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La presencia de seguidores vascos fue masiva en las cunetas de la etapa que terminó en la cima del Aubisque. Foto: angel ruiz de azua |
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Un coloso de color naranja
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Beloki, Laiseka, Etxebarria y Kintana estuvieron presentes a pie de cuneta.
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Oskar Ortiz De Guinea Enviado especial
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gourette. El Aubisque se acostó el martes conmocionado por el golpe de un kazajo. El eco de su gancho al ciclismo resonó débilmente de boca en boca por la muchedumbre que descansaba por las laderas del coloso. Así, con el mentón aún dolorido, despertó ayer la montaña. Los nubarrones que oscurecieron la víspera el Tour se fueron en dirección a Kazajistán. Paradojas de la vida, el sol de Astana brilló por primera vez en las jornadas pirenaicas. Y la afición, que en su mayoría ya conocía por la mañana el adiós de Vinokourov y su equipo, se olvidó de todo, se lió la manta a la cabeza y la ikurriña al cuello, y se echó a la cuneta. Quería disfrutar de la fiesta del Tour, de la grandeza del ciclismo. De una etapa épica en un escenario con solera. Del brillante epílogo a una jornada durísima. Interminable. Una agonía de casi 210 kilómetros, que discurrió más de la mitad por Euskal Herria (Iparralde y Nafarroa).
Desde las ocho de la mañana, bastante antes que la salida de los corredores desde Orthez, las orillas del Aubisque comenzaron a poblarse de sillitas de camping. Y sentados en ellas, aficionados de todas las edades y nacionalidades. La mayoría vascos. Ayer sí. La marea naranja, ésa que amagó sin llegar a desbordarse en Plateau de Beille y Peyresourde, inundó el Tour. Los nombres de Mayo, Zubeldia, Landaluze, Isasi, Txurru, Verdugo… salpicaron los casi 17 kilómetros de un asfalto, copado por las pintadas de Contador, Conta. Muchas de las pinturas de ánimo para el corredor de Pinto procedían de brochas y rodillos vascos.
Gourette, a cuatro kilómetros de la cima del Aubisque, habló euskera desde el martes, al ritmo de Alaitz eta Maider y al aroma de la txistorra y la costilla. A la entrada de esta localidad, anclada en un lugar privilegiado, aguardaba la Peña Abraham Olano. Al frente de la misma, Guillermo y Tere, los aitas del ex ciclista de Anoeta, quien en una etapa en la que también se pasaba Larrau, sufrió hace once años su peor día con un dorsal a la espalda. Una cruz clavada por Squinzi, el patrón de un Mapei irrepetible.
Para entonces, una sucesión de carteles con la imagen de corredores nos hacen aprendernos de memoria el nombre de los corredores de los Pyrénées-Atlantiques que han corrido algún Tour: Darrigade (22 triunfos de etapa en 14 participaciones), Duclos-Lassalle, Fontan, Becaas, Labourdette… así hasta Augé y Ladagnous, presentes en esta edición.
Junto a uno de esos carteles, a 6 kilómetros de meta y diluidos en el anonimato, descansan a la sombra Joseba Beloki, Aitor Kintana, Iñigo González de Heredia y varios amigos alaveses. Madrugaron en Gasteiz y subieron el Aubisque en mountain-bike. La conversación, amena, gira, cómo no, en torno al ciclismo y su lado oscuro. Pero el de ayer era un día de luces en la cuneta. Nada de sombras, salvo que fueran para cobijarse del sol. Algo más arriba, también se vio juntos a David Etxebarria y Roberto Laiseka.
Ciclistas aficionados Entre la multitud de aficionados que ascendieron en bicicleta, hubo varios corredores aficionados como Rubén Palacios, Alberto Morrás (Seguros Bilbao) o Aritz Arberas (Ibaigane). La savia que viene.
Con el paso de las horas, la multitud es ya un hervidero. "Están bajando el Marie-Blanque: pronto llegan", le dice un fan de Pereiro a otro, en un inconfundible gallego. A sólo 6 kilómetros de meta, la primera de las pantallas gigantes dispuestas por el Tour junto a una tribuna de invitados, capta infinidad de pares de ojos. Se divisa el helicóptero de televisión, pasan motos de gendarmes, se oyen bocinazos...
Contador, Rasmussen, Evans y Leipheimer abren carrera. Por detrás, un rosario de dorsales: Zubeldia y Mayo pasan relativamente pronto. "Astarloza tiene que llegar ya", apremia con el corazón un cicloturista oiartzuarra. Y el ciclista pasaitarra aparece sorbiendo un gel que luego deja caer sobre el asfalto. Su gesto de sufrimiento, evidente y conmovedor, duele en el alma. Pero es parte del juego. Del espectáculo del Tour. De la grandeza del ciclismo. Ésa que ayer volvió a arrastrar a miles de espectadores, en su mayoría vascos, hasta la cima del Aubisque. |
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