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27-08-2007
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Una gran fila de gigantes recorrió las calles del Casco Viejo entre una multitud de visitantes que no quiso perderse una mañana de calor y sol espectácular.
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Una familia de altura
Únicamente aparecen cuando la capital vizcaina está de fiesta, pero no pueden pasar desapercibidos. Unos por su altura y otros por sus golpes, dejan huella cada vez que nos visitan. Ayer dijeron adiós a las fiestas a lo grande.
Cristina Carcedo
pOR encima del mosaico de cabezas que poblaban El Arenal ayer por la mañana, podía divisarse una gran familia de cuarenta miembros que, en fila de a uno, observaban desde las alturas su querido botxo. Las miradas en alto de los pequeños bilbainos, no se percataron de que entre las esbeltas figuras, pequeños cabezudos atizaban sin avisar a todo el que se cruzaba en su camino.

La concentración de comparsas de gigantes y cabezudos dejó diferentes sabores de boca entre el gran público que siguió su estela. Unos reían a su paso, otros admiraban a la gran familia como si fuera una obra de arte, pero también fueron muchos los que lloraron tras los sustos de los cabezudos. Los niños, protagonistas de este tipo de actos, permanecieron encantados al paso de los gigantes, pero su gesto cambió ante los sustos de los cabezudos; muchos no se esperaban que la simpática familia ocultaba entre sus faldas a unos pequeños amigos muy cabezotas, que nunca cesan en su intento de atemorizar a los más pequeños.

Tras reunirse en la plaza Circular, los visitantes comenzaron su recorrido hacia el Casco Viejo. Multitud de curiosos no dudaron en seguir todo el recorrido desde el Teatro Arriaga con llegada a El Arenal, pasando por las calles principales del Casco Viejo. La sombra de las estrechas calles se agradeció en el día más caluroso de Aste Nagusia; qué pena que fuese el último, pero la gente lo disfruto, que es de lo que se trata.

Los músicos que pasaban desapercibidos al lado de la familia gigante, amenizaron el paseo, y sirvieron de ayuda a los más altos para impulsar sus pesadas piernas y girar continuamente al ritmo de la música. Un jugador del Athletic, otro de cesta punta pero, sobre todo, trajes tradicionales de la cultura vasca fueron los modelitos de domingo que lucieron los gigantes. Entre los cabezudos tampoco faltó la variedad. Apareció hasta un león del Athletic, que no dio tregua ni a los espectadores que animaban ayer a su equipo ataviados con la camiseta rojiblanca. Y dos pequeños cabezudos, los últimos retoños de la temida familia, encabezaban la comparsa practicando el oficio de sus aitas, aporrear sin cesar, y cuanto más fuerte mejor.

sorpresa
Escondidos entre las faldas

Si todo el que ayer se asustaba ante la presencia de gigantes y cabezudos supiera la verdad, no habría tantos disgustos. Los más pequeños no alcanzaron a entender que debajo de las faldas de las grandes figuras, hombres de carne y hueso daban vida a esa familia de altura que solo visita la capital vizcaina cuando está metida de lleno en la Semana Grande; quizá por eso conservan esa sonrisa perpetua.

No sólo el calor obligó a los escondidos a parar de vez en cuando y salir de sus guaridas. El peso de las estructuras que forman los cuerpos de los gigantes, avisa de vez en cuando de que hay que descansar. No sólo caminaron por las calles, también bailaron un vals en cinco ocasiones al ritmo de los instrumentos; y el cansancio aprieta.

Agurra es un grupo de dantzaris que no duda en prestarse voluntario cada vez que los gigantes y cabezudos quieren pasear. Tras aparcar por unos minutos su carga, descansaron a la sombra y tomaron un refresco quejándose del calor que tenían que soportar bajo las faldas de los gigantes. Pocos se dan cuenta del mérito de los que sólo enseñan los pies de vez en cuando y observan las calles desde un pequeño agujero. Niños, visto así no da tanto miedo.
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