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30-07-2007
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Alberto Contador, con un ramo de flores y el característico león del Tour.
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Del bocadillo al leoncito
El chaval que provocaba las risas del resto de los niños por correr con una Orbea "con los cables por fuera y con rastrales" y por salir a entrenar "con una sudadera con choto" ha alcanzado la cima del ciclismo mundial con sólo 24 años.
Jon Larrauri
VErle ahí arriba, en lo más alto del podio del Tour vestido de amarillo con sólo 24 años, podría hacer pensar a más de uno que la carrera de Alberto Contador ha sido un coser y cantar. Una vida cuesta abajo, sin trabas. Nada más lejos de la realidad. Este madrileño de Pinto no sólo desafía a los colosos montañosos a base de ágil molinillo. Lo mismo le ha tocado hacer con las vicisitudes que la vida le ha puesto delante. Orígenes humildes, problemas serios de salud, asuntos turbios rondando alrededor de su realidad deportiva... Contador no lo ha tenido nada fácil, pero a base de tesón y entrega ha llegado a lo más alto del ciclismo mundial antes de la más optimista de las previsiones.

Nacido el 6 de diciembre de 1982 en Madrid, Alberto es el tercero de cuatro hermanos: Francisco Javier, que fue el que le metió en el cuerpo el veneno del ciclismo, Alicia y Raúl, el pequeño, postrado en una silla de ruedas por una parálisis cerebral (el de Discovery siente auténtica adoración por él). En su familia nunca hubo antecedentes deportivos. Al pequeño Alberto la bicicleta tampoco le hacía excesivo tilín en su niñez. Prefería jugar a la peonza, hacer atletismo, sobre todo cross, y jugar al fútbol (quería ser delantero, pero le ponían de lateral derecho). Su primera bici, una de montaña, la tuvo a los 15 años. Se la trajeron los Reyes Magos. Hasta entonces le cogía la California a su hermano, pero cuando éste se compró una mejor, Alberto heredó su Orbea. A día de hoy aún recuerda que "tenía los cables por fuera y rastrales. Salía a entrenar con una sudadera con choto y el resto de niños se reían de mí".

Acto seguido empezó a salir con una peña de su pueblo y luego se apuntó al equipo de Pinto, la UNI, que le llevaba a las carreras y le recogía, algo que sus padres, que tenían que cuidar del pequeño Raúl, no podían hacer. Su primer recuerdo victorioso es ciertamente curioso. Fue en Barcarrota, (Badajoz), en el pueblo de sus padres. Cuando estaba allí, Alberto se pasaba el día dando vueltas con su bici de montaña. Un día vio que se había organizado una carrera cuyo trazado era un circuito en el campo de fútbol. Él estaba comiendo un bocadillo, pero decidió apuntarse. Se puso el último y tras el pistoletazo de salida, mientras daba mordiscos al bocata, fue remontando puestos hasta verse obligado a tirar la merienda para ejecutar un gesto que empezó a ser habitual a partir de entonces: alzar los brazos.

Cuando pasó a juveniles, cambió de equipo y en el nuevo no le daban una bicicleta. No sabía cómo iba a correr hasta que su tío le compró una. En la primera carrera se cayó y la montura se rompió. A él le daban igual los golpes y el diente roto, sólo le preocupaba explicar lo de la bici, pero su tío le entendió y le compró otra. Fueron aquellos tiempos duros para Contador, que para entrenar debía hacer dos horas en tren. Dejaba la mochila en una tienda de Villalba y entrenaba por Segovia. Un día se dio cuenta de que había olvidado las zapatillas y entrenó con los cubrebotas por encima de las bambas. Aquel día le salieron unas ampollas terribles, pero los amateurs que adelantó en las ascensiones empezaron a preguntarse quién era aquel chaval que subía a la velocidad del rayo.

Llegado el momento de pasar a aficionados, Alberto tuvo claro que quería correr en el Iberdrola. ¿La razón? Allí corría su amigo Jesús Hernández y Alberto flipaba con el material que le daban. Él mismo llamó por teléfono al director y al final le hicieron un hueco en el equipo. Con 18 años le tocó compartir piso en Azpeitia con numerosos ciclistas (Hernández, Juanjo Oroz, Andoni Aranaga...). "Cada uno éramos de un padre y de una madre, pero me sentí muy a gusto. Comíamos en el restaurante de enfrente y me sorprendía que había gente que me conocía", dice. De allí pasó al Würth y se convirtió en el ojito derecho de Manolo Saiz, quien ya hablaba de él como de una futura estrella. Fue entonces cuando Contador empezó a creer en sus posibilidades. Amante de los animales (sobre todo de los pájaros, concretamente de los jilgueros), aparcó su sueño de niñez, ser veterinario, para abrazar otro más reciente: ser profesional.

En 2003 se enfundó el maillot de ONCE-Eroski y aquel mismo año ya estrenó su palmarés en la Vuelta a Polonia. Todo iba sobre ruedas, hasta el 12 de mayo de 2004. Aquel día, en la Vuelta a Asturias, se cayó camino de Infiesto y tras tragarse la lengua empezó a sentir convulsiones. El médico de carrera intervino rápidamente y gracias al tubo de Guedel evitó que se asfixiara. En el hospital creyeron que había sufrido un aneurisma, pero acabaron descubriendo que sufría un cavernoma, la dilatación de una vena cerebral, lo que acabó en una operación de cinco horas en el Ramón y Cajal. Pero la pesadilla no había hecho más que empezar. Días más tarde sufrió otro episodio a las cinco de la mañana. Tuvieron que volver a operarle. Le abrieron el cerebro y le extirparon las venitas causantes del problema, además de limpiarle la zona de sangrado. La recuperación fue dura, pero un mes después ya montaba en bicicleta, y tres más tarde, enero de 2005, ganaba en el Tour Down Under. Para el recuerdo de los malos momentos sólo le ha quedado una cicatriz y un pequeño susto en agosto del año pasado, cuando se desmayó sobre la bici en plena Vuelta a Burgos (las pruebas descartaron lesiones cerebrales).

Tras la polémica de la Operación Puerto, recaló el pasado invierno en el Discovery, ex equipo del hombre que le inspiró durante su convalecencia, Armstrong. Ahora Alberto ha puesto su pie sobre la huella que Lance dejo siete veces en el podio de París y en su mano, la que un día soltó un bocadillo para celebrar su primer triunfo, reposa el leoncito más preciado del ciclismo.
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