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29-07-2007
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Alberto Contador (Discovery Channel) supo sufrir encima de la bicicleta y hoy llegará a los Campos Elíseos como ganador del Tour de Francia. Foto: efe
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Contador lo cuenta
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DECIMONOVENA ETAPA
Contador lo cuenta
Sufre en la crono pero resiste ante un Evans que se queda a 23 segundos del amarillo que el del Discovery paseará hoy por parís; Leipheimer, ganador de la crono, completará el podio.
Alain Laiseka
Enviado especial
angouleme. Ambiente distendido, cortina de humo que oculta la tensión, en el austero vestíbulo del hotel Mercure de Angouleme, a escasos seis kilómetros de la última meta con colmillos del Tour. Mañana gris, dubitativa; lloro o no lloro. La puerta de cristal automática se abre de un golpe y por ella asoma la figura aquilina, pómulos demacrados, piernas de alambre y cadera de bailarina de Alberto Contador. Sonrisa eterna. Luce el maillot y el culote del Discovery. El buzo amarillo que defenderá horas más tarde duerme todavía en la habitación que comparte con Benjamín Noval, el asturiano con quien la noche antes se puso a ver una película de la que apenas puede recordar al león de la Metro desgañitarse. Algo le gritó que no escuchó bien. Duró 10 minutos con los ojos abiertos. Se puso a soñar, quizás con que entraba de amarillo en los Campos Elíseos y que saludaba desde el podio más alto del ciclismo mundial, esa atalaya que se levanta majestuosa ante el Arco del Triunfo y desde la que uno debe sentirse como un emperador, como Atila, como Carlo Magno, en el apogeo de sus imperios: con el mundo a sus pies. Por la mañana despertó. "Ha sido un sueño", se dijo, y se fue a perseguirlo.

Llegó de maquinarlo, de inspeccionar la contrarreloj, a las 11.30 horas. Los primeros 35 kilómetros en coche y los últimos 20 a pie de asfalto, sobre la Trek. Le preguntan qué tal lo ve: "Bien, la carretera es buena y pega el viento de culo", responde con una sonrisa que esconde tras la puerta metálica del ascensor. Cinco horas y media más tarde, el del Discovery se encaminaba a ese punto, a falta de 20 kilómetros, soplando sobre las aspas de su molinillo a la duda. ¿Será suficiente? La pregunta se la hizo tras una referencia, a 30 kilómetros de la meta, que le asustó. ¿A que lo pierdo? Entonces, sentía el aliento de Evans en el cogote. "38 segundos", le gritó Bruyneel por el pinganillo que el viento a favor llevó claro hasta sus oídos. Se aprestó entonces a sufrir. Más aire sobre el molinillo. Más revoluciones. Más madera. Un tornado. La renta se estancó. 39 segundos, 40, 38 otra vez… A falta de cuatro le cantaron otra. Escuchó bien: 35 segundos. "Ahí pensé que había que ir a muerte", desveló más tarde. Cadel Evans llevaba tiempo en ello. Muriéndose. Leipheimer, brillante ganador de la etapa, ya había pasado el trance. El aussie agonizaba en la última recta empujando su cabra con todo: piernas, brazos, riñones, dientes… Todo. Cruzó la meta y se desplomó sobre el sillín mientras el tiempo salió de caza. A por Alberto. Arena cayendo loca. Encontró al amarillo al poco y le apuntó. Pero no se atrevió a apretar el gatillo. Por la mirilla vio al líder que escondía una sonrisa tras una mandíbula desencajada que pedía más aire, más carbón para sus estirados músculos de escalador, disfrazados ayer de contrarrelojistas. El tiempo bajó el fusil, como un francotirador con alma; y en la cabeza de Alberto, dentro, se destapó el festín. Champán, descorche de sentimientos.

En un kilómetro cabe una vida. En esos mil metros finales dio repaso Alberto al baúl de los recuerdos. Escalones que le han llevado hasta donde está. Se acordó entonces de su primera salida en bicicleta, con el U.N.I. Pinto de su pueblo natal cuando apenas tenía 15 años. Aquel día, su imagen desencadenó las carcajadas de sus compañeros. Mandíbulas desencajadas ante la figura de un renacuajo delgaducho sobre una bici, una Orbea con los cables por fuera, palancas de cambio en el cuadro y rastrales, y ataviado con una sudadera con choto, que valdría ahora, si alguien la hubiese inmortalizado, un buen pico en una puja de, por ejemplo, Christie's. Y así partieron aquella mañana, entre risas que se esfumaron cuando la carretera miró al cielo y el pequeño Alberto puso a bailar su Orbea y fue soltando, uno a uno, a todos sus compañeros. Él no se regocijó, no es su estilo, simplemente estiró los labios para enseñar los diente y mostrar esa sonrisa embriagadora, sugerente, amable, que ha lucido siempre, hasta en los malos momentos.

También se acordó de Lance, de Armstrong. Su libro le dio fuerzas hace ahora tres años para creer en que podía volver a subirse a una bici cuando estaba postrado en la cama de un hospital tras una operación complicada de más de tres horas debido al cavernoma cerebral que le habían detectado. Entre vallas, cuando divisaba ya la meta de Angouleme, se miró de arriba abajo. Era Armstrong, su heredero, llevaba su piel, las dos, la del Discovery y esa túnica amarilla que todavía le pertenece como último ganador del Tour, el de 2005, toda vez que el de 2006 parece no haber existido. Escuchaba al pentacampeón de la ronda gala al otro lado del pinganillo, desde el que le empujaba Bruyneel. Al lado, en el asiento del copiloto, estaba el americano. "No me ha dicho nada concreto pero le oía su voz entre el barullo que había en el coche". Él, Alberto, seguía a la suyo. En busca de la meta que cruzó eléctrico. Se giró para cerciorarse. Lo hizo: había ganado el Tour. Se irguió y levantó los brazos, como si hubiese coronado una etapa de montaña, como el día en que desarboló a Rasmussen en la cima de Plateau de Beille. Escalador hasta sobre una cabra de contrarreloj, donde el madrileño, gran aficionado a la caza, suele ser presa. Esta vez logró escapar, sobrevivió al tiempo para contar que había ganado el Tour con 23 segundos sobre Cadel Evans y 31 sobre Levi Leipheimer. El primero, ¿de muchos?
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