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Los corredores de los equipos franceses, con Moreau a la izquierda de la imagen, en la sentada previa al comienzo de la etapa. |
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No amanece en el Tour
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Los equipos franceses y alemanes hicieron una sentada en la salida para mostrar su inconformismo con el dopaje en el ciclismo que no fue secundada por el resto de los equipos.
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Alain Laiseka
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Son las 10.40 horas de la mañana. No amanece en Orthez. La noche se estira. Ecos del revuelo de Pau. Silencio ensordecedor. Todavía suena la tarde anterior. Música sacra, de funeral. Qué suplicio. Qué pesadilla. No lo fue, era verdad. Lo dicen los periódicos: "Le chaos", sentencia L'Equipe, que echa a la hoguera a Vinokourov. Ya no queda nada en el hotel de concentración del Astana en Pau, donde la gendarmerie y la Policía científica arramplaron con todo tras registrar hasta altas horas de la noche el cuartel general del equipo suizo. Lo limpiaron. Qué irónico. Más escándalos: dos miembros del equipo, que pasaron la noche en la comisaría de Toulouse tras ser detenidos en un control de la gendarmerie, fueron absueltos a primera hora de la mañana de ayer. En el coche del Astana en el que viajaban no encontraron ninguna sustancia dopante, pero al parecer, "no obedecieron inmediatamente" a las órdenes de los agentes. Aproximadamente a la hora que los dos miembros del staff del Astaná abandonaban la comisaría, otra vez diana para catorce corredores. A las 7.15 de la mañana los ciclistas del Cofidis y el Ag2r recibieron la visita de los vampiros. Todos aptos, y ya son 225 en lo que va de Tour.
Orthez es un océano de 20 islas. Cada una de un color. Los autobuses de los equipos que salieron hace ahora dos semanas y media de Londres, camino de París, son como burdeles a plena luz del sol. Cerrados a cal y canto. Todos menos uno, el celeste del Astana, que no está. El público silba cuando atisba uno de sus coches a lo lejos. Se confunden; es el del Bouygues Telecom, muy similar al suyo. Falsa alarma, esconden los pitidos, los disimulan. Los autocares se convierten en burbujas. Cortinas echadas, silencio sepulcral. Nadie quiere hablar del tema, del nuevo varapalo para el ciclismo, de la puñalada, de la sangre. Se masca la tensión. Resuenan las palabras de Christian Prudhomme la tarde del martes, las que recogen los diarios. Habla, claro, y se le llena la boca de jabón, de limpieza. Emula a Mr. Propper. "Necesitamos una revolución. Sólo una revolución cambia el sistema".
Parón en la salida La tensión se vuelve corpórea, se puede tocar, incluso cortar. Saltan chispas en la salida. Los equipos franceses (Ag2r, Agritubel, Cofidis, Bouygues, Credit Agricole y La Française des Jeux) y los dos alemanes (Gerolsteiner y T-Mobile), que la tarde anterior habían anunciado la creación de una asociación "por una mayor credibilidad en el ciclismo", quieren parar el pelotón. El público les aplaude y se ceban con el líder Michael Rasmussen. Serenata de abucheos para el danés, que parece desinhibirse por completo, como si la historia no fuese con él. El del Rabobank no ejerce de capo. Sólo habla en la carretera. El parón divide al pelotón. Los ocho equipos mencionados representan una obra de teatro de drama, el mensaje: somos las víctimas de todo esto. Otro empacho de hipocresía. Los demás no están de acuerdo y se revelan. Alejandro Valverde y Tom Boonen revientan la protesta y dan inicio a la etapa, casi tres cuartos de hora más tarde de lo previsto. Les siguen todos. Flautistas de Hamelin. Primero Pereiro, Rasmussen, Contador, los Euskaltel… Y finalmente, los actores franceses y alemanes, que arrancaron la moto cuando vieron que nada hacían allí, parados, mientras el Tour seguía adelante. Como siempre. |
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