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Mesa de redacción
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El olvido
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Oscar Subijana
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Ayer extravié el teléfono móvil durante apenas unos minutos. Algunos compañeros del trabajo no tardaron mucho en recordarme que me habían llamado y no les había cogido. Y uno me dijo, bromeando, que era un problema de cabeza. Por aquello de las casualidades, al salir de la oficina reparé en que ayer era el Día Internacional del Alzheimer. Y me animé a ojear los periódicos en busca de reportajes e informaciones relativas al tema. En la mayoría de ellas aparecía el testimonio de algún enfermo y, sobre todo, de sus cuidadores. Personas entregadas, comprometidas con el sufrimiento del prójimo, con esa pérdida de la cabeza, de la memoria, de la orientación, que puede volver loco al que la sufre y a los que le rodean. De nada sirven los días internacionales. Sin embargo, al hacer frente a esta triste realidad, uno se reconcilia con este tipo de recordatorios mundiales de calendario. En la vida de cualquiera de nosotros hay infinidad, un número indeterminado de trampas con las que hay que saber lidiar. Para algunas, que dependen de lo material, se puede encontrar alivio sin grandes esfuerzos. Pero en aquellas en las que se ve afectada la salud, las posibles soluciones dependen de factores no corpóreos, inestables y, en demasiadas ocasiones, extremadamente débiles. El investigador Alois Alzheimer constató en 1906 una serie de síntomas de una enfermedad neurodegenerativa a la que puso su apellido. Y desde aquel momento se han descubierto escasas medidas curativas. Por el momento, sólo se puede confiar en el desinteresado trabajo de aquellas personas que ven en la enfermedad una forma de reparar sus corazones. Los familiares que cuidan a estos enfermos deben tener su labor reconocida socialmente. Porque crea beneficio para la sociedad desde su impersonalidad. |
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