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Mesa de redacción
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Mitos rotos
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Enrique Santarén
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NO hay derecho, maldita sea. A uno le van destrozando los mitos uno a uno, sin piedad y sin remedio. Cualquier niño habrá soñado alguna vez (tal vez siempre) con ser astronauta, esos seres de la mitología moderna, héroes aventureros de los nuevos tiempos. Se los imagina vírgenes, impolutos, inteligentes, valientes, incansables, generosos. Tan extraterrestres como los mundos que les encomendamos que nos descubran. Y, si cuadra, que nos traigan de vuelta de unos de esos viajes un hermanito de alguna galaxia perdida, para saber que, definitivamente, no estamos solos. Nuevos dioses. "De niños hay una forma tan azul de ver el heroísmo", recitaba Rafael Amor. Ahora descubrimos que nuestros héroes son asquerosamente humanos, algo que intuíamos en secreto pero que nos avergüenza conocer por boca de los responsables de la NASA, esa superestructura que creíamos una fortaleza inexpugnable y resulta que se parece más a la risible TIA de Mortadelo y Filemón que a una agencia espacial a la altura del planeta. Los astronautas beben, y no leche de luna precisamente. Se emborrachan, los muy humanos. Y no contentos con eso, se suben a sus mágicas naves en condiciones deplorables y surcan esos cielos desconocidos. Hombre, si bebes, no tripules. Lo curioso es que la NASA ha tomado cartas en el asunto y no dejará a los astronautas probar el alcohol 12 horas antes de cada misión. O sea, que se pueden poner ciegos el día anterior y salir con una resaca galáctica. Visto lo visto, ¿quién nos garantiza que no llevan escondida en la escafandra una petaca de vodka? Cualquier día, nuestro hermano extraterrestre bajará a la Tierra, abrirá su OVNI y con voz telepática nos dirá: "Aquí tenéis a Charly. Estaba dando vueltas por el espacio y no encontraba el camino". Malditos. |
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