 |
|
|
 |
AFP |
|
|
|
El ciclón Sarkozy
|
 |
|
JOSU MONTALBAN
|
 |
ha irrumpido en Europa un ciclón que amenaza con todo: el ciclón Sarkozy. ¿Con todo? No. Sólo un aspecto de la modernidad no está dispuesto a tocar: la preeminencia del neoliberalismo más atroz. Y no lo va a hacer exponiendo sus tesis para que los ciudadanos -primero los franceses y después los europeos-, elijan libremente, porque su estrategia, como se está viendo, pasa por la deslealtad al proyecto, e incluso al carácter de la vieja Europa que ideara su compatriota Jean Monnet a mediados del siglo pasado. Sesenta años después, Sarkozy ha irrumpido con fuerza para intentar imponer, no solo sus tesis, sino su supremacía.
Parte de una premisa importante cual es que Europa en su conjunto, y la mayoría de sus estados más representativos, atraviesan profundas crisis ideológicas y de liderazgo que impiden llegar a acuerdos importantes. Por si fuera poco, la izquierda europea sobrevive desgajada en grupos y grupúsculos cuya supervivencia está basada en mantener posiciones marginales que, en los últimos lustros, se han caracterizado por propugnar el rechazo a la Constitución Europea, aunque sin la fuerza suficiente para proponer y exigir textos alternativos. Peor ha sido, sin duda, la crisis de la socialdemocracia, principalmente en Alemania, Francia, Italia y Centro de Europa. Desprovista de sus líderes emblemáticos (Brandt, Mitterrand, Jospin, González, Soares e incluso Craxi), la socialdemocracia ha caído en manos de líderes inestables mucho más preocupados por perdurar que por culminar la construcción europea. Es bien cierto que ha habido una época en que la coincidencia de diferentes gobiernos de carácter progresista en Alemania, Francia, Gran Betraña y España, podrían haber propiciado avances importantes, pero a la vez que los socialistas españoles y franceses iban perdiendo sus mayorías, quienes las conquistaban (Schröder y Blair) pensaban más en sus egos personales y en permanecer cuanto más tiempo en el poder.
Ha surgido el ciclón Sarkozy y en un par de meses ha hecho olvidar a Chirac y a Berlusconi; dimitir a Tony Blair; ha eclipsado a Angela Merkel, que había heredado gobierno y poder alemanes tras el generoso regalo que le hizo Schröder; y se ha convertido en emperador de Europa levantado a costa de la desidia del resto. Casi nadie espera nada de los nuevos tiempos salvo Sarkozy, que propugna para los europeos sus tácticas y estrategias con el desparpajo y desvergüenza con que los propugnó a los franceses en las últimas elecciones. Quizás por eso nadie debe mostrarse sorprendido. Prometió enterrar el espíritu de mayo del 68 francés porque considera que estaba en el principio de los males de la Francia actual, a sabiendas de que aquel espíritu también estaba en la ideología y anhelos de la mayoría de los jóvenes europeos de aquel tiempo. Arremetió en campaña contra los jóvenes franceses de los barrios más pobres, llamándoles "basura". Dijo que los socialistas eran los herederos de aquel mal y que por eso "le habían tomado gusto al poder, a los privilegios, que cultivan los arrepentimientos (refiriéndose a la petición de perdón Ségolène Royal por los abusos colonialistas franceses), que denigran la identidad nacional, que atizan el odio de la familia, de la sociedad, de la nación, de la República". Conocía la crisis del socialismo francés y hacía mella de forma despiadada en ella.
