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El director del centro por la paz Baketik cree que el fin de la violencia es irreversible. Foto: NAGORE IRAOLA |
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JONAN FERNÁNDEZ director del centro por la paz de arantzazu baketik
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"El ciclo de la violencia está agotado porque es incompatible con la vida diaria de la sociedad"
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Desde la atalaya de Arantzazu, donde se aloja el centro por la paz Baketik, Jonan Fernández otea el convulso paisaje político vasco con un optimismo prudente. Tras bregar a ras de suelo en Elkarri, desde las alturas del santuario analiza el fracaso del proceso y aporta algunas claves de cara al futuro.
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HUMBERTO UNZUETa
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arantzazu. El centro por la paz Baketik, en el antiguo seminario y a escasos metros de la basílica, corona el histórico complejo del santuario de Arantzazu, donde los monjes franciscanos llevan más de quinientos años venerando a la virgen y como guardianes del mandato de San Francisco. Referencia ineludible para entender la cultura, la política y la historia del pueblo vasco, el santuario es uno de esos lugares que rezuma espiritualidad, no necesariamente religiosa, y sosiego. Aquí es donde se cruzan en el camino la cultura y la religión, la fe cristiana y el laicismo secular, el euskera y la torre de Babel, el estudio y el activismo, la paz y el conflicto. En medio de esta encrucijada ha localizado Jonan Fernández el centro Baketik, donde, además de ofrecer cursos, conferencias y jornadas, escruta y reflexiona sobre el panorama político vasco y aporta ideas para la salida al conflicto.
Hablar y teorizar sobre la paz y la reconciliación en un lugar tan armónico como éste resulta fácil, pero ahí fuera la sociedad está muy convulsa y desorientada.
Sin duda, pero viene bien para tomar un poco de distancia y perspectiva que te permita ver mejor el horizonte. Creo que la situación es muy negativa desde la ruptura de la tregua, pero con poco recorrido. Desde hace tiempo vengo diciendo que el fin de la violencia y la normalización política son irreversibles, no dependen de lo que haga ETA o los partidos y el Gobierno, sino que es la consecuencia de un contexto social, político, internacional e histórico que no tiene vuelta atrás. Desde ese punto de vista el ciclo de la violencia está agotado y que estamos en un estadio que va a modificarse en un plazo no muy largo de tiempo.
¿Qué condiciones se tienen que crear para que eso se produzca?
Aquí se puede sacar la receta típica: cese de la violencia, no abandonar las vías de diálogo y de mediación e insistencia. Yo soy partidario de todo esto, pero creo que hace falta algo más. Entre las personas o los sectores que justifican o comprenden la violencia hay un reto determinante, el reto del realismo. La salida al conflicto depende de la tensión que hay en el seno de la izquierda abertzale sobre lo que significa a día de hoy un proceso de paz, del realismo con que dentro de ese mundo se quiere afrontar un proceso de resolución. Desde los que piensan que la lucha armada y el proceso de paz puede ser útil a los que opinan que su recorrido será el que tenga que tener. Esa tensión entre visiones más realistas y menos realistas es determinante y hay que estar atentos a ese debate.
Y el resto de los partidos, ¿qué pasos tienen que dar?
Los partidos políticos tienen que hacer algo distinto. O definen una hoja de ruta en la que concreten que la salida al contencioso se tiene que dar en unos términos determinados, lo más ampliamente consensuado y trasladado a la sociedad, o sino la sociedad tiene que decir algo. Ante esta situación de la ruptura de la tregua no podemos continuar a la espera de cuándo va a ocurrir una nueva desgracia y ante eso, además, asistir a la repetición de discursos y propuestas ya ensayadas en el pasado y cuyo recorrido es sobradamente conocido. Los partidos políticos tienen que pensar que la gente no está conforme con la situación actual.
Los partidos tienen poco margen: por un lado, está la amenaza de ETA y por otro las elecciones generales a la vuelta de la esquina.
Soy consciente de eso, pero mirando el panorama, entre los discursos públicos, no encuentro nada novedoso, con la salvedad de la propuesta de Lokarri, que sugiere una idea de consulta a la ciudadanía no de sentido soberanista, sino de sentido cívico. Han habido mil intentos para conseguir la paz y la normalización y unos y otros hemos fracasado en todos ellos. Así pues, ha llegado el momento de que la ciudadanía pueda participar de un acto trascendente que inaugure un nuevo ciclo, y que la sociedad pueda dar claramente un mensaje a ETA sobre la violencia y que, al mismo tiempo, pueda decir algo sobre cómo quiere que se resuelvan sus problemas. En una situación de ruptura de un proceso como el que vivimos, la ciudadanía es mayor de edad y hay que posibilitar que pueda decir algo a través de una consulta que tenga carácter normativo. Eso sí que traería consigo un nuevo ciclo para este país.
¿Hay alguna otra vía para resolver el contencioso que no sea la del diálogo?
No descarto que la vía policial pueda reducir la forma violenta del conflicto a la mínima expresión, pero incluso entonces el diálogo sería necesario, porque el problema no es ETA, el problema desde el punto de vista social y político es que hay un porcentaje muy significativo de la sociedad que se sitúa al margen de las reglas de juego, bien porque se siente excluido, bien porque no comparte dichas reglas. Ese es el gran problema político para la convivencia. En ese sentido, el diálogo sigue siendo una herramienta imprescindible para resolver el verdadero problema político y porque además eso ayudará a que el problema de la violencia se reduzca o se elimine.
¿Se dan condiciones para el diálogo con ETA tutelando la vida de este país?
