Afalta de que se proyecten las últimas cuatro películas en liza por la Concha de Oro, el Zinemaldia regaló ayer en su Sección Oficial una de las mayores sorpresas de la presente edición. Wayne Wang abandonó -esperemos que por siempre jamás- sus últimas propuestas comerciales para regresar al cine que mejor sabe hacer, el de las historias mínimas contadas de forma pausada y con un cierto ritmo zen, como ayer dijo una periodista en la rueda de prensa.
Aclamada por el público y la crítica del festival, Mil años de oración está tejida de silencios incómodos y en ocasiones recuerda aquello que decía Hemingway en su famosa teoría según la cual lo más interesante de un relato no es la punta del iceberg, sino lo que se esconde bajo la superficie.
El realizador se sirve de detalles aparentemente insignificantes para contar una historia que aborda grandes temas: el desamor, la frustración, los sueños incumplidos y, sobre todo, la incomunicación. Aspecto éste inmejorablemente reflejado en la figura del anciano padre que no puede conectar con su hija, pero que es capaz de expresarse en mandarín con una mujer iraní que habla farsi.
El segundo filme a concurso proyectado ayer está repleto de buenas intenciones pero se queda eso. Con un cierto tono trasnochado, el Matar a todos de Esteban Schroeder transita por caminos trillados anteriormente para recordarnos que "la verdad duele pero cura" con una historia que evoca el triste recuerdo de las dictaduras latinoamericanas.
Y continúa el glamour. San Julian Schnabel -¿nadie va a nombrarle director honorífico del festival?- se trajo ayer a Lou Reed, con quien hoy presentará Berlin. Ya está aquí, también, Samuel L. Jackson, que visitará el velódromo con Cleaner, dirigida por Renny Harlin. Y aunque tiene menos glamour, Liv Ullmann ya espera impaciente en la ciudad la concesión, mañana, del segundo Premio Donostia de este año. |