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Aire de familia
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Carmen Torres Ripa
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el aire de familia va impreso en algún rincón de la sangre y se transmite de una generación a otra como un estigma de individualidad trivial. Una prima de mi abuelo de Viana tenía las manos iguales que las mías y, según mi tío Daniel, hablaba con idéntico tono de voz que yo. Si cerrabas los ojos y escuchabas, podías imaginarte, con la antelación del tiempo, cómo hablaré cuando tenga la edad de aquella respetable anciana. Yo nunca la conocí y, sin embargo, me movía como ella. Es la genética. Una extraña curiosidad que nos identifica entre muchos. Toda esta historia es para decirles que cuando vi la foto del genial dibujante y humorista, compañero de DEIA, Javier Ripa, encontré en su cara a mi hermano Jesús, a mi hermano Manu, a mi sobrina Silvia… A tantos familiares cercanos que me parecía imposible que fuera Javier, un hijo de un primo lejano de mi madre, un rostro que podía ser de cualquiera de mis hijos. Además, Javier dibuja mis artículos. Los sentimientos se hacen nubes, escaleras y estrellas. Una deliciosa sinfonía de curvas y rallas que expresan lo que digo en palabras.
Lo más curioso en esta historia familiar es que, en el caso de Javier, también estoy de acuerdo con su postura. Creo que en las hemerotecas del periodismo, cualquier curioso puede encontrar cómo empezó la caricatura. El dibujo satírico se inventó para representar a políticos y soberanos en clave chistosa. La técnica se fue perfeccionando y, hoy, el único requisito para aparecer en una viñeta cómica es ser famoso. Posiblemente, ni usted ni yo salgamos nunca retratados en unos sabios trazos capaces de reconocer al personaje. No entramos en el capitulo de populares. Aunque, si tiene interés en este genero periodístico, en cualquier lugar de veraneo puede encontrar a un dibujante que haga sus mismos rasgos en clave de humor. Si se enfada al verse con una nariz larga o unos ojos revirados se tendrá que aguantar. El humorista vio en usted algo que quizás ignoraba. Su apéndice nasal era mayor de lo que pensaba y sus ojos iban y venían cuando les daba la gana sin ser precisamente virojos. Creo que la popularidad tiene el inconveniente de ser siempre actualidad seria y jocosa. Como decía aquél no se pueden poner puertas al mar. ¿Discutible? Quizás, pero así ha sido siempre el periodismo. La reina de Inglaterra tenía que estar en una querella permanente contra los medios de comunicación, y no les digo nada del príncipe Carlos y sus orejas grandes o sus amores deshonestos. En fin, la vida.
Y aunque la vida sigue, la muerte permanece. Permanece en el recuerdo y no es justo arrancar de cuajo un símbolo de eternidad y amor. Me refiero Jorge Oteiza. Por si alguno de ustedes no lo sabe, yo adoraba a Jorge. Le dediqué mi novela Leonora y él me hizo una pequeña escultura para Leonora. Mi obra de arte está sin catalogar porque fue hecha con el aire familiar de lo doméstico. Cuando me la regaló no pensé en su valor artístico en el mercado sino en el detalle sentimental e intimo de un amigo entrañable. Pienso que Jorge, cuando proyectó la cruz de su sepultura, pensó en el amor, en ese confundirse con su mujer Itziar, en la unidad de una cruz con un brazo largo. Pensar en la posibilidad monetaria de ese objeto, sin duda sagrado, me produce vergüenza. También me sonroja un poco que se piense que el pequeño camposanto que guarda las cenizas del que fue un genio y de su mujer, se consideren algo ajeno al propio Oteiza y su Fundación. Sé de muchos visitantes a Altzuza que lo primero que buscan es ese pedazo de tierra donde poder rezar un padre nuestro por Jorge. Creo que el aire de familia se respira igual en sus obras que en su tumba. Una tumba presidida por su obra, esa cruz que algún caprichoso ha querido robar para especular con su valor… Sobre el tiempo en que fue hecha qué más da si el pensador fue Jorge Oteiza. ¿Qué hacemos entonces con todas las esculturas que se están inaugurando con piezas de Chillida? Si el escultor vasco está muerto, ¿quién las hace? Sin duda son ampliaciones de su propia obra. Igual que la cruz que presidía su sepultura. ¡Señor, qué complicados somos los hombres! |
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