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Barra libre
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Campana y se acabó
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Xabi Larrañaga
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pues eso, que se acabó lo que se daba, compañeros, que toca guardar el pañuelo y el paraguas. Uno no recuerda una Aste Nagusia tan acuática, tan regada y hasta ahogada. Y uno tampoco recuerda, excepto aquella de las inundaciones, una semana festiva en la que la peña haya puesto mejor cara al mal tiempo. Ese ánimo jaranero de los bilbainos, casi siempre contenido, jamás estridente, mantuvo el calor inicial bajo las brasas -o bajo los charcos- para que a partir del viernes disfrutaran del fuego también los visitantes. El sábado destacaron las playeras de moda y los tacones de palote, pero antes hubo katiuskas resistentes y pisamierdas empapadas. Gracias a ellas no se apagó la llama. Tras varias noches de desmelene emocional volvemos, pues, a saludarnos lo justo en el ascensor, a reprimir las manifestaciones de cariño, a tratar con los colegas de curro sobre asuntos tan personales como la falta de tinta en la fotocopiadora. Retornamos al redil de la cuadrilla tras haber pastado en tierras comunales y habernos aventurado más allá del "¿estudias o trabajas?". Regresa así ese espíritu local poco dado al exceso -salvo en la mesa-, a la exuberancia y a la exposición de la intimidad. Si el Tomate viviera de explicar nuestras cuitas sentimentales habría sido expulsado hace años de la parrilla televisiva por falta de escándalos y chatarrería púbica y pública. Tamara o Ámbar fue una excepción vecinal. Tómbola con label vasco sería un fracaso. Y sin duda lo más importante: volvemos a pagar los katxis a doblón tras un extrañísimo descenso de los precios, algo raro, raro, raro, fenómeno nunca visto en ciudad alguna. Pues Bilbao es el único lugar del mundo en el que salir de juerga durante las fiestas puede resultar más barato que hacerlo cualquier sábado del año. Se lo juro. Hasta en eso destacamos, amigos. Pa chulos nosotros. |
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