ocurrió en el concierto de Potato y ya empieza a ser costumbre. La noche era de perros, llovía como sólo llueve en el cine y por la Villa no vagaban más que los militantes del katxi y quien esto firma, que por rigor profesional apatrulla la ciudad bajo el diluvio si hace falta. Truenos, rayos y centellas, leíamos en los tebeos, y no se ha inventado nada mejor para apuntalar la descripción de este puto tiempo.
Había, pues, -vuelvo a Potato- problemas técnicos en el escenario y supongo que hasta riesgo de calambrazo general, así que con buen criterio médico y científico alguien decidió suspender la fiesta reggae y así se lo comunicó al respetable. Entonces parte del público irrespetuoso silbó, pateó y oí juramentos varios dirigidos contra los organizadores y el grupo.
De nada servía explicar -y como no servía, me abstuve de gastar saliva en vano- que corríamos peligro de acabar electrocutados, de nada servía añadir que para ver a los músicos de Vitoria-Gasteiz, donde se hace la ley, capital artificial de un país singular, no habíamos pagado un duro, de nada servía tratar de tranquilizar a cierta basca chillona.
Menudos cabrones de mierda son todos, apuntó un botarate de ojos enrojecidos. Aquello rozaba el surrealismo y superaba el nihilismo. Son rumores, son rumores, reza un estribillo caribeño, son las drogas, son las drogas, y así lo reciclamos y justificamos la actitud irresponsable de los desgarramantas.
A lo que iba, que me pierdo: que en Aste Nagusia estamos muy mal acostumbrados, que con eso de la gratuidad todo nos parece poco, que abunda un personal quejica que bien merece una estancia en otras fiestas en las que todo es a doblón y con tres gotas se queda uno sin bolo y a menudo sin la panoja invertida. Tanta protesta y tanto lamento, macho, si es que parecen raperos. O columnistas, que es peor. |