lo ocurrido en Otxarkoaga no es nuevo, ha pasado en otras zonas de la ciudad y en otras ciudades. Sea la chispa el hurto o el tortazo que sigue al hurto, ha iluminado un conflicto vecinal y lo ha mostrado muy crudo. Y ahora se da el paradójico caso de que, aunque los medios no aclaren quién es el "presunto" ladronzuelo y quiénes son esas familias reunidas para agredir al comerciante, casi todo el paisanaje tiene la suerte o la costumbre de saberlo o, lo que es peor: de imaginárselo y acertar. Puesto que nadie en el barrio es adivino habrá que concluir que, amén de algún malpensado, abundan los que precisamente piensan bien, es decir, acoplan su pensamiento a la realidad. Guste o no guste, se exponga en público o no se exponga.
Hace tiempo leí en El País una noticia sobre un delincuente "miembro de un grupo étnico dedicado a la venta de chatarra y motos de segunda mano". Entre ese blandengue absurdo y el contrario, el de destacar sin venir a cuento la piel de todo sujeto, existe un espacio resbaladizo. A este respecto resulta significativo que en Otxarkoaga, y en otras zonas de la ciudad y en otras ciudades, no se quiera decir que unas gentes problemáticas son de una determinada "etnia" y no obstante se busque la calma convocando al presidente de Iniciativa Gitana y al pastor de la Iglesia Evangelista.
La paz bien vale una misa, pero choca mucho ese criterio municipal y mediático según el cual quien no respeta la ley jamás es definido por su "adscripción grupal" -es una persona, no un calé- pero a la hora de defenderse siempre lo hace al amparo de su grupo. Si no cumple con su deber es un ciudadano y sería muy racista ahondar en la descripción, y si exige derechos se convierte en integrante de una raza necesitada de apoyo institucional. Al borrachín de mi calle, cuando la lía, no lo protege Iniciativa Paya. |