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Mesa de redacción
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El circo
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Juan Carlos Ibarra
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HAY quien quiere hacer del ciclismo un circo. No un circo de trapecistas, payasos, malabaristas, domadores y fieras, no, aunque igual también. El circo en el que quieren convertir al ciclismo es el circo romano, con cómodas gradas en el salón de cada casa, repletas de espectadores repantigados a la hora de la siesta, haciendo los honores al dios Baco con un sucedáneo a base de cebada. Es el pueblo que quieren para el circo, un pueblo que no pierda detalle de los anuncios que le colocan ante los ojos, que no pierda de vista a los gladiadores que se baten a muerte en la arena asfaltada, y que pida sangre, más sangre. Un pueblo que mire de reojo de vez en cuando al César para que le diga si éste o aquél merecen clemencia o deben ser echados a los leones. El pulgar hacia arriba, les salvará; el pulgar hacia abajo, les condenará por enfrentarse al sacrificio con ayuda de sustancias prohibidas.
El ciclismo no es una película, pero sí precisa de un acto heroico por parte de los gladiadores, al estilo de los protagonizados en los filmes de romanos. Algún gladiador deberá plantarse cuando esté a punto de cortarle el cuello a su adversario, cuando tenga la gloria a un milímetro, cuando sea suya ya la victoria que le traerá la libertad, tras haber ido dejando exhaustos o muertos en el camino a otros muchos gladiadores. Alguno deberá plantarse y alzar su espada contra el César para decirle: "Basta ya, hasta aquí hemos llegado". Mientras los gladiadores, los ciclistas, sigan ofreciendo su espectáculo sin rechistar, siempre habrá quien pida más y más sangre, hasta que el ciclismo deje de ser un deporte y se convierta en una condena inhumana de la que no se pueda escapar. Y si tras el plante, algunos dejan de ir al circo, que se vea qué es lo que en realidad buscaban.
jcibarra@deia.com |
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