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Mesa de redacción
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La otra mirada
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Oscar Subijana
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las personas que llegan a Euskadi desde otras comunidades autónomas o de otros países enseñan a los de aquí a mirar su propia ciudad, pueblo, con otros ojos, con otra mirada. Estos días de canícula es muy fácil dar por la calle con una pareja que, mapa en mano, calzado ligero y bermudas, pasea por las calles con ritmo pausado, algo cansino, y mirada perdida, tal vez despistada. Igual sólo lo parece, porque cuando salimos de turismo lo que hacemos es aguzar la vista para no perdernos nada, por aquello de que uno no sabe nunca si volverá a aquel lugar. Pero lo que más nos llama la atención de esa mirada perdida de un turista es el objetivo de la misma. Que, por absolutamente conocido para nosotros, creemos que carece de valor. Les pongo un ejemplo para situarnos: Ribera de la Ría de Bilbao. Tras la Iglesia de San Antón, sobre el puente del mismo nombre, una pareja busca con la mirada algunas de las casas ya remozadas del controvertido barrio de San Francisco. Los que hemos pasado por allí mil veces nunca hemos reparado en la belleza del entorno, en esa cuasi-perfecta alineación de casas antiguas y de reciente belleza. La pareja de turistas se lleva dentro de la cámara de fotos una imagen, un instante, pero al otro turista, al de aquí, le punza la curiosidad. Le obliga a cruzar el puente y mirar. Para ver algo que nunca antes había visto. Para saber que la ciudad donde uno vive puede estar en cualquier catálogo de agencia de viajes en lugar preferencial. Que los bilbainos paseen por la ría y miren; que los gasteiztarras vean qué edificios hay en la calle Dato; que los donostiarras disfruten con la vista del Paseo de Miraconcha; y que los pamplonicas escruten los recovecos del Baluarte. Todos tenemos cosas que descubrir sólo si somos capaces de reducir el ritmo de vida que llevamos. |
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