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Una vez encencido, el calero comienza a expulsar humo blanco que se extiende por el Gorbea llenándolo de misterio. |
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Los caleros vuelven a encenderse
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En 1950, incapaces de competir con la producción industrial y la llegada del cemento, uno a uno los caleros de Bizkaia se fueron apagando. Para conservar la tradición, Ipizki Taldea enciende cada año el calero de Zeanuri. Texto y foto Janire Jobajuria
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SON las 10.30 horas de la mañana cuando Juan Arana sube de nuevo a la ermita de los Santos Justo y Pastor a encender el mismo calero que encendió por última vez hace 57 años. Pero aunque todo parece igual, todo ha cambiado. "Ahora las cosas son diferentes, hace 60 años teníamos que trabajar mucho para conseguir la cal, no como ahora", bromea Juan con los jóvenes miembros de Ipizki Taldea, asociación culpable de recuperar la tradición. Y razón no le falta. Hace 57 años, la última vez que se encendió el calero, nuestra sociedad era diferente. No había tecnología por lo que, para empezar, Juan y el resto de trabajadores tenían que extraer "a mano" la piedra del monte, buscar madera en los bosques y cortarla con el hacha para hacer leña porque "entonces no había motosierra", además de pasarse un mes durmiendo en una cabaña para, transcurrido este tiempo, transportar al pueblo en carro los 100.000 kilos de cal que habían producido.
Hoy, han cambiado hasta los motivos por los que se enciende el calero. Antes, la cal era muy importante para la vida de los baserritarras. Con ella abonaban el campo, desinfectaban las cuadras, blanqueaban los caseríos, curaban heridas y ponían los huevos en conserva. Al contrario, estos últimos doce años que Ipizki lleva encendiendo el calero, se hace para "recuperar una tradición que se había perdido", afirma uno de los miembros de Ipizki, Jon Urrutxurtu, y "para que los jóvenes vean como se trabajaba entonces", añade Juan.
Las ganas de recuperar esta tradición surgen en 1996 cuando Ipizki Taldea reconstruyó y recuperó el calero de San Justo, abandonado desde el año 1950, y lo puso en funcionamiento bajo la dirección de Juan, una de las cuatro personas que elaboró la última hornada de cal en este mismo lugar. Fue aquel año 1950, cuando los hermanos Juan y Julián Arana, y Cándido y Félix Goikuria encendieron el calero por última vez. Mientras Félix y Juan se encargaban de la elaboración de la cal, Cándido y Julián, ayudados por una yunta de bueyes, se responsabilizaban de acarrear la leña y la piedra caliza junto al horno.
Pero, aunque era un trabajo duro, Juan no lo pasaba tan mal. "Cogíamos agua del río y nos hacíamos alubias blancas y tocino, eso era lo que había para comer", recuerda Juan, que reconoce que antes se trabajaba de otra forma. La hora de entrega no era importante.
Tras explicar a las más de 100 personas que se acercaron ayer a las faldas del Gorbea cuál es el procedimiento a seguir para encender el calero, a las 11.00 horas en punto, tanto Juan como otro de los organizadores, Igor Intxaurraga, se ponen manos a la obra a encenderlo.
Lo primero unos periódicos, después leña, pero como si los antiguos hubieran escuchado a Juan, la motosierra se estropea y hay que hacer uso del hacha, aunque esta vez les toca el turno a los jóvenes. Después de la leña, el profundo agujero se llena de piedra y se prende. Automáticamente el calero empieza a desprender una cortina de humo que poco a poco va extendiéndose por todo el monte llenándolo de misterio. Un misterio que se mantendrá durante todo el fin de semana y que, gracias a esta asociación y a la ayuda del Ayuntamiento de Zeanuri, volverá el primer fin de semana de agosto del año que viene. |
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