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El presidente George W. Bush con su perro 'Barney', mientras baja del avión presidencial. |
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Si quieres ser presidente, busca un perro
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Con la carrera a la Casa Blanca disputada tan duramente entre demócratas y republicanos, cualquier detalle marca la diferencia. Por eso, en un país tan amoroso con los animales, el tener o no tener una buena mascota puede costar unas elecciones.
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A. Fernández
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NUNCA una máxima ha sido tan cierta como aquella de que el ex presidente Truman les dijo a sus colaboradores: "Si quieres un amigo en Washington, búscate un perro", y más en la política americana, en la que todo es convención y apariencia. Hasta el punto de que el perro de la Casa Blanca se ha convertido en símbolo de los buenos sentimientos yanquis. El hecho es que los norteamericanos se consideran muy aficionados a los perros. En casi dos tercios de los hogares estadounidenses vive uno. Así que la gran mayoría de los hasta ahora más de veinte candidatos a las elecciones presidenciales de 2008, ya son dueños de perros. Y dos de los aspirantes que todavía no disponen de mascota, tienen previsto adquirir una. Los políticos con más posibilidades, como los demócratas Hillary Clinton y John Edwards y el republicano John McCain, ya tienen un perro en casa. Y si el triunfo en los comicios dependiera sólo del factor mascota, McCain sería el que cuenta con más posibilidades: el senador por Arizona tiene dos perros, un gato, dos tortugas, un hurón, dos cotorras y trece peces. El demócrata Barack Obama, que según las encuestas también tiene posibilidades, no figura entre los candidatos con animal, pero ya le prometió a una de sus hijitas un cachorro en el caso de llegar a la Casa Blanca. También Chris Dodd, senador demócrata por Connecticut, desea un hocico frío. Hasta ahora no tuvo animales por alergias diversas en su familia, pero está buscando un perro de alguna raza que no haga estornudar a los suyos. Por lo tanto sólo quedan el ex alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani y el legislador republicano Tom Tancredo como los únicos candidatos que no tienen mascota ni intención de adquirir alguna. Y es que las posibilidades de que tras la partida del presidente George W. Bush en la Casa Blanca se sigan oyendo ladridos son elevadas: desde el primer presidente estadounidense George Washington hasta George W. Bush, todos han tenido animales, como documenta el Presidential Pet Museum (Museo de mascotas presidenciales) sito en Annapolis, en el Estado norteamericano de Maryland. La colección abarca desde un autógrafo hecho con las patas de Lucky, el perro de Ronald Reagan, hasta la campana de la vaca Pauline Wayne, de William Howard Taft, pasando por la estatua de bronce en tamaño natural de Barney, el perro del actual presidente. Y ya que se disponía de una mascota, ¿Por qué no emplearla para el bien de la nación? Claire McLean, peluquera de perros presidenciales, explicaba cómo, por ejemplo durante la Primer Guerra Mundial, Woodrow Wilson hacía cortar el césped de la Casa Blanca a sus ovejas, para mostrar la voluntad de ahorro en épocas de escasez. Y también ha habido mascotas diplomáticas, como cuando el líder soviético Nikita Jrushov regaló un cachorro a Caroline, la hija de Kennedy, tras la crisis de Cuba, como una señal de paz. O como cuando Gerald Ford hacía llevar a su Golden Retriever Liberty al Salón Oval, era una señal segura de que el visitante sobraba. |
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