BILBAO. Le puede la presión. Pero cuando no hay nada que le agobie, el jamaicano Asafa Powell destapa lo mejor de sí mismo para demostrar al mundo que es el hombre más rápido sobre la tierra. Ayer lo hizo así en una reunión de segundo orden, la que tuvo lugar en la localidad italiana de Rieti. Ni siquiera era la final del hectómetro. En una simple semifinal se permitió correr los cien metros en 9.74 para establecer un nuevo récord mundial y rebajar en tres centésimas la marca que compartía con el estadounidense Justin Gatlin. Son las citas de Powell. Nunca ha brillado en las grandes competiciones. Ni en los Mundiales ni en los Juegos Olímpicos. Su último fiasco lo protagonizó en la reciente cita de Osaka. Agobiado por la responsabilidad, rodeado de los especialistas de la distancia, sólo pudo ser tercero en una final con ganador anunciado: el estadounidense Tyson Gay, que se autoproclamó rey de la velocidad y amenazó con rebajar la plusmarca que el propio Powell estableció por primera vez el 14 de junio de 2005 y que luego repitió el 11 de junio y el 18 de agosto del pasado año. Powell dejó Japón con la cabeza gacha. Rumió su desgracia en los vestuarios y se lanzó a los mitines donde siempre da lo mejor de sí mismo. Llegó al estadio Raul Guidobaldi con la forma adquirida para el Mundial de Japón. Se situó en la calle 5, una de las centrales, las que permiten tener todas las referencias con un simple girar de los ojos. No le hizo falta.
Dejó a sus cinco rivales atrás desde el mismo pistoletazo de salida. Su reacción en los tacos, de los que saltó en 0.137, hacía presagiar una fácil victoria. Corrió arropado por el dorsal 10, el de la matrícula de honor, el perfecto. Y lo hizo empujado por un viento de 1,7 metros por segundo, dentro de las pautas permitidas por la IAAF. Powell no encontró rivales en Italia. Y fue una pena. Porque el jamaicano, sabedor de que tenía por delante una final que disputar, se dejó ir en los últimos quince metros y miró al electrónico en un gesto típico de los vencedores. Su rostro reflejó la sorpresa de lo inesperado. El cronómetro estaba detenido en 9.74.
Casi nadie daba crédito a lo ocurrido. El jamaicano sí que tenía una explicación para su estratosférica marca. “Esto es lo que sucede cuando hago caso a mi entrenador”, fue su lacónica contestación cuando le preguntaron por su récord.
Después, ya en la final, volvió a demostrar que su marca no había sido una casualidad. Detuvo el crono en 9.78 y distanció a sus contrincantes, ninguno de los cuales bajó de diez segundos. Los papeles han cambiado. Powell sonríe. Gay rumia.