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El danés había sentenciado la carrera
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Alberto Contador saldrá hoy de amarillo pese a que ayer había perdido el tour en el Aubisque
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A. L
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gourette. Cómo explicar ahora que todo eso no vale, que todo el espectáculo desplegado ayer por Michael Rasmussen no cuenta, apenas sirve para guardar en la memoria. Pero aquello, lo del Aubisque existió, fue real, lo vieron miles y miles de aficionados vascos apostados en las cunetas del coloso pirenáico, y millones de personas a través del televisor. Rasmussen ganó ayer el Tour en la carretera. Luego le invitaron a que lo abandonase, a que lo dejase ahí, en el vestíbulo del hotel Mercure de Pau. El madrileño Alberto Contador (Discovery Channel) tomará el testigo del danés al frente de la general y como portador del maillot amarillo después de perder ayer el Tour. Ironía que recorre el ciclismo y lo golpea. Treinta y cinco segundos se dejó el de Pinto en la cima de su última oportunidad para desbancar al del Rabobank en la carretera tras un espectáculo dantesco que se decantó del lado del hasta ayer por la tarde líder del Tour en un último kilómetro en el que Contador se dejó vencer por el sufrimiento y cedió.
Al último kilómetro del estremecedor epílogo de Pirineos llegó Alberto con el piloto de la reserva encendido, casi fundido, anestesiado de dolor. Había gastado todo el carburante antes, mucho antes, pensando en que podía hacer daño al líder. Creyendo en el sueño. Qué espectacular es la inocencia. Destapó su juventud a nueve de meta, a la salida de un túnel, justo después de cercenar el sueño de Mayo de ganar una etapa en este Tour. El igorreztarra había atacado en Larrau en compañía de Sastre y veía ahora cómo el grupo, comandado por Popovych le sobrepasaba.
El ataque del madrileño no inquietó al danés, quien mantuvo la distancia para acelerar poco a poco y devorar el ansia del madrileño, que mordió el anzuelo. Vio en la respuesta tardía del danés un síntoma de debilidad. Y volvió a probar. Con el mismo ímpetu. A cuatro de meta Contador comprendió que Rasmussen era más fuerte y se preparó para sufrir, pensando ya en el podio, en mantener la segunda plaza, en no desfallecer y ser engullido por la montaña. Y descubrió su límite tras pasar por el triángulo del último kilómetro, cuando Rasmussen, resguardado ya entre las vallas, arrancó la moto y se cobró la osadía de Contador, que cedió, como Leipheimer, para despedirse del Tour que ayer por la tarde cayó, de la forma que menos agrada a un corredor, sobre sus hombros. >A. L. |
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