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Con buen criterio, el Ayuntamiento ha decidido sacar del Txikigune a los mayores de 14 años. Sin duda es una edad ambigua en la que los precoces andan a calzón quitado, los muy locales gastando salud en el botellón y ninguno, que yo sepa, a la espera del turno para acceder a los puzzles y columpios de Ripa. Uno ve el patio del instituto y no se imagina a ellos, paellera facial de acné y orejas con aro pirata, jugando al corro de las patatas y al escondite con los monitores. Y si corren al pille-pille o se ponen en círculo casi es peor, que huele a marihuana en el Gargantua y la policía no es tonta. Y en cuanto a ellas, si les da por saltar con sus botas de plataforma sobre las colchonetas, más vale que esté presente un equipo de salvamento con buceadores y espeleólogos. Ellos y ellas, algunos y algunas, corren encima riesgo de soltar la vomitona con tanta carrera a la pata coja y la gallinita ciega. En el Txikigune sólo hay una cosa que servía a esa chavalería entre gremial y despistada: las patrióticas pinturitas. En lugar de decorarse las mejillas con los colores de la ikurriña, las adolescentes podían aprovechar la gratuidad del maquillaje municipal para barnizarse a lo Carmen de Mairena, colarse así - "tengo 18, lo juro" - en los bares de bakalas y pedirse un cubata de Malibú con piña en Moskotarrak. Porque hay una edad, por cierto, en que la basca tiene tantas ganas de experimentar y definir su personalidad que desdeña tragos comunes como el kalimotxo o la cerveza. En fin, Siniestro Total cantaba "fuera las manos chinas del Vietnam socialista" y ahora, pasada la Guerra Fría, nos conformamos con que estén fuera del Txikigune quienes ya se afeitan o depilan. Qué menos. Esas minifaldas - maxicinturones - tampoco son para hacer cabriolas sobre un castillo de plástico. Que hay menores en Ripa, y hasta mayores.
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