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Mesa de redacción
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'Multidopajes'
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Juan Carlos Ibarra
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El ciclismo es el escaparate, pero la cosa del doping es en realidad un mal que impregna a la sociedad actual desde sus raíces hasta lo más alto. Correr un Tour no es sólo cuestión de fuerza física. No se debe entrenar únicamente sobre la bicicleta. Hay que dominar otras artes: las de la táctica, para decidir cuándo atacar y cuándo aguantar; las de la psicología, para escudriñar en el alma del adversario más allá del rostro que muestra; las de moverse sobre la moqueta, para que los directores deportivos y los dueños de los equipos apuesten por uno, y también hay que dominar el arte del doping en su sentido tradicional: tomar algo sin que te descubran. Para ser un fuera de serie hay que ser listo. Hay que ser más listo que los demás, y los listos no desaprovechan ni uno solo de los recursos que les pueden llevar a lo más alto, sea del podio, en lo deportivo, sea en las múltiples pirámides de las que está formada la sociedad.
Es verdad que los listos también caen, que las redes antidopaje atrapan de vez en cuando a algún pez gordo, pero también es verdad que sin esas otras ayudas es difícil salir del pelotón de los torpes. El ciclismo, como digo, es el escaparate, pero esas artes que rozan la legalidad están a la orden del día en otros muchos ámbitos: políticos que se dopan a base de ladrillo; funcionarios que se meten dinero de las mafias en vena... y, por qué no decirlo, gente corriente y moliente que hace un favor aquí y paga otro allí, hace un guiño allá y pisa una cabeza acullá, para, pasito a pasito, ir escalando peldaños en su carrera profesional, hasta alcanzar lugares a los que el puro y duro trabajo no le llevaría nunca. Son otras formas de doping, utilizadas como si tal cosa por quienes hoy se llevan las manos a la cabeza al ver lo que está ocurriendo en el ciclismo.
jcibarra@deia.com |
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