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27-08-2007
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Un diente de oro en la boca del diablo
El encierro de Cebada Gago cerró el ciclo de las corridas generales de 2007 con un borrón sobre su hoja de servicios. Toros descastados y sin raza, peligrosos como navajeros de puerto, que sólo buscaron defenderse. Ante ellos, Padilla, destemplado, López Chaves y Cruz cumplieron trámite .
J. Mugika
La puerta de toriles de Vista Alegre, también conocida como el portón de los sustos o la ventana de las ánimas en la jerga profana de los poetas, se convirtió ayer en la boca del diablo. Por él salieron cinco toros con intenciones aviesas, como si fuesen una cuadrilla de malhechores. Si al menos hubiesen buscado la batalla de frente -como hicieron los vitorinos, pongamos por paso, a su encuentro con El Cid el pasado sábado...- podría hablarse del gran hampa organizada o de una gran banda internacional para el robo de bancos. Los toros de los Hros. de Cebada Gago no tuvieron esa virtud. Alternaron su mirada al pecho del toreo y a la franela de la muleta y elegían en el último momento, dejando a los diestros en la angustia y a la plaza en un puro ¡ay! Aún con todo, si estos toros, una vez tomada la decisión, no hubiesen frenado su embestida en mitad del recorrido, con la única intención de crear el desconcierto, todavía pudiera hablarse del toro fiero. Nada de eso sucedió, los toros de Cebada Gago lidiados ayer en Vista Alegre eran hijos del Mal.

En esa boca luciferina hubo, es de justicia decirlo, un toro llamado Pintaito, que, lidiado en quinto lugar en la tarde, relució como el único diente de oro en las fauces de la Bestia. No es que fuese el toro de los sueños de los buenos aficionados ni uno de esos animales de carretón con los que sueñan muchos toreros, pero al menos su tranco fue alegre y exhibió una caja con movilidad. Ante él, Domingo López Chaves jugó su bazas. Los naturales ayudados ejercían de extensores el muletazo, al tiempo que alejaban también las astas del toro de la femoral. Cobró más altura de la faena de López Chaves con la mano derecha, cuando la panza de la muleta guiaba al animal por el camino correcto. Intercaló el diestro tres tandas hondas como minas de plata con otras más superficiales que brotaban en el momento en que el toro perdía de vista la pañosa. Pintaito requería, como se dice en el argot, irse empapado.

Uno no sabe qué tribulación ocurrió para que una faena de este calado -es cierto que le falto estructura pero tuvo intensidad; que le faltó remate pero tuvo longitud...- no llegase a calar con algo más de fuerza en los tendidos. Cuando Domingo desenterró el estoque que había colocado en la primera planta del sótano del toro, en el rostro llevaba impresa la felicidad. Nunca pensó, al menos eso dio a entender su cara perpleja, que el recuento iba a castigarle con tanta dureza, a unos centímetros de la meta.

Antes había toreado López Chaves, a bordo de un hermoso vestido de luces azul tempestad y oro, a Laborioso, un al que mal rayo le parta allá donde vayan los toros muertos. Fue un depredador desde que pisó el albero de Vista Alegre hasta que se marchó de él, rebozándose por la arena. La muleta de López Chaves, tantas veces acostumbrada a esta lidia gladiadora, no encontró en él el menor resquicio y si el diestro se tomaba un aire entre porfía y porfía era entonces cuando el animal, en sacudidas violentas, se tiraba a hacer sangre. En ese momento, con el toro buscando carne con glotonería, Vista Alegre pareció convertirse en el castillo de los horrores. Darle muerte a tamaña alimaña supuso las de Caín para un López Chaves que vio cómo el toro se agarró a la vida con uñas y dientes cuando estaba herido de muerte, lanzando feroces navajazos que despertaron los fantasmas del miedo en Vista Alegre.

