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10-09-2007
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Leonardo Piepoli cruza victorioso la meta de Cerler; tras él, Denis Menchov, que no le disputó la victoria de etapa porque se había asegurado el liderato en la general. Foto: afp
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Nido de zorros
Piepoli gana en Cerler al borde de los 36 años, edad a la que se impuso hace ahora dos años Roberto Laiseka; El italiano llegó con Menchov, nuevo y sólido líder.
Alain Laiseka
Enviado especial
cerler. "Estoy demasiado viejo para luchar por una general". Piepoli, un tipo simpático donde los haya, una guindilla dentro y fuera de la carretera, inquieto, sonriente, bromista, es un chaval de 35 años (cumplirá 36 el próximo día 29) que se resiste a jubilarse, a colgar los tacos. "Estaré aquí hasta que el equipo quiera". De momento, le sobra cuerda. Risueño, de piel curtida, morena, y rostro afilado, mucho, es un juguete para el viento. Radiografía andante. Pasaporte de escalador. De los mejores de la historia. Se dio a conocer una tarde de agosto en la Subida a Urkiola, el santuario del ciclismo vasco. "Yo ganaba a Pantani en aficionados". Fue la tarjeta de presentación de un desconocido. Era 1995, el año de su debut en profesionales con el maillot rojo del Refin italiano. De aquello hace mucho, también de los tiempos en los que el corredor soñaba con ganar una grande y salía en las cronos a pelearse contra su propia sombra, contra su minúsculo cuerpo hecho, sólo, para la escalada. "Llegué a ser octavo en una Vuelta", recordó ayer. Ya no lo hace, en las cronos se pasea. Rutas turísticas. A estirar las piernas. Tan asumido lo tiene que ni siquiera calienta. Apenas 10 minutos de rodillo, ni para empezar a sudar, antes de aproximarse a la rampa de salida, donde bosteza, exento de tensión. En Cariñena, punto de partida de la crono de Zaragoza, fue el único corredor que salió a dejarse tiempo. "Cuanto más, mejor", decía Matxín la víspera. Perder para ganar. Menos peso, menos vigilancia. Rueda libre. Y el italiano cumplió. 7:24 con Grabsch, el ganador, su antítesis fisiológica. Cada minuto, una razón más para pensar en volar camino de Cerler, la cima astuta. Arriba sólo gana la experiencia, los corredores con canas, de rostro ajado y piernas con piloto automático, de tanto girar las aspas del molino.

Cerler es un nido de zorros. Hace dos años, la última vez que se llegó a la estación de esquí, Roberto Laiseka tiró de libro para saltarse la vigilancia de Heras, Menchov, Sastre y Mancebo. Tenía el de Algorta 36 años, los mismos que cumplirá Piepoli en unas semanas. Vasco e italiano tienen mucho en común. El de Algorta también era un escalador a sueldo: aparecía en la montaña y despreciaba la general. Francotirador. "Es que -explicó Piepoli- no hay como vivir la sensación de levantar los brazos en una meta. Hacer quinto o sexto en la general está bien, pero ambas cosas no tienen punto de comparación".

de dar a recibir Antes de esa sensación que trataba de describir el corredor del Saunier Duval, algo extraño debió de sentir, como un cosquilleo, cuando a 300 metros de la meta el brazo izquierdo de Menchov se movió como si el ruso tuviese un tic. Lenguaje ciclista. Quiere decir "pasa". A tan poco de la meta: "gana". Rúbrica de un acuerdo. Al italiano todos los anteriores le habían salido a pagar. ONG a pedales. Solidario. En el Giro fue el mejor escalador, de largo, más que Di Luca o Schleck, y, por supuesto, más que Simoni o Riccó. A sus dos compañeros de equipo les obsequió con dos victorias de postín. Caviar. Al joven Riccardo, en las Tres Cimas de Lavaredo, y al veterano Gilberto, en el Zoncolan, ante el delirio de un público entregado a Gibo. Leonardo también ganó la suya, en el primer contacto con la montaña, en el santuario de Nostra Signora Della Guarda. "No me importa que ganen mis compañeros, lo importante es disfrutar, y yo en el Giro disfruté", dijo, sencillo.

También gozó ayer Piepoli camino de la cima de Cerler, cuando una arrancada de Menchov, a cinco kilómetros de la meta de Cerler, dejó a ambos en cabeza. Solos. Ruso helado, gélido, estepario, e italiano viperino, burlón, se miraron. Acuerdo. Para mí la etapa y para ti el oro. Firma de letras vertidas al viento, palabra: "Sí". Matrimonio de intereses, para toda la Vuelta. "Vamos a colaborar con Menchov porque a nosotros también nos beneficia", explicó Matxín.

Devolder se hunde Piepoli y Mechov, compañeros durante cinco años en Banesto, se entendieron y abrieron hueco sobre un asfalto de terciopelo esculpido por el viento, el mayor obstáculo. La pendiente no muerde en la última parte de Cerler, pero el cambio fue suficiente para que Sastre claudicara. El abulense se volvió a vestir de agonía y, junto a un sorprendente Ezequiel Mosquera, cedió, en un momento, diez segundos. Por detrás, culebreo de dudas. Devolder, el líder, era ya historia. El esfuerzo de la crono y la tensión, el peso, de llevar sobre sus espaldas el maillot oro le agarrotaron las piernas. Cuadrado. En meta se lo dejó todo, casi cinco minutos. Ilusiones rotas. Cristales molidos. Uno menos.

Se hundió el belga en la primera rampa de Cerler, la más letal, cuando primero Saunier y luego CSC, con un Iñigo Cuesta al que le quedan pequeños todos los calificativos, encendieron la mecha. El pelotón, o lo que quedaba de él, se resquebrajó. Adelante, un grupo de quince corredores entre los que estaban todos: Evans, Sastre, Menchov, Efimkin, Karpets… Y también Samuel Sánchez, la baza de Euskaltel-Euskadi para la general. Pedaleo alegre el del asturiano, que se ofuscó cuando arrancaron Piepoli y Menchov. Quiso Samu seguir su estela, pero sus pulmones y sus piernas se quedaron sin aire. Se abrió para buscarlo y lo encontró en un grupo en el que también viajaban Efimkin, Evans, Luis Pérez o Dani Moreno. Fue el tercer frente en meta, el de los que luchan por el podio. Todos ellos se dejaron 1:03 con Menchov. Sastre y Mosquera aparecieron por allí, 17 segundos más tarde que el ruso, el nuevo líder, que defenderá hoy el oro camino de la estación de esquí de Ordino Arcalís, su primera oportunidad para dejar la carrera sentenciada.
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