Creo que el diálogo se puede mantener en cualquier situación. Esta es la lección que se obtiene de todos los procesos que hay en el mundo y en toda la literatura sobre conflictos. Otra cosa diferente es negociar. La negociación implica intercambio de compromisos recíprocos. Para que haya un diálogo resolutivo, una negociación y compromisos recíprocos, ha de desaparecer la violencia.
¿Ha sido adecuado el método empleado para tratar el proceso?
A medias. Ha habido diálogos discretos en diferentes niveles que se han mantenido dentro de la discreción, pero la retransmisión diaria del proceso con declaraciones diarias de todos los agentes opinando sobre el proceso ha sido un factor de distorsión.
¿Ha pecado el proceso de demasiada ambigüedad en los preacuerdos entre las partes?
Es una respuesta muy difícil porque es imposible acercar posturas que están muy alejadas si no se hace con una cierta ambigüedad. Es lo que se llama la ambigüedad constructiva, que es aplicable a cualquier ámbito de la vida cuando tratamos de mediar o conciliar a dos amigos, familiares o compañeros de trabajo. La ambigüedad es una herramienta de doble filo: en las primeras fases es una herramienta necesaria, pero cuando el proceso va avanzando es muy importante hablar claro y saber lo que es posible y lo que no lo es, dónde están los límites, saber que no hay más cera que la que arde y que la supuesta habilidad negociadora igual puede suponer el ganar muy poco.
Luego, además de realismo, hace falta paciencia y madurez política.
La impaciencia es una expresión de la falta de realismo. Ese es un factor que tiene mucho peso en este tipo de procesos. Cualquiera que apoye o justifique la violencia debería buscar una respuesta a la siguiente pregunta: ¿merece la pena alcanzar un objetivo político tan sólo un día antes gracias a la lucha armada?
La mera formulación de esa pregunta da una idea del poso destructivo que ha dejado la violencia en cuanto a los valores fundamentales de una sociedad.
En un país como el nuestro, en el mundo en el que estamos, ya nadie se atreve a defender el uso de la lucha armada por razones éticas. El único argumento que les queda a los que defienden la violencia es de la utilidad.
¿Ve posible que la reconciliación de la sociedad vasca pueda anteceder a la solución técnica del conflicto?
En absoluto. Pueden hacerse muchas cosas que ayuden, que preparen, que anticipen una convivencia reconciliada, pero normalmente los procesos suelen seguir unos pasos: primero viene el apaciguamiento (preconciliación), luego el acuerdo, la normalización o la conciliación, y por último la reconciliación, que es la reconstrucción de la convivencia.
¿Para llegar a esa reconciliación ETA tiene que pedir perdón?
Reconciliación no es volver a ser amigos sino volver a respetarse. El perdón es fundamental e imprescindible en un proceso de reconciliación pero no puede ser obligatorio, porque un perdón que se pide o o se otorgue por obligación pierde la esencia de lo que significa. El perdón, para que sea auténtico, tiene que ser voluntario, sino no es un perdón, es un paripé.
Da la impresión de que la resolución del conflicto se ha dejado exclusivamente en manos de la política.
Hemos pasado de un tiempo en el que hubo unos movimientos sociales con mucho peso, a los que se escuchaba y se atendía, como fueron los tiempos de Gesto por la Paz y Elkarri, a un tiempo en el que tienen menos espacio, lo cual es muy negativo. Desde el inicio de la tregua ya rota, no sé por qué motivo, parece como que el mundo de la política dice que 'éste es nuestro tiempo y hagámoslo nosotros solos'. A mi juicio, las iniciativas sociales son contrapesos muy interesantes, pueden reequilibrar y crear discursos sociales de apoyo.
¿Dónde nos encontramos ahora: a las puertas de una nueva expectativa para la solución o abocados de nuevo a revivir el pasado?
Hay una interrogante para lo cual no conozco respuesta, a saber, si ETA considera que el periodo de aquí a las elecciones generales del próximo año es un tiempo perdido para el proceso de paz o no. Sólo ETA conoce la respuesta a esa pregunta, pero en todo caso la violencia ya no tiene recorrido, porque para la sociedad vasca en su vida cotidiana el conflicto vasco, entendido como una coctelera de crispación y violencia, se ha convertido en un anacronismo inaceptable e incompatible con sus vidas. Esta incompatibilidad, aunque no es objetivable y apreciable, tiene una fuerza tremenda e irreversible. Eso es lo que hace que cambien muchas situaciones. Por citar un ejemplo, la transición española fue posible, entre otras cosas, porque la sociedad española se puso a vivir por delante del momento político. ¿Por qué se va a terminar definitivamente la violencia en nuestro país? Porque la vida de la gente es incompatible con ese fenómeno a día de hoy en la Europa del siglo XXI.
el protagonista
carné de identidad
· Edad. 45 años
· Lugar de nacimiento. Tolosa.
· Familia. Casado y con tres hijos.
· Carrera profesional. Jonan Fernández se dio a conocer gracias a su fecunda labor en Elkarri, organización que fundó junto con otros compañeros a comienzos de los 90 hasta su desaparición hace un par de años. Su trayectoria en la coordinadora le sirvió para forjarse una imagen en la escena social y política vasca y sobre todo un bagaje y una experiencia muy amplia en el tratamiento, análisis y mediación de conflictos, sobre todo el vasco. Pero antes de su paso por Elkarri, fue concejal de HB, partido que abandonó por las discrepancias en relación a la autovía de Leizaran para fundar la coordinadora Lurraldea en favor del acuerdo. Tras cerra el ciclo de Elkarri, el año pasado fundó el centro Baketik y publicó el libro "Ser humano en los conflictos".
sus frases
"Hay tensión en la izquierda abertzale sobre lo que significa un proceso de paz"
"Para que haya un diálogo resolutivo, una negociación, la violencia ha de desaparecer" |
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