sublimación de la entrega a otra persona, hay que entender en su transcurso el lado ramplón de la convivencia y encontrar con sabiduría el punto de equilibrio entre la celeste poesía del amor y la tosca prosa de la rutina.
Si reivindicar el amor es cursi, es que tenemos un grave problema, más social que moral. Si el amor no es lo primero, nos vamos al carajo. Y para salvarlo de la estupidez del Sex Code se precisa muchísimo corazón, conciencia de lo auténtico, sencillez a manos llenas, coherencia práctica, honestidad con uno mismo, sublimación de la rutina y convicción plena en la grandeza del ser humano. |
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