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ripa |
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No hay quien lo pare
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Zigor Aldama
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se acuerdan de aquel dragón dormido del que tantos hablaban hace tres décadas? Muchos temían que China despertara, mientras otros deseaban que lo hiciera para introducirse en el mercado más suculento del mundo. Ahora, a nuestro planeta le gustaría que China se echara una siesta. Pero no parece que vaya a ser así. Una vez más, el Gobierno chino ha publicado unos espectaculares datos de crecimiento económico: un 11,5% en los primeros seis meses de 2007, el mayor porcentaje de los últimos once años. Esta circunstancia amenaza el tercer puesto de Alemania en el ranking mundial de potencias económicas, y lleva a China a conquistar la medalla de plata en lo que se refiere a exportaciones. Una vez más, los planes del Partido Comunista para desacelerar la economía han sido insuficientes.
No hace falta más que caminar unos metros por cualquier ciudad china para darse cuenta de la otra cara del crecimiento del país. Los ojos lloran, la garganta se resiente, y las gafas de quienes las utilizamos se llenan de polvo. China es ya el primer emisor de CO2 del planeta, y el país más contaminado. El crecimiento económico se cobra su precio, y el Banco Mundial ya ha alertado de las terribles consecuencias que eso puede tener en la población china y, por extensión, en la del resto del mundo. Según un informe de esta institución, filtrado a Financial Times, 700.000 chinos mueren cada año víctima de enfermedades ligadas a la contaminación, que ya se encuentra entre las principales preocupaciones de los habitantes de ciudades como Hong Kong. El milagro chino dispara el consumo de energía en un país en el que lo verde, lo renovable, y lo reciclable todavía está en pañales.
China se enfrenta, por lo tanto, al tan temido sobrecalentamiento económico, pero también al calentamiento global del medio ambiente. El primero se combate con medidas macroeconómicas que aún no han dado los resultados esperados, pero el verdadero problema reside en el segundo asunto. Y ése nos salpica a todos.
Uno sabe que sobrevuela China cuando ya es imposible divisar el suelo desde el avión. Cuando el verdor de las estepas rusa y mongola desaparecen bajo una capa de polución que lo cubre todo. Sin embargo, no parece que la población esté concienciada de la gravedad del problema, en parte por la censura que el Gobierno ejerce sobre la información al respecto. La prioridad es el éxito económico, y no importa el precio que la Tierra tenga que pagar. Sin duda, esta es una actitud irresponsable que muchos analistas ya contemplan como uno de los principales riesgos para el crecimiento chino. Los recursos naturales están al límite y es necesario presionar a China para que adopte medidas que protejan al planeta. Un giro hacia el crecimiento sostenible es ya vital.
El incontrolado crecimiento económico también supone un quebradero de cabeza para los líderes chinos por otras razones. En primer lugar, la inflación se ha disparado hasta el 4,4% pero, lo que es aún más importante, las diferencias sociales en el país continúan creciendo. La renta per cápita en la ciudad más rica de China es ya 90 veces superior al de la zona más pobre, lo cual genera una emigración rural que está llevando al límite la presión demográfica en las zonas urbanas. Ciudades como Shangai, Pekín, Guangzhou o Shenzhen comienzan a sentir el impacto que estas avalanchas de campesinos desesperados tienen en sus calles. Aunque la mano dura del Gobierno y el carácter pacífico de los chinos mantienen los índices de criminalidad muy por debajo de la media europea, la preocupación comienza a extenderse ante la cada vez mayor dificultad de esta gente para encontrar trabajo. Una desaceleración económica podría tener gran repercusión en la frágil estabilidad social del país, cuya destrucción es siempre la mayor pesadilla de las Autoridades.
Sin embargo, quien lea la prensa nacional se encontrará con un panorama muy diferente. Los medios de comunicación chinos se encargan de ensalzar hasta la más insignificante de las medidas que toma el Gobierno, y de limar, u obviar totalmente, las asperezas de un sistema que cada vez más chinos cuestionan. Con el estómago lleno, muchos comienzan a ver más allá de su entorno más próximo, y a atar cabos sueltos. Hasta ahora, el crecimiento económico ha mantenido en segundo plano otras necesidades de la población. Muchos consideran que esta situación se alargará en el tiempo gracias a un Partido Comunista más flexible y actualizado, que comenzará a abrir la mano en lo referente a las libertades individuales. Pero también hay quien cree que en China todo se sucede a tal velocidad que ni los propios chinos son capaces de adaptarse a ella, y que el país está abocado a una reestructuración no exenta de graves incidentes. De lo que no cabe duda es de que, de momento, China seguirá creciendo sin mesura. Qué o quién le parará los pies es una incógnita. Lo que es seguro es que si se trata, finalmente, del planeta, quizá sea demasiado tarde para todos.
* Periodista, especialista en Extremo Oriente |
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