LLegaba Padilla al Cabo de los Carteles tras haberlo doblado a comienzos de Feria. Lo hizo con el anuncio de que aún podía aumentar su recolecta de apéndices merced al toreo racial que practica con la misma determinación que un monje budista habla de la paz. El Ciclón de Jerez no se esperaba aquello. Vocero fue el primer sobrero de la tarde, una vez malogrado Capachero, y pronto vio Padilla que aquel no toro de orquestas. Serio, encampanado, echaba la cara arriba como un lord inglés, aunque fuese un lord de nobleza perdida, porque el animal no empleó ni un gramo de sus fuerzas en presentar batalla. Más al contrario, esperó a Padilla para echar arriba sus dos puñales con saña al cruzarse con él. El diestro andaluz le mandó pronto a criar malvas.

Con la tradicional larga cambiada con la que Padilla, que debe ser hombre de mucho fe por cuanto se arrodilla en el ruedo, saluda a los toros cuando intuye que ha llegado su hora comenzó su faena ante Petenero. Tuvo vista de topo. Llegado el segundo tercio, las todopoderosas banderillas de Juan José, comenzó el desbarajuste. Primero el toro aprieta de modo de tan veloz que gana el terreno al diestro y le hace soltar los palos y poner pies en polvorosa, tomando el olivo. Rehecho del susto, volvió a coger las banderillas: de nuevo el toro aprieta, Padilla, esperándole, acelera y... ¡zas!, trastabilla a la cara del toro que, sorprendido, no alcanza con sus huesos por milímetros. Una vez más, pies de liebre y a refugio. Llegaron después los pares esperados; de dentro afuera y al violín, pero Petenero, un musculoso toro jabonero (blanco sucio, diremos para los profanos...) ya había dejado sus credenciales: estaba en pie de guerra.

Tanto apretón y tanto sofoco parecieron menguar el ánimo de Padilla. El diestro vio cómo el toro se le colaba por el pitón derecho en el primer lance de la faena de muleta y claudicó. Se dedicó entonces a encadenar muletazos de uno en uno, algunos de los cuales, en su soledad, fueron profundos y templados. Se vislumbraba, tal vez, un fondo de armario en el toro pero Padilla no quiso verlo de cerca y abrevió a la remanguillé, matando de mala manera.

No hubo sol tampoco para Fernando Cruz, sino la luna menguante de las astas de sus enemigos: sendos alfanges. Ante Soñador, tercero de la tarde, Fernando Cruz salió dispuesto a demostrar que aún no ha nacido toro que mate su ambición. El diestro tragó las dos primeras series pese las embestidas violentas del toro, cuyo colmillo goteaba cada vez que veía campo abierto. Dejó Fernando su seña de hombre valiente en la arena, traga que te traga para no sacar en limpio más que un saco de palmas y el orgullo interno de haberse impuesto a un temible enemigo.

Al menos en ese trance hubo la emoción que acompaña al riesgo. Devuelto a corrales Chupado, el sexto de la tarde, tras una cabriola y una espectacular vuelta de campana, hubo de lidiarse un toro castaño de Loreto Charro bautizado por Sombrerero. Fernando Cruz comenzó la faena citándole de lejos, algo poco fructífero que pronto cambió por un toreo por bajo que tampoco era, en realidad, lo que pedía el toro. ¿Qué pedía el toro, en realidad...? Uno intuye que mugía por una muerte dulce, serena. No quería guerra alguna y se resignaba, salvo por algún arreón intempestivo que despertaba al personal de su letárgica embestida. En una de ellas sorprendió a Fernando Cruz que huyó apurado a tablas. Padilla se cruzó con el toro en un quite a cuerpo que fue aplaudido por la plaza.

Fue la mejor del jerezano en toda la tarde. A partir de aquí, la historia se apaga sola: Fernando Cruz arma la espada, la malentierra en los lomos del toro y todo pasa por esperar y esperar y esperar... ¡buaaaah!
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