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El cine según...
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Paul Auster
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Juan G. Andrés
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"AURELIA, mira el telediario. ¿No te suena de nada ese tío? Es el chaval con el que hablé aquel día de 1965, el americano de ojos saltones. Lo recuerdo porque fue poco después de que mi padre me regalara su cámara… Dicen que es escritor y director de cine, y que preside el jurado del festival… ¡El tío es famoso! Bueno, me voy al puerto que llegó tarde... ¿Has visto mi cámara? ¿Dónde está?" Tan enfrascada estaba en su lectura que a Aurelia la voz de su marido le sonaba como un lejano murmullo. No daba crédito a las palabras que, escritas en inglés, acababa de leer en un viejo cuaderno de tapas rojas. Lo había encontrado en el desván de la casa de su difunta tía, una antigua pensión de la Parte Vieja que iban a derruir en breve. Estaba en una caja donde su tía guardaba objetos olvidados por clientes que jamás llegaron a reclamarlos. Aurelia se estremeció al toparse con una historia que le resultaba demasiado familiar. El título decía así: Idea para un cuento. En San Sebastián (España), año 1965. El texto decía así:
"El joven Paul Benjamin se apeó del coche y dio las gracias al autoestopista que lo había llevado hasta allí. Nunca había pisado España y aquella ciudad, San Sebastián, le sorprendió por su blanca y maravillosa luz. Se hospedó en una vieja pensión de la Parte Vieja. Estaba sólo de paso pero deshizo el equipaje y guardó la en el armario. Sobre la mesilla colocó las Memorias de Ultratumba de Chateaubriand y un ejemplar de El Quijote que quería releer en la patria de Cervantes. Salió a pasear por el muelle donde se topó con un joven que empuñaba una cámara de fotos. Paul usó el poco francés que sabía para preguntarle qué estaba retratando y éste le respondió en un francés no mucho mejor que no lo sabía muy bien. Se limitaba a continuar el proyecto de su progenitor, fallecido unos días antes. Cuando estaba a punto de exhalar su último suspiro, el padre había arrancado un compromiso a su joven vástago: todos los días de su vida, a las 11 de la mañana, debería tomar una instantánea en un mismo lugar del puerto que, según él, era 'una pequeña parte del mundo en la que suceden cosas'. Asombrado ante tamaña empresa, Paul Benjamin solicitó ver el resultado del trabajo y el chico le condujo a su casa, donde le mostró decenas de álbumes con cientos de fotos que tenían el mismo encuadre pero distintos protagonistas. 'Todas son iguales pero distintas de las otras', se limitó a decir el joven que había prometido no fallar jamás a su padre. Aturdido, Paul se limitó a asentir con la cabeza y a meditar sobre el asunto. Cuando volvió a la pensión, abrió su cuaderno de tapas rojas y mientras apuraba uno de sus cigarrillos holandeses escribió la anécdota por si algún día podía aprovecharla para alguna historia". |
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