Sarkozy utiliza Francia para conquistar Europa. Su estrategia ha sido tan audaz como arbitraria. La constitución de un gobierno ideado, para mayor gloria suya, fuera de las disciplinas partidistas, es propia de líderes autoritarios que se sirven de sus formaciones para llegar a la cúspide del poder y luego las desacreditan formando gobiernos, en parte ajenos a ellas, dando a entender que están por encima del bien y del mal. El resultado es que la figura del presidente de la República se convierte en un emperador de la mano de sus elegidos, casi siempre personas tan agradecidas como vendidas. Para borrar la huella del mayo del 68, Sarkozy hizo ministro de Exteriores a uno de sus protagonistas, el socialista Kouchner, que aceptó el cargo tras tomar una "decisión difícil", según él mismo proclamó. ¿No hubiera sido más ético que hubiera trabajado en las reflexiones internas del Partido Socialista para convertirlo en alternativa real de gobierno? Igualmente, Sarkozy ha nombrado en diferentes cargos a otros socialistas: Jouyet, Besson, Lang, etc., y ha propuesto a Dominique Strauss-Kahn para presidir el FMI. ¿Alguien cree que estos nuevos cargos van a aplicar sus ideas socialistas en sus gestiones al frente de sus nuevas responsabilidades? ¿O serán fieles servidores de quien les ha nombrado con la perversa intención de profundizar aún más en la crisis del socialismo francés? Las primeras medidas ya anunciadas no dejan dudas: plan de choque económico para propiciar el crecimiento de la economía, a base de bajar los impuestos de los poderosos, así como eliminación de las tasas fiscales por patrimonio y herencias; reforma del mercado laboral que flexibilice el empleo e impida los contratos fijos por ser más difíciles de gestionar; derogación de la semana laboral de 35 horas, etc. Pues bien, con todas estas medidas estarán de acuerdo ese ramillete de ex socialistas atraídos al pesebre del neoliberalismo de Sarkozy. Y hay algunas otras contradicciones que delatan al totalitario Sarkozy. La nueva Ministra de Justicia es hija de padre marroquí y madre argelina, hermana de otros once hijos que vivieron de niños en un barrio-suburbio de esos que Sarkozy llamó "basura" durante su campaña. ¿Alguien espera que esta Ministra legisle a favor de sus amigos de niñez, o lo hará conforme dicte el húngaro Sarkozy? Para terminar su pillaje en el panal de las izquierdas, hasta ahora, ha nombrado como nuevo comisario de las Solidaridades Activas contra la Pobreza a Martín Hirsch, un hombre que ha sido activo colaborador en el apoyo a los sin techo Emaús. Del tiempo que dure en el ultraconservador gobierno de Sarkozy derivará, a buen seguro, la dosis de dignidad que aún le quede.
Este comportamiento en Francia ha sido el preámbulo de su actitud en Europa. Ha facilitado titulares de lo más diversos: "Blair y Sarkozy ponen las bases de la nueva Europa", o "España y Francia impulsan una iniciativa para sacar a Europa del ostracismo", o "Sarkozy y Prodi instan a siete países a formar la Unión Mediterránea", o "Sarkozy reclama un gobierno económico europeo".
En resumen, Sarkozy se ha convertido en un ciclón que agita todas las estructuras, aún en ciernes, de esta vieja Europa que quiere modernizarse y superar la fase de incertidumbre y crisis en que la sumieron, entre otros acontecimientos, los dos rechazos a su Constitución, de Francia y Holanda. Su actitud encierra las aspiraciones desmedidas de este prejuicioso húngaro que aspira a ser emperador de Europa. El ha cambiado los ejes que venían dirigiendo los pasos de la nueva Europa. Fuera ya del triángulo de las Azores dos de sus tres vértices (Aznar y Blair), Sarkozy ocupa sus lugares, él solo, con una máxima imborrable: solidaridad sin tacha con Washington. A cambio de alinearse con la que ha venido siendo figura más importante de la ficticia unidad europea actual, Angela Merkel, aceptando que la Constitución Europea se convierta en un minitratado, la fuerza del ciclón va imponiendo sus caprichos: "Turquía no debe formar parte de la nueva Europa", por lo que la acomoda en ese esbozo de Unión Mediterránea que ya ha sido criticado por las autoridades europeas; aplazamiento de dos años para alcanzar el equilibrio presupuestario de Francia, que será en 2012, en lugar del 2010 acatado por el resto de países europeos. ¿Qué más nos puede deparar este diminuto presidente que tomó como primera decisión de su cargo escapar en el yate de Vicent Bolloré, que es una de las más grandes fortunas francesas? Se trata de una versión moderna del totalitarismo, que se apoya en prácticas clásicas del sistema democrático, que quiere un Estado francés fuerte (aunque no precisamente un estado social), pero se sirve de ambos para convertirse en el más firme baluarte del neoliberalismo excluyente, de la globalización del dinero y los beneficios, en suma, del capitalismo más atroz. |
|