UN mandamiento no escrito en las tablas de Moisés, ése de quien Freud nos dijo que no era uno sino dos y de quien dedujo que, el primero, fue asesinado por su propio pueblo, recomienda no tomar el nombre del padre del psicoanálisis en vano. Pero a la vista de la última obra de Gracia Querejeta no queda más remedio que incumplirlo, porque ése y no otro es el tema de esta cita. Sobre los verdes tapetes de estas mesas de billar se alza vigilante y castrador un padre muerto. De hecho, todo comienza a raíz de su fallecimiento. Con el padre de cuerpo presente se comienza a desarrollar esta historia. Una historia cuyo argumento inicial surgió de un par de líneas según cuenta Gracia Querejeta: hacer algo con dos mujeres muy distintas obligadas a entenderse para enfrentarse a sus respectivos infortunios.
Ese algo ha consistido en convertirlas en víctimas del mismo hombre, en un caso con el rol de padre, en el otro, con el de novio; en ambos una mala bestia y en todos un mal amigo para quienes se decían sus amigos. Lo que este Siete mesas de billar francés desarrolla con interpretaciones notables y diálogos singularmente ligeros a la vista del hacer hasta la fecha de Gracia Querejeta, es el desgarrador proceso de superación de esa figura represora. En términos freudianos hablaríamos de la necesidad de matar al padre, un padre aquí ya cadáver pero al que hay que eliminar de manera simbólica y e/afectiva en todos los terrenos. Y a eso se dedica con la facilidad proverbial que le caracteriza Maribel Verdú. Ella pone frescura y garra; Blanca Portillo, otra excelente intérprete, introduce la mala uva y la necesaria tensión.
En este filme que a veces busca la sonrisa por la vía directa de la comedia a granel, a menudo los personajes refunfuñan. Y es que casi siempre están irritados y en general no son felices, aunque todo en el filme camina hacia la necesidad de salir de ese fango.
Una digresión que supongo que también lo destacarán otros espectadores. No deja de ser curioso que en las dos películas españolas a concurso en Donostia, Mataharis y Siete mesas de billar franés, aparezcan en ellas padres bígamos, progenitores que malviven con dos familias y/o que tienen hijos secretos. ¿Casualidad fílmica o algún oscuro y hasta ahora no detectado reflejo de la realidad nacional de la que nadie nos había avisado? Sea azar sin sentido o constatación de una creciente bigamia, la figura del padre en el cine español al menos, en el de estas directoras, se pone en entredicho. Si a eso le unimos el maltrato habitual que le dedica Almodóvar a la figura del padre, entenderemos que o bien corren malos tiempos para la figura paterna o estamos ante un cine que vive en una adolescencia incurable. Y junto a la bestia del mal padre, conformándola por dentro, la otra gran figura retórica y ética presente en este filme es la mentira. Todo en Siete mesas de billar francés está anegado por la mentira.
Todos o mienten o son víctimas del engaño. Y las falacias lo son de todo tipo: perversas, inocentes, bienintencionadas y hasta crueles. Y de todo saca juego el guión de este filme. De todo menos de lo que promete su título, porque apenas tenemos noticias del billar y desde luego podríamos citar un buen número de títulos en los que el juego del billar ha sido mucho mejor filmado. Curiosa, muy curiosa la última película de Gracia Querejeta que se alimenta de muchos personajes, que alienta tramas secundarias y que se sirve de un amplio abanico de registros. Sorprende por su querencia por el humor y responde al nivel esperable de quien la ha hecho. Es decir, como título comercial resulta competente y competitivo. Nada más, ni nada